Boletín N° 15 - 5 de mayo de 2003
  Bush: Ningún fin a la guerra

El Presidente Bush declaró el 1º de mayo: “Los Estados Unidos y nuestros aliados han prevalecido” en Irak. Pero no declaró el fin oficial a la guerra. Su vocero Ari Fleischer explicó: “Desde un punto de vista jurídico, éste no es el fin de las hostilidades”. Ésta es una distinción importante, porque las fuerzas armadas norteamericanas todavía están ocupadas combatiendo al pueblo en Irak. Por razones del derecho internacional y sobre todo de la propaganda internacional, el gobierno estadounidense no quiere admitir que las personas a que está intentando someter no son del ejército de Saddam Hussein sino las personas comunes que resisten una ocupación extranjera, en su mayoría manifestantes desarmados y otras personas que luchan con armas.

De hecho, aunque se están retirando algunos elementos de la armada y de la fuerza aérea yanquis de Irak, han continuado enviando más infantería para reforzar la ocupación. El Ejército norteamericano anunció el 29 de abril que enviaría hasta 4.000 tropas adicionales a Bagdad en las próximas semanas como parte de la reestructuración de las fuerzas de ocupación para que éstas puedan reprimir con mayor eficacia a las manifestaciones y combatir a las fuerzas móviles equipadas con armas ligeras. No están retirando los grandes tanques y los vehículos de combate Bradley, sino que les están sumando los Humvee blindados más pequeños, más capaces de maniobrar en las calles estrechas. Las fuerzas norteamericanas están recibiendo blindaje corporal para que puedan realizar patrullas a pie. “Usted no caza a personas en un tanque”, explicó un funcionario norteamericano. Los norteamericanos llaman a esto “operaciones de instrumentación de la paz”. Los tanques todavía retumbarán por la noche a través de la ciudad, después del toque de queda, cuando no hay tráfico en las calles y los helicópteros están omnipresentes, pero ni tanques ni helicópteros pueden hacer el trabajo de los soldados a pie.

Se informó de choques y combates en las calles todos los días de la semana pasada. El 30 de abril, cerca de Tikrit, helicópteros Apache dispararon sobre algunos hombres en un camión que habían robado cajones de munición de un depósito de armas. Ese mismo día, soldados dispararon a un hombre en un automóvil cerca de Kut después de que éste intentó atropellar a dos infantes de Marina, según se alega. El 2 de mayo, el ejército norteamericano efectuó una incursión contra presuntos luchadores de la resistencia en Tikrit; según informes recibidos, hicieron 20 arrestos y mataron a una persona que presuntamente intentó arrebatar un rifle a un soldado norteamericano. Un corresponsal de Le Monde describió la situación en Bagdad como “ni guerra ni paz”, con ráfagas de fuego dispersas toda la noche. Cuatro “funcionarios de asuntos civiles” estadounidenses (no civiles sino soldados especializados en gobernar a civiles) fueron tiroteados en el centro de la ciudad a plena luz del día. Ha habido manifestaciones anti-ocupación casi diariamente en Bagdad. Una fotografía de Reuters muestra a manifestantes que se arrodillan para orar en una plaza de Bagdad el 28 de abril mientras soldados sentados en tanques les apuntan sus ametralladoras. Luego en la semana, las autoridades militares yanquis desalojaron a manifestantes antibélicos internacionales del hotel Palestina donde habían establecido su base.

Momentos antes del anuncio de Bush sobre el fin del “combate mayor” en Irak, hecho a bordo de un buque de guerra que regresaba de ese país, su secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, hizo exactamente al mismo anuncio sobre Afganistán, donde había estado el 27 de abril en el curso de una gira triunfal alrededor del mundo. Un incremento de los combates contra las fuerzas de ocupación a un año de la invasión sugiere que tal vez los yanquis nunca podrán imponer la “estabilidad” que Rumsfeld como meta. En Irak, la imposición de tal “estabilidad” es especialmente vital para concretar los propósitos de su guerra: convertir al país en una fortaleza suprema desde la cual apuntar sus armas a todo el Medio Oriente.

Al mismo tiempo de su enfática negativa a declarar el fin de la guerra en Irak, Bush hizo un señalamiento igualmente importante: el mundo no debe esperar la paz. Terminó su discurso con una cita del libro de Isaías en La Biblia. Así remachó el mensaje de hace unas semanas cuando el Departamento de Defensa de Rumsfeld patrocinó un servicio de rezo por el reverendo Franklin Graham, tristemente célebre por llamar al islam “una religión muy torcida y malvada”. Aunque muchas personas no le hacen mucho caso, Bush se refirió a la figura que La Biblia llama “la flecha pulida de Dios” que “humilló a Babilonia” (ahora Irak), o sea, un mensaje no muy sutil a los hinchas religiosos que conforman buena parte de sus tropas de choque políticas sobre cómo entender su declaración de que “nuestra misión continúa”.

De mayor importancia, Bush declaró: “La batalla de Irak es una victoria en una guerra contra el terrorismo que empezó el 11 de septiembre de 2001 y que todavía sigue”. Pocas personas pensantes hacen caso a la idea de que la guerra norteamericana contra Irak tiene que ver con lo que pasó ese día. Pero a pesar de la mentira que Bush está determinado a transformar en una verdad a través de puras repeticiones, hay una verdad básica en esta declaración. “De Pakistán a las Filipinas y el Cuerno de África”, Bush advirtió, “nosotros continuaremos rastreando por todos lados al enemigo antes de que él pueda golpear”. En otras palabras, una manera simplificada de decir lo que él quiere que el mundo entero conozca como la “doctrina Bush”: la advertencia de que los Estados Unidos puede usar y usará sus fuerzas militares contra cualquier “persona, organización o gobierno” que se oponga a sus intereses, sin importar las reglas y las excusas convencionales para ir a la guerra.

A pocos días del anuncio de que pronto se podría incrementar la cantidad de soldados en Bagdad y en medio de las señales contradictorias de los Departamentos de Estado y de Defensa sobre cómo organizarían la ocupación, los oficiales norteamericanos dijeron que esperaban poder retirar tres de las más de cinco divisiones que tienen en Irak, y reemplazar a algunas de ellas con soldados de la India y Pakistán, junto con un puñado de comandantes y técnicos europeos. O sea, aplicar una estrategia colonial clásica. Los oficiales militares que discutieron el plan dijeron que significaba que las tropas norteamericanas restantes estarían expuestas a riesgos al igual que durante la invasión (lo cual parece significar que tendrían que aplicar con éxito la fuerza aplastante o correr el peligro de la derrota y muerte) y advirtieron que tal vez las condiciones no se prestaran a llevar a cabo el plan dentro de seis meses como esperaban. No podrían haber expresado el propósito más llanamente. Como el veterano corresponsal militar de The New York Times señaló: “La intención de la administración es regresar tropas a sus bases en los Estados Unidos y Europa para que se puedan preparar para otras batallas potenciales mientras los Estados Unidos prosiga su guerra contra el terrorismo”.

La “batalla de Afganistán”, como Bush la llamó, y “la batalla de Irak” representan el preludio y la apertura a gran escala de una guerra que hoy tiene en la mira a los pueblos del Medio Oriente pero cuyo objetivo final es nada menos que la dominación del mundo.