Boletín N° 108 - 25 de abril de 2005
  El papa intolerante, el "relativismo moral" y la moral maoísta

Joseph Ratzinger, el nuevo papa Benedicto XVI, se dice el abanderado de la moral en un mundo donde hace muchísimo falta. Sí, necesitamos una moral, pero no la de él.

En una misa para los cardenales durante la reunión para elegir al nuevo papa dio un discurso de campaña a sus socios padres de la iglesia; sermoneó: "Se avecina una dictadura de relativismo que no reconoce certezas y cuyo máximo objetivo es el ego y los deseos propios". Contrastó eso con "ser adulto, que quiere decir tener fe" y "hoy, con frecuencia se dice que el fundamentalismo quiere decir tener una fe clara según la doctrina de la iglesia". Según unos comentaristas, esta declaración en víspera de la coronación de Ratzinger es la esencia de la concepción de su misión.

¿Cuáles son estas "certezas morales" que opone al relativismo? Tiene fama de férreo oponente del aborto, control de la natalidad y divorcio. Remacha esa subyugación de la mujer en la vida cotidiana: sostiene que la mujer nunca puede ser igual del hombre en asuntos religiosos (como curas). También se opone férreamente a los derechos jurídicos para parejas del mismo sexo. En una palabra, un eje de su pensamiento moral es someter a las mujeres y conservar la familia patriarcal tradicional.

También es conocido por su intolerancia religiosa. Cuando Juan Pablo II entró al papado, lo nombró "garante de la ortodoxia", en palabras de un periodista. En las décadas en que encabezó la Congregación de la Doctrina de la Fe, el organismo de la iglesia que llevó a cabo la Inquisición, desató una inquisición moderna contra la teología de liberación y otras escuelas de pensamiento católico que se oponían a la subordinación de la iglesia oficial a los gobiernos del mundo. Mucha gente religiosa se inquietó cuando despreció en público a las demás denominaciones religiosas, entre ellas las cristianas. En un vil edicto sobre la "primacía" de la iglesia católica, dijo que de todas las religiones, solamente el catolicismo romano tiene la verdad. Pero los fundamentalistas religiosos predominantemente protestantes de Estados Unidos interpretaron la defensa del fundamentalismo religioso cristiano como una expresión de solidaridad fraternal. Su líder George W. Bush aclamó el nombramiento.

Mucha gente ha señalado la descarada intolerancia de Ratzinger hacia el islam y los musulmanes. Dice que no se debe permitir que Turquía entre a la Unión Europea porque históricamente ha tenido una población de mayoría musulmana, y que la identidad que caracteriza a Europa es el cristianismo. Eso es un argumento muy feo en boca de un tipo que colaboró con las juventudes hitlerianas, pues los nazis fomentaron el genocidio de quienes no tenían la misma identidad, y al igual que los nazis, Ratzinger ubica la esencia de las naciones y pueblos en la mística esfera de creencias y lo relaciona con la voluntad de lo sobrenatural. Por lo tanto, es tanto más reaccionario cuando condena el multiculturalismo por "abandonar y renegar lo que es nuestro".

Sus defensores dicen que la mayoría de los adolescentes alemanes tuvieron que entrar a las juventudes hitlerianas y citan, como prueba de su oposición, que su familia escuchaba los noticieros de onda corta de Inglaterra (si eso es la mejor defensa que pueden presentar, podemos dar por sentado que no tienen nada más). Tuvo que obtener un certificado de asistencia a las reuniones de las juventudes hitlerianas, dicen, a fin de conseguir una reducción de la matrícula de la escuela. Puede que sí, pero su posición contrasta con la de Sophie y Hans Scholl y sus amigos, estudiantes católicos alemanes de aproximadamente la misma edad, que resistieron y organizaron en contra, y pusieron la vida y estudios en peligro.

Aparte de juzgarlo por los delitos de su juventud, podemos analizar su carrera sacerdotal de la posguerra al servicio de una clase dominante que en gran parte se formó de los mismos tipos que pusieron a los nazis en el Poder. La economía germanooccidental se recuperó, dijo, "gracias a los líderes políticos que tenían fuertes raíces cristianas". Nunca se mantiene ajeno a los asuntos terrenales, por ejemplo, se le conoce como firme partidario de los demócrata-cristianos y sobre todo del canciller Helmut Kohl.

Bien, pues, ¿por qué se queja el tipo, que ha estado en el centro del poder toda la vida, de la "dictadura del relativismo moral"? El relativismo moral sostiene que no existe una moral objetivamente correcta, o sea, que la moral de cada quien es igual a las demás. Los maoístas no somos relativistas morales, pero primero es importante decir que hablar de "la dictadura del relativismo moral" es, para decirlo con educación, ridículo. Todo mundo sabe que en los países occidentales no singularizan como víctimas a los católicos y otros cristianos ni existe la amenaza de eso. Cuando las autoridades católicas pretendan decir que sí, es necesario preguntar qué buscan. Ratzinger ha podido practicar sus creencias toda la vida. Cuando se queja de que sus creencias sufren bajo una "dictadura" quiere decir que él y los de su calaña no tienen suficiente libertad para predicar su moral a los demás y que son una abominación y se deben revocar las limitadas libertades en la familia y asuntos de sexualidad que la mayoría de los países occidentales concedieron con renuencia tras los levantamientos sociales de los años 1960-70.

Éste es el tipo que odia lo que llama el "laicismo ideológico" (la separación de la iglesia y el Estado), que llama "blasfemia total". Lo que objeta es que su moral no la aplica con suficiente fuerza el establecimiento político actual en el occidente, que no es parte oficial de la dictadura capitalista tal como lo fue en la edad media (la época del monarquismo feudal que antecedió al capitalismo).

¿Qué clase de moral ofrece este tipo? Una moral basada en el culto ciego a las tradiciones religiosas más retrógradas, al oscurantismo y a la ignorancia, una moral que los seres humanos han llevando siglos luchando por echar al basurero, sobre todo durante la Ilustración y sobre la cual todavía libran una lucha de vida o muerte hoy día.

Los comunistas sostienen que la moral existe únicamente en relación a los seres humanos y a las sociedades que se han desarrollado en la historia. Los credos dominantes de cada época provienen de la experiencia de los seres que viven bajo determinado sistema social y económico y sobre todo la concepción del mundo de las clases dominantes. Eso no quiere decir en absoluto que el marxismo "no reconoce certezas" ni que su "máximo objetivo es el ego y los deseos propios", que el actual papa dice es la única oposición a la religión. Subordinarse a la opresión a nombre de la autoridad divina para las masas y aspirar a objetivos egoístas para los elegidos: tales morales son muy compatibles e igualmente despreciables. En diversos contextos describen las relaciones sociales en la mayoría de los países de hoy. Las rechazamos porque el mundo puede ser otro.

En el futuro estudiaremos horrorizados la moral de hoy día, cuando se dijo que era aceptable (y para algunas personas, que era la voluntad de dios) que el mundo entero beneficiara a un puñado de personas en perjuicio de la mayoría de la humanidad y del planeta. Nos costará trabajo entender que en esa época (es decir, hoy), los seres humanos estuvieron divididos entre países oprimidos y opresores y entre géneros oprimidos y opresores y que algunas personas tuvieron que trabajar con las manos mientras que otras trabajaron con la mente y que por eso éstos estuvieron por encima de ellas en el orden social, una época en que las personas no tuvieron la libertad, colectiva e individualmente, de transformar a conciencia al mundo y a sí mismas, tal como plantearon Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, ni de crear un mundo sin opresión y explotación. Nuestra moral se basa en lo que contribuirá a crear ese nuevo mundo.

Nuestros enemigos dicen que en el marxismo "los fines justifican los medios", o que los comunistas sostienen que su visión justifica lo que quieran que justifique. Pero la verdad es otra: luchamos con una resolución férrea por el comunismo pero reconocemos que los medios que aplicamos, cómo luchamos por el comunismo, determinarán cómo será el mundo que creemos. O sea, los medios y los fines deben compaginarse. Este principio se manifestó en China cuando los revisionistas al mando de Deng Xiao-ping tomaron el Poder tras la muerte de Mao y reemplazaron la consigna revolucionaria de los años maoístas, "servir al pueblo", por la reaccionaria consigna, "enriquecerse es glorioso". Tenemos que luchar a muchos niveles por el nuevo mundo que crearemos: en el campo de batalla, en la esfera de las ideas y en las relaciones entre las personas, y la lucha dará un gran paso adelante cuando las masas populares detenten el poder político.

No creemos en dios porque no tiene caso, pues no hay evidencia que lo justifique. También estamos conscientes de que muchas personas seguirán creyendo en la religión por mucho tiempo por venir y que no se puede tratar con coerción la lucha entre el ateísmo y las creencias religiosas. Pero nosotros, y una gran parte de la humanidad ya, como enormes cantidades de católicos y otras personas religiosas, no aceptaremos un gobierno religioso ni la imposición de una moral y leyes que perjudican los intereses fundamentales del pueblo en la vida cotidiana y en la lucha por la emancipación. A mucha gente le da asco la "moral" que encubre el abuso de niños por curas católicos, condena a millones de personas a morir del SIDA predicando que usar el condón es pecado y que obliga a la mujer a ocupar un lugar de segunda clase.

Cada moral se basa en una concepción del mundo específica, en una manera de ver el mundo y cómo funciona. La moral comunista se basa en una concepción del mundo que corresponde a los intereses del proletariado, una clase de esclavos asalariados modernos que sólo puede emanciparse a sí misma emancipando a toda la humanidad de las relaciones sociales tradicionales basadas en la explotación y opresión y de las ideas que las sustentan y las refuerzan.

A diferencia de la religión y el posmodernismo y otras variedades de relativismo, los comunistas somos materialistas. Reconocemos que existe un mundo material, una realidad objetiva independiente del ser humano. La palabra "objetivo" quiere decir "absoluto", el término filosófico que se refiere a lo opuesto de "relativo", pero los comunistas nos oponemos al absolutismo religioso por dos razones. Primero, la realidad tiene movimiento y cambio; el mundo y lo que está en él es contradictorio. Llamamos nuestra concepción del mundo "materialismo dialéctico" porque entendemos que todas las cosas se componen de contrarios que se luchan entre sí sin cesar y se transforman los unos en los otros. Segundo, la verdad no proviene de los dioses ni de ninguna revelación divina, sino de la realidad misma, que es conocible, aunque tengamos conocimientos imperfectos (relativos) a causa del carácter contradictorio e infinito de la realidad.

Es necesario poner a prueba la justeza de todas las ideas en la práctica social, de la experimentación científica y la producción económica a la lucha de clases. Nuestra visión se basa en el estudio de la historia y las demás ciencias. El marxismo-leninismo-maoísmo, como hoy se llama nuestra ciencia, abarca todo lo que sea verdad, que corresponda al mundo material, a todo lo que se haya descubierto y que aún esté redescubriendo hoy y que seguiremos descubriendo.

A diferencia del papa #265, no suplicamos nada a ninguna autoridad superior y entendemos que sin una lucha entre las ideas jamás podremos conocer la verdad. Como decían los partidarios de Mao: los materialistas consecuentes son intrépidos. Es decir, una intrepidez ante la verdad sin importar de dónde provenga ni a dónde vaya y una disposición a evaluar constante y críticamente la experiencia e ideas y a seguir aprendiendo.

A diferencia del papa, no creemos en la verdad revelada por la fe. El marxismo y la religión luchan entre sí por ganarse mentes, tal como dijo el mismo papa, pero el marxismo no es un "ismo" que lucha por la fe ciega y se declara por encima de la ciencia y otras fuentes de conocimiento. La ceguera y el dogma son obstáculos al camino por donde la humanidad tendrá que transitar para emanciparse.

En una palabra, luchamos por cambiar el mundo con el mejor análisis que tengamos de él y no luchamos por algo infalible, inexistente e inalcanzable sino por dirigir al pueblo en un proceso sin fin de profundizar nuestro conocimiento del mundo y de transformarlo sobre esa base. Quienes están despiertos tenemos trabajo que hacer.

Érase una vez un pintor español que nos recordó: "El adormecimiento de la razón engendra monstruos". Para parafrasear a un poeta irlandés, uno de esos monstruos acaba de deslizarse hacia Roma.