Boletín N° 142 - 23 de enero de 2006
  Informe provisional de la primera brigada internacional de construcción de la carretera a la República Autónoma Magar de Nepal

En noviembre de 2005, la primera brigada internacional de construcción de carreteras (siete voluntarios de Alemania, Australia, Canadá, Colombia, Inglaterra y Noruega) viajó al distrito liberado de Rolpa del occidente de Nepal. Viajamos miles de km para trabajar en la construcción de una carretera: un proyecto del nuevo poder revolucionario para forjar una economía independiente y libre de las cadenas del imperialismo.

            Los miembros de la brigada teníamos pleno conocimiento de que el gobierno del rey Gyanendra, que el año pasado disolvió el parlamento y centralizó el poder en manos de la monarquía feudal, está librando una guerra de contrainsurgencia y que teníamos que pasar por muchos controles militares para llegar a la zona liberada. El gobierno se ha "distinguido" por su enorme cantidad de desaparecidos, ejecuciones extrajudiciales y actos de represión. Por otro lado, sabíamos algo sobre la firme determinación de los nepaleses a forjar un nuevo futuro y estábamos entusiasmados por ver sus logros y trabajar con ellos en este proyecto crucial para el desarrollo de la región autónoma.

     Emprendimos el viaje con una mezcla de nerviosismo y emoción. En un puesto de control, un oficial de mediana edad, claramente deprimido por la situación en deterioro del gobierno, comentó de repente a uno de nosotros: "Soy un hombre del gobierno, me ha ido bien. Los maoístas son mis oponentes. No les gusto". Era como si supiera que su época estaba llegando a su final.

            Ninguna parte de Nepal está muy lejos de los montes Himalaya, pero pocos turistas pasan por la ruta que tomamos. Toda persona que va a la zona liberada tiene que pasar por muchos puntos móviles de control militar, donde puede pasar cualquier cosa. Soldados jóvenes armados con metralletas paran los autobuses, hacen bajar a los pasajeros e inspeccionan el equipaje. Si identifican a un maoísta, o "presunto maoísta", se lo llevan. a la cárcel o simplemente lo hacen marchar a un lado y lo ejecutan. Los que hacen guardia cerca de las entradas a las zonas liberadas son tropas selectas, endurecidas, con las mejores armas. Es evidente que son tropas de primera: más altaneros, más fortachones y mejor alimentados. Son los más responsables por los horrores que denuncian los grupos de derechos humanos de todo el mundo.

            A pesar de la atmósfera bélica, existe también una normalidad casi surrealista de movimiento de gente de las zonas bajo el control del nuevo gobierno [revolucionario] y las de la agonizante monarquía. Hay comercio más o menos rutinario entre un lado y el otro; los campesinos de las aldeas altas bajan al rico valle Dang y venden ghee [mantequilla clarificada], miel, carne de chivo y plantas medicinales, y regresan con sal, pilas, aceite y otras mercancías que no producen. Después de pasar el último control militar, por un rato siguen por la nueva carretera en que vamos a trabajar.

            Sentimos alivio y mucha emoción cuando vimos la verja de madera por la que se entra a la carretera al llegar al primer pueblo de la zona liberada, Tilla Bazaar. La bandera roja a un lado y la bandera de la República Autónoma Magar al otro nos dijeron: ¡han llegado! Pero luego la euforia disminuyó un poco; es una aldea pobre, casi nadie habla inglés y al principio fue difícil comunicarse. Los aldeanos han aprendido a ser cautos ante la llegada de extranjeros, pues a menudo son periodistas occidentales que quieren pintar la lucha popular en términos negativos.

            Cuando se dieron cuenta de que éramos otra clase de extranjeros, o sea, jóvenes que íbamos a trabajar junto a los campesinos, compartiendo las buenas y las malas, fue como si se hubiera abierto una fuente de alegría, como dijo un voluntario después. Gente completamente desconocida se nos acercaba con sonrisas de oreja a oreja y nos abrazaba. Se organizó una recepción instantánea. Colocaron seis o siete mantas en inglés y apareció un joven traductor enérgico y entusiasmado que nos ayudó mucho durante nuestra estancia. Se juntaron 150 personas que querían oírnos y aplaudir nuestra llegada; les hablamos sobre lo que nos motivó a viajar desde tan lejos. Al final de nuestro primer día, sabíamos que íbamos a experimentar algo muy inaudito y desconocido.

            La zona que visitamos es parte de la República Autónoma Magar, fundada en 2003, cuando el Ejército Popular de Liberación (EPL), dirigido por el Partido Comunista de Nepal (Maoísta), expulsó al ERN. Los magares son una de las minorías nacionales del país y la fundación de esta nueva república regional en una de las bases de apoyo revolucionarias más avanzadas fue, para gente de todo el país, el fin de una injusticia milenaria. Vimos muchas expresiones del orgullo que sienten los magares por ese logro.

            Nos despertamos con el sol, porque las actividades empiezan temprano en las zonas liberadas. Cada mañana los miembros del EPL se levantan a las cuatro, lo que impresionó a los miembros más jóvenes de la brigada. Los miembros del EPL, casi la mitad mujeres, patrullaban el perímetro de unos 2 km , hacían ejercicios y luego desayunaban con "chai", el té nepalés. A veces hacían teatro en la noche.

Elaboramos un horario de trabajo con los organizadores de la carretera, especificando los tramos en que íbamos a trabajar, cuándo y con qué grupos: familias de caídos en la guerra revolucionaria, campesinos, miembros del EPL, etc. Se reservó tiempo para discusiones con los diferentes grupos. Nos explicaron que ahora la construcción era lenta porque era tiempo de cosecha. Era crucial terminar la cosecha para el sustento de los aldeanos durante el invierno y eso se tomó en cuenta al movilizar voluntarios para la carretera. Por eso el gobierno revolucionario pidió solo un voluntario de cada familia.

Nos alegró que a pesar del ritmo de trabajo más lento, podíamos participar. Sin embargo, el trabajo no era lo que esperábamos. Primero, a veces teníamos que caminar por más de una hora, subiendo y bajando montes empinados, para llegar a la sección de la carretera en que íbamos a trabajar. Llegábamos con los músculos cansados antes de levantar un pico o pala. Segundo, los métodos eran completamente nuevos para nosotros. Cuando llegamos a la carretera, unas cien personas ya estaban trabajando. Vimos grupos de jóvenes pegados a la ladera, con largas palancas de acero, quitando grandes rocas para despejar el camino. Al principio teníamos nuestras dudas sobre eso: las rocas parecían demasiado grandes para los jóvenes. Pero ellos tenían mucha experiencia y pronto se oyeron gritos de alegría cuando una roca gigantesca se vino abajo.

Usaban métodos similares con los grandes árboles: grandes equipos de aldeanos se juntaban para sacarlos. Cuando al final el árbol caía y podían arrojarlo por el precipicio, soltaban más gritos de alegría.

Cuando cogimos nuestras herramientas, la mayoría de los nepaleses que trabajaban en la carretera nos miraron perplejos. Quizás suponían que los extranjeros éramos simplemente periodistas de visita. En todo caso, ver que los miembros de la brigada empezábamos a trabajar tuvo un gran efecto sobre ellos: cambiaron rápidamente las miradas de sorpresa, casi de asombro, por risitas contenidas ante los esfuerzos inicialmente torpes de los brigadistas, seguidas rápidamente por amables esfuerzos de darnos una mano y mostrarnos cómo funcionaban las cosas. Al rato uno de los brigadistas comenzó a corear una cadencia en inglés, y los nepaleses se nos unieron. y luego los miembros de la brigada aprendimos a corear la cadencia en nepalí.

Algo que generó cierta discusión fue cómo lidiar con el asunto de "anfitriones" y "huéspedes". Habíamos venido a participar hombro a hombro, pero los nepaleses eran conscientes de los esfuerzos que habíamos hecho para llegar hasta allí y querían tratarnos como "huéspedes". Así que a menudo alguien se preocupaba por que sus "huéspedes" no estuvieran haciendo un esfuerzo muy grande y se daba una cordial lucha sobre si era apropiado o no continuar trabajando.

En un momento, quizás inspirada por los esfuerzos de los recién llegados, una joven, Sapana (nombre de guerra que significa "Sueño"), apareció de pronto con un largo vestido rojo y comenzó a cantar una cautivante melodía revolucionaria. Cuando los miembros de la brigada miramos alrededor, con las majestuosas montañas en la distancia, terrazas de arrozales a lo largo de las laderas, pinos solitarios que surcaban las nubes, la bella melodía que se elevaba al cielo y gente de tan diferente condición social y tantos países del mundo que ponían el corazón y el alma en nuestros esfuerzos comunes por tan noble causa, ninguno pudo menos que quedar profundamente conmovido.

            Ciertos métodos eran difíciles. Por ejemplo, dos personas, en vez de una, trabajaban con una pala. Amarraban una cuerda justo arriba de la parte metálica de la pala, y cuando una persona la metía en la tierra, otra persona jalaba la cuerda para sacar más tierra. Era muy difícil ajustar el ritmo; si la persona de la cuerda jalaba antes de la cuenta, la tierra volaba en la cara de su compañero (causando risas), y si no jalaba a tiempo, la pala se quedaba atascada en la tierra. Al final del viaje, nos pidieron que mostráramos las manos y unos miembros del equipo se avergonzaron, pensando que no tenían suficientes callos y ampollas, pero los nepaleses sonreían orgullosos.

Ocasionalmente cambiaba el sitio de trabajo, y los brigadistas caminábamos hasta otro lugar. Pero dondequiera que íbamos se iniciaba el trabajo con una reunión colectiva. Se ondeaban banderas, comenzaban a sonar tambores y cien constructores de la carretera iniciaban su jornada de trabajo. En nuestro segundo día vimos una joven madre con su hijo atado a la espalda, utilizando un pico, dejándolo sólo ocasionalmente para amamantar a su bebé. En un descanso, el líder les explicó a los nepaleses que la brigada había venido de muchas partes del mundo para unirse a sus esfuerzos. Aunque la conversación era muy difícil, por los problemas de idioma, la gente se nos acercaba con enormes sonrisas y levantaba el puño en solidaridad. Organizamos discusiones cortas con diferentes personas, y supimos que muchos de ellos habían perdido a un ser querido a manos del ERN en el curso de la guerra revolucionaria.

Durante una sesión hablamos con un anciano de nacionalidad magar, Lila Darpun, de 65 años, de Corshavan. Cuando le preguntamos por qué había venido, dijo: "Hemos venido acá por nosotros mismos. Nos sentimos bien con lo que estamos haciendo. Esto nos ayudará. Aunque soy muy viejo, si puedo levantar siquiera unas cuantas piedras, estaré feliz. Cuando joven trabajé muy duro, pero este trabajo es diferente, es especial".

Aunque el trabajo era muy exigente en lo físico, muchas mujeres participaban. Cuando le preguntamos al respecto, Ima Kumari, una mujer de 43 años con tres hijos, explicó: "Todavía soy analfabeta. No sé mucho de libros. Pero sé que la carretera es una buena cosa. Estamos construyendo un nuevo país. Solía tomar días conseguir sal y ropa, pero con la nueva carretera podemos hacerlo en horas".

La monarquía y algunos medios de comunicación han calumniado la carretera como "trabajo forzado". Hacen comparaciones sensacionalistas con Pol Pot en Camboya y trafican con estereotipos "antitotalitaristas". Pero fue claro al mirar y hablar con la gente que había venido a hacer su parte que no había nada de "forzado" en la combinación de buen humor y seria dedicación con que se ponían a trabajar. Quizás a aquellos que han dedicado toda la vida a abrirse camino a zarpazos hacia la cima y a "buscar ser el número uno" les cuesta trabajo imaginar que el pueblo al que han gobernado, oprimido y despreciado se una en una amplia campaña colectiva, o, si pueden imaginarlo, están decididos a no permitirle florecer.

La campaña de labrar esta carretera a través de este difícil terreno se ha calado profundamente en el pueblo. Gobierno tras gobierno había prometido que se construiría, pero por alguna razón el dinero nunca llegaba o si llegaba desaparecía en los bolsillos de los políticos corruptos. Después de todo, ¿quién se beneficiaría? Sólo algunos campesinos del interior, y eso no era una motivación suficiente para que la elite de Katmandú hiciera algo. Lo que ningún gobierno respaldado por el occidente jamás hizo, a pesar de los cientos de millones de dólares de ayuda extranjera, hoy el pueblo, movilizado por sus nuevos lideres, lo está haciendo.

Nos preguntaron muchas veces sobre la situación de los países de donde proveníamos, especialmente acerca de la cuestión de la mujer, y la gente tomaba notas de lo que decíamos. La gente estaba muy ansiosa por mostrarnos otros nuevos proyectos en que están trabajando. Hay una "comuna modelo" y dos "escuelas modelo" "no muy lejos", pero "no muy lejos" en el campo nepalés significa horas de caminata, lo que hizo imposible realizar una visita durante nuestra corta estancia. Han creado una gran granja piscícola, algo nuevo en esta parte del país, que se hizo con la ayuda de gente de una zona liberada de otra región donde esto era una actividad común. Nos alegró podernos beneficiar directamente de esto; para satisfacción de los nuevos piscicultores, un brigadista dijo que era "el mejor pescado que había probado jamás".

Vimos otras cosas nuevas que había sido imposible hacer bajo el viejo gobierno. Cuando uno de los brigadistas se enfermó bastante feo una noche, nuestros anfitriones viajaron en la oscuridad para conseguir un "médico descalzo", un joven aldeano entrenado bajo el nuevo gobierno en los fundamentos de la medicina. Vino a las 4 de la madrugada y le puso al brigadista un suero intravenoso y permaneció a su lado hasta el día siguiente cuando se sintió mejor. Bajo el viejo gobierno, muchos, quizás la mayoría, de los médicos de Nepal elegían vivir en Katmandú, donde la vida es más fácil, y atender a la clase media. Pero el nuevo gobierno revolucionario ha tomado la experiencia de China bajo Mao para desarrollar nuevas políticas de salud con el objetivo de servir a la mayoría del pueblo, los campesinos en el campo y se apoya en ellos para resolver sus propios problemas.

Los brigadistas discutíamos constantemente todo lo que hacíamos y veíamos. De repente los grandes deslindes de la revolución de Nepal fueron adquiriendo mayor significado. ¿Qué era lo que el PCN (M) trataba de lograr con el cese el fuego y qué efecto ejercía? ¿Cuáles eran los deslindes de la lucha entre dos líneas que el partido había llevado a la población en general? Algunos otros problemas inmediatos causaban confusión: los brigadistas sabíamos que los medios informativos internacionales denunciaban a los maoístas por "utilizar niños soldados", pero nos habían dicho que el EPL sólo aceptaba a jóvenes mayores de 18 años. Pero con frecuencia vimos adolescentes  de aspecto muy joven vestidos con camuflados. La especulación crecía: ¿Qué era lo que pasaba en los hechos? Después de hablar con algunas personas y observar al EPL en entrenamiento, fue claro que lo que nos habían dicho era verdad: es necesario tener 18 años para unirse al EPL. Pero el EPL es tan popular que todos los jóvenes quieren emular a los adultos, con el resultado de que los camuflados están ahora de moda entre los adolescentes.

No había pasado más de una semana, pero a medida que nuestra estadía se acercaba a su fin, muchos brigadistas no queríamos irnos. Habíamos venido de diferentes ambientes y diferentes formas de vida, y algunas veces veíamos las cosas de forma distinta, pero pusimos las diferencias en perspectiva y las superamos en el contexto de la causa con que estábamos tomando partido. Todos compartíamos la determinación de encarnar un espíritu de auténtica solidaridad entre los pueblos. Discutimos cómo responder a las constantes iniciativas de nuestros anfitriones para asegurarse de que estuviéramos bien cuidados. No queríamos ningún tratamiento especial y especialmente no queríamos ser una carga para el pueblo. Por ejemplo, durante toda nuestra estadía comimos la misma comida que los demás: arroz con dal [sopa de lentejas] y hojas de mostaza, aunque sospechábamos que nos estaban dando porciones inusualmente grandes. Nos dividimos las tareas y las asumimos con energía y entusiasmo, tal como pasar toda una noche preparando una pancarta para dejarles a nuestros anfitriones como despedida.

Los miembros de la brigada, al repasar esta experiencia, adquirimos un sentido más elevado de responsabilidad de fortalecer la solidaridad con la lucha de Nepal, una revolución que de repente se salió de los noticieros y adquirió rostros, nombres y voces. A aquellos de nosotros provenientes de países imperialistas nos preocupa profundamente que los gobiernos de "nuestros" países, como Inglaterra, suministren armas al ERN. ¿Será que las bombas de racimo de Estados Unidos o Inglaterra sean las próximas armas que se usan contra el pueblo con que habíamos estado, por el "crimen" de tomar el futuro en sus propias manos y construir su propia economía y sociedad autosuficientes? E so asumió un significado amargo poco después de que partiera la brigada, cuando supimos que el camarada Sunil, el comandante del EPL de la región donde se está construyendo la carretera, murió a causa de una bomba lanzada desde un helicóptero suministrado por el occidente. Apenas un par de semanas antes, el camarada Sunil nos había recibido de manera entusiasta en la recepción inicial, y ninguno de nosotros pasó por alto la calidez y camaradería con que lo saludaban los aldeanos donde quiera que iba, y el sincero y profundo respeto que infundía. La noticia de su muerte nos dio duro y alimentó nuestra determinación de acelerar la batalla por difundir las noticias de lo que las masas nepalesas están logrando y por impedir que las grandes potencias sigan ayudando al gobierno fascista de Gyanendra.

P ensamos mucho sobre el potencial para que futuros grupos de jóvenes vayan. A pesar de que en el occidente dicen que la juventud está hundida en el hedonismo de "vivir el momento", muchos de ellos, por ejemplo en el movimiento antiglobalización, están muy preocupados por sus hermanos y hermanas de los países oprimidos. Los países del mundo están divididos entre un puñado de países ricos y una gran masa de países encadenados a la pobreza y la dependencia por las potencias imperialistas ricas, que tienen toda una gama de supuestas soluciones para el desarrollo del tercer mundo. El problema es que ninguna sirve para las masas populares. Algunos de nosotros habíamos asistido a las protestas contra el G8 en Edimburgo y estábamos muy conscientes de que en África es obvio que el sufrimiento y empobrecimiento aumentan en directa proporción a la cantidad de dizque ayuda para el desarrollo. Pero lo que presenciábamos al trabajar en la carretera era un camino completamente diferente: algunos de los más pobres del planeta rompían con milenarias tradiciones y con la forma establecida de hacer las cosas y se apoyaban en sus propios esfuerzos para forjar el futuro. Habíamos llegado a ser parte de eso y podíamos ver el potencial de que muchos más quieran hacer lo mismo. Muchos jóvenes que contemplaban ir no lo han hecho por asistir al estudio, ¡pero aquí está una educación que nunca se obtendría de ningún profesor o maestro!