Boletín N° 11 - 7 de abril de 2003
  El plan para la posguerra y el muro

Unos días antes de que los Estados Unidos y Gran Bretaña iniciaran su guerra contra Irak, el presidente Bush y el primer ministro Blair se reunieron para anunciar un nuevo “camino hacia la paz” en el Medio Oriente.

Para empezar, si al ver a Bush haciendo esta declaración usted tuvo la impresión de que ya había visto esta película, ud. no era el único, pues no es la primera vez que Bush anuncia su compromiso a una iniciativa de paz en el Medio Oriente en vísperas de una guerra. Bush hizo lo mismo justo antes de que atacaran Afganistán, hace 18 meses, cuando declaró su apoyo para la creación de un Estado palestino independiente. Y como ya sabemos, no se hizo absolutamente nada al respecto.

Así que, no hay por qué sorprenderse de que todo mundo, incluso algunos amigos de los Estados Unidos, recibieran con mucho escepticismo las declaraciones de Bush. Esto se sobreentiende como un soborno a Blair y los gobiernos pro-estadounidenses del mundo árabe como Arabia Saudita, Jordania y Egipto, que están atrapados entre su complicidad con la guerra contra Irak y el odio general de la política opresiva de los Estados Unidos en el mundo árabe y en especial del vergonzoso doble juego de los Estados Unidos hacia Israel. Después de las declaraciones de Bush, Blair convocó en Londres a una rueda de prensa para expresar que esta vez “los Estados Unidos sí está de veras comprometido en forjar el camino hacia la paz”, como lo expresó a la Cámara de los Comunes, esforzándose para no quedar como un perro faldero de los Estados Unidos y para subrayar que podría contribuir a moderar la agresión yanqui.

El problema para Blair y los gobernantes árabes pro-estadounidenses es que han obtenido muy poca ayuda de Bush o de otros gobernantes estadounidenses. Poco después de la declaración de Bush, el ex primer ministro israelí Benjamín Netanyahu regresó de una reunión en Washington para anunciar que los Estados Unidos otorgaría a Israel un paquete de ayuda financiera adicional de 10 mil millones de dólares, incluido 1 mil millón en ayuda militar, más de los 3 mil millones que normalmente otorga. No había mejor excusa que los Estados Unidos podría utilizar sino su paquete financiero para asegurar la sumisión de Israel a las condiciones de su plan para la posguerra. Esto se recalcó cuando la consejera de seguridad nacional de los Estados Unidos, Condoleeza Rice, se reunió con líderes sionistas y les expresó que no había de qué preocuparse, que los Estados Unidos no haría nada que perjudicara a Israel. Un experto diplomático del diario israelí Ha’aretz (17 de marzo) aseguró a sus lectores: “Cuanto más la opinión pública en sus países se oponga a la guerra, más Aznar y Blair entenderán el problema palestino como un salvavidas político. Tienen que probar a sus partidarios en Europa que se preocupan por terminar la ocupación israelí de los territorios para ganarse legitimidad en su ocupación de Irak”.

Sharon ni siquiera se esforzó por disimular su desprecio a este “camino”. Los israelíes ya han exigido 100 enmiendas, como la de dejar fuera el término Palestina “independiente” y referirse sólo a “atributos de soberanía”. Sharon enfatizó que la única Palestina que él está dispuesto a aceptar es una Palestina carente de capacidad militar que no controle sus fronteras, y un veto israelí sobre tratados extranjeros y que el control palestino se reduzca a una parte mucho menor del territorio de Cisjordania que la que se ha contemplado en discusiones de paz anteriores.

El mayor apoyo estadounidense a Israel ha envalentonado al gobierno de Sharon a hacer nuevos “realineamientos” sobre el enorme muro al estilo del ghetto de Varsovia que Israel viene levantando alrededor de Cisjordania desde julio de 2002. El muro se extenderá más adentro de Cisjordania de lo que ya se había planeado y se trasladarán miles de pobladores israelíes más a asentamientos ilegales para convertirlos en parte de Israel. Los palestinos lo llaman “el muro del apartheid” y en Israel lo llaman “el camino para la paz en Israel”.

Esto no es sólo un mero parloteo cínico. El muro está convirtiendo a Cisjordania en la prisión más grande del mundo. Tendrá 660 km de largo, 7 veces más largo que el muro de Berlín. Se eleva 8 m y está hecho de largos bloques de concreto. Está protegido con alambre de púas, vigilancia televisiva de circuito cerrado y cerca electrificada y tiene carriles militares a cada lado para tanques y otros vehículos militares. Se construirán torres de vigilancia a cada 300 m y una zanja de 4 m de profundidad y 6 m de ancho para proteger el muro.

Inicialmente se había anunciado que el muro correría sobre el lado oeste de Cisjordania. Pero en marzo, fuentes israelíes revelaron que también se construirá a lo largo del valle del Jordán, sobre el lado este de Cisjordania. Esto significa que casi toda Cisjordania quedará encerrada. Y los 2 millones de palestinos que ahí viven prácticamente serán presos de un vasto campamento en que guardas israelíes controlarán todos sus movimientos. Y, el muro encierra recursos naturales vitales, como el manto acuífero que proporciona a los palestinos más de la mitad del agua que necesitan.

Mientras que el gobierno israelí dice que el muro no significa el establecimiento de una frontera política, no hay duda de que esto es precisamente lo que desean y harán. Los israelíes llevan décadas violando vez tras vez las resoluciones de la ONU y otros acuerdos que prohíben establecerse en los territorios ocupados. Llaman a este proceso establecer “hechos irrevocables”. Hay razones de sobra para pensar que el muro será otro de esos “hechos”. Con un costo de 2 mil millones, no es precisamente una cerca temporal.

El muro literalmente hace realidad los sueños de Sharon sobre el único tipo de Palestina que el gobierno de Israel está dispuesto a aceptar. De más importancia, encerrará el 60% de Cisjordania y el otro 40% será amputado del resto del territorio, de modo que se podría incorporar al territorio del Estado israelí.

Los gobiernos estadounidenses y británico vez tras vez alardean de que dirigen la guerra en Irak en nombre de la democracia y de la paz a largo plazo en el Medio Oriente. No obstante, lo que realmente hacen en la región del Medio Oriente es, bajo la dominación de su más fiel aliado, Israel, mostrar la verdadera cara de la liberación yanqui: convertir la tierra de aquellos que se resisten en una enorme prisión.