Boletín N° 35 - 29 de septiembre de 2003
  Otro mundo lucha por nacer en Cancún

. Las protestas que sacudieron la cumbre de la Organización Mundial del Comercio en Cancún, México, fueron justas, acertadas y oportunas. La diversidad –de campesinos mexicanos y pequeños granjeros surcoreanos a jóvenes contra la globalización de América del Norte y Europa, y maoístas mexicanos– dio más empuje a su combatividad. Representaron en mucho mayor medida a los pueblos del pueblo que los ministros de Economía reunidos ahí. Fue otro triunfo del movimiento antiglobalización que hace cuatro años irrumpió en Seattle y que continuó con la batalla de Génova y las acciones del pasado junio en Ginebra. Manifestaron la posibilidad de que diversas corrientes de lucha se unan para crear un mundo diferente basado en la igualdad y la justicia y no en el dominio del más rico y del mejor armado.

Debido a la importancia de las protestas, es importante debatir algunas ideas que se plantearon en su nombre que no llevarán a la meta por la que han estado luchando. No se puede confundir el triunfo de las protestas contra la OMC, en que miles de personas tomaron una posición contra la “globalización imperialista” y personas de muchas nacionalidades se unieron contra el jefe supremo, George Bush, con lo que ocurrió en la cumbre.

La cumbre se estancó cuando un grupo de 21 países, encabezado por Brasil, la India y China, no cedió a las demandas de los Estados Unidos y la Unión Europea. Declararon que no discutirían la suspensión de la restricciones sobre la inversión extranjera y la importación en sus países a menos que los países ricos occidentales levantaran sus propios aranceles sobre la importación y los subsidios sobre su agricultura. La confrontación puso al desnudo la avaricia de los países imperialistas: su determinación de exprimir cada gota posible de la sangre de los pueblos del mundo y la hipocresía de sus declaraciones de que representan la “democracia”. Cuando no obtuvieron la aprobación de una mayoría de la vil organización que fundaron, los voceros de los Estados Unidos, la Comunidad Europea y Japón no permitieron ningún acuerdo en absoluto y advirtieron que conducirían negociaciones comerciales bilaterales y usarían su gran peso económico y político para aplastar uno por uno a todos los países tercos del tercer mundo.

El hecho de que por el momento, por lo menos, los Estados Unidos, y los otros países imperialistas, no pudieron salirse con la suya es maravilloso y bienvenido. Pero eso no quiere decir, tal como el articulista británico antiglobalización, George Monbiot, dijo en The Guardian: “Los países pobres, si se unen, pueden empezar a ejercer una amenaza colectiva a los países ricos” y hasta convertir la OMC en “el cuerpo democrático que se supone que siempre sería”. Ni tampoco fue una “victoria de los países en vías de desarrollo que han logrado imponerse”, tal como dijo el New Straits Times de Malaysia. La demanda de una “cancha pareja” en el comercio internacional que planteó el G-21 en el mejor de los casos es una ilusión, tal como se puede apreciar en la historia de la agricultura en los tres países líderes del G-21.

Brasil era el líder. Aparte de su tamaño, uno de los elementos más importantes de la fuerza económica brasileña provienen de la manera en que ha combinado una producción muy moderna en varias industrias y sobre todo en la agricultura con unas relaciones sociales muy atrasadas.

El capital extranjera domina una buena parte de la producción agrícola, tales como el azúcar y el jugo de naranja. Brasil tiene algunos de los más modernos ingenios de azúcar del mundo: enormes y brillantes complejos y largas colas de camiones suecos lujosos que esperan para llevar el azúcar refinado hacia destinatarios extranjeros. Lo que hace funcionar los ingenios son los obreros de la región más pobre del país, el nordeste, quienes no son sino prisioneros en los ingenios. Reciben muy bajo pago y un trato diferente que los obreros asalariados en los países avanzados porque la vida se basa en una zona de pobreza extrema y relaciones sociales feudales. Los patrones no tienen que pagar suficiente para reproducir la mano de obra, tal como ocurre en los países imperialistas, porque una parte de ese gasto la cubren las familias que los obreros dejan atrás en el campo (y los obreros, cuando no están fuera), quienes a duras penas viven de pequeñas parcelas. Así son las condiciones que hacen posible que Brasil sea el mayor exportador de azúcar. Esa industria enriquece sobre todo a los capitalistas extranjeros (las trasnacionales que con mucha frecuencia son dueñas de los ingenios, aquellas que les venden el equipo, las que venden el producto refinado, y los inversionistas extranjeros que están metidos de diversas maneras), mientras que contribuyen a conservar las relaciones económicas y sociales atrasadas y a trabar el desarrollo del país.

Lo mismo ocurre en la industria ganadera muy próspera. Los ganaderos arrasan y queman la selva amazónica, lo que arruina las tierras por años por venir, a fin de producir carne para McDonalds y otros mercados en el exterior. La deuda y los guardias armados tiene de rehén a los obreros llevados en camión desde el nordeste. Según las cifras del gobierno, las docenas de miles de personas quienes no son esclavos virtuales sino esclavos absolutos, son propiedad de los ganaderos.

Hoy la cosecha de exportación más lucrativa y una gran fuente de riqueza del país es la soya, que se cultiva en el sur, zona que se considera económicamente avanzada. Después de la cumbre en Cancún, el gobierno del reformador “Lula” Da Silva, cuyo Partido del Trabajo es patrocinador principal del Foro Social de Puerto Alegre, de tanta importancia en el movimiento antiglobalización, cambió de idea abruptamente y revocó la prohibición de sembrar semilla de soya genéticamente modificada. Fue una traición al movimiento antiglobalización y a los cultivadores de Río Grande do Sul, pues los obligarán a someterse más profundamente al capital extranjero. La trasnacional Monsanto cobrará grandes sumas cada año a los cultivadores por los “derechos” de usar tales semillas y por venderles la insecticida que protege tal semilla, la que han desarrollado especialmente para resistir tal insecticida. Monsanto y Cargill, los monopolios cerealeros internacionales, serán los beneficiarios principales. El Movimiento de los Sin Tierra (Sem Terra), encabezado por activistas del partido de Lula, lanza protestas de masas contra esta medida porque no beneficia a los pequeños cultivadores, da ventajas a los más grandes, engorda a las trasnacionales y tiene el potencial de perjudicar el medio ambiente.

Lula tomó la medida la víspera de una visita a los Estados Unidos. Y se puede considerar una señal a Bush y a las trasnacionales de que le pueden tener confianza, después de la actuación de sus representantes en Cancún, y una indicación de que la dependencia de la exportación convierte al gobierno en gerentes regionales de las trasnacionales.

India era otro líder importante los países del tercer mundo. Según The Times of India, el gobierno contribuyó a obtener “una gran victoria moral para los pobres del mundo”. La verdad es que el gobierno indio ha dejado que los Estados Unidos determine su política agrícola durante muchos años. La Universidad Ludhyana, Pendjab, donde se elaboran muchos programas agrícolas del sur de Asia, está bajo dirección norteamericana. En pocas palabras, el programa del gobierno 1) fomenta la agricultura orientada a la exportación en ciertas zonas desarrolladas del país; 2) en la mayor parte del campo apoya a fuerzas feudales, quienes son una importante base de poder de las clases dominantes, y asesina a todos los campesinos quienes se rebelen contra la esclavitud; 3) desata ataques de policías con macanas a los hambrientos en las ciudades. Por ejemplo, el Estado pide prestado al imperialismo para fomentar el cultivo de trigo y arroz en Pendjab y construye infraestructura de transporte y de otro tipo para tal fin. Ello fortalece a los grandes terratenientes y empuja a los campesinos al trabajo asalariado y a vivir a duras penas. En otras partes del país, en lugar de darles ayuda, se sangra a los campesinos que se dedican a la agricultura de subsistencia. Mientras que se pudren las papas no vendidas en las terminales ferroviarias de Pendjab, los habitantes se mueren de hambre en los vecinos estados de Uttar Pradesh y en los estados más pobres, tal como Bihar.

China es el tercer país líder del G-21. Cuando era socialista, con la dirección de Mao Tsetung, rompió con la dominación extranjera y feudal y alcanzó un desarrollo equilibrado nunca antes visto en el tercer mundo. Cambió el objetivo general de la economía. La agricultura fue la base de la economía, cuyo fin fue dar de comer a la población y suministrar materia prima a la industria, mientras que se desarrolló la industria a fin de elevar el nivel de la economía en general. En un golpe de Estado tras la muerte de Mao en 1976, aquellos a que quienes Mao describió como “seguidores del camino capitalista” al interior del Partido Comunista, se aliaron con las fuerzas del mercado imperialista mundial y tomaron el Poder. El desmantelamiento de las formas colectivas entonces prósperas de la agricultura ha tenido enormes consecuencias para el pueblo chino y para los pueblos del mundo. En síntesis, el programa agrícola del gobierno 1) roba y arruina a los campesinos; 2) los obliga a trabajar en maquiladoras de dueños extranjeros orientadas a la exportación; 3) importa alimentos para las clases medias, por ejemplo, la soya brasileña. Así, el desmantelamiento del socialismo chino tiene repercusiones hasta en América Latina. (Ni mencionar el impacto del traslado mundial de la producción de manufacturas a China. Por ejemplo, en México, se suponía que los trabajos en las maquiladoras estadounidenses orientadas a la exportación iban a reemplazar los trabajos que se perdieron cuando la importación de alimentos norteamericanos arruinó el sector agrícola mexicano. Ahora, en su eterno afán de mano de obra más barata, el capital se enrumba de México a China.)

En Cancún, fue tan obvio que los manifestantes tenían la razón que algunos comentaristas capitalistas no se atrevieron a atacarlos abiertamente, sino que aprovecharon la situación para sacar su propia agenda. Argumentaron que para cerrar la brecha entre los países ricos y los pobres, los Estados Unidos, Europa y Japón deberían levantar las barreras arancelarias a la importación de productos del tercer mundo y eliminar los subsidios que pagan a sus propios agricultores. Pero eso no es la esencia del problema y no lo puede resolver. El conflicto básico en el mundo no es aquél entre los intereses de los granjeros de América del Norte y Europa y los campesinos pobres del tercer mundo. En una palabra, los subsidios agrícolas en los países ricos benefician más a la agroindustria. Las granjas familiares en los países ricos sufren a causa de las mismas fuerzas del mercado, a menudo de las mismas trasnacionales (Monsanto y Cargill) y de los intereses financieros que azotan a la agricultura del tercer mundo.

En cierta medida, el debate en la OMC sobre en los subsidios agrícolas refleja diversos intereses y opiniones entre los imperialistas. La exportación de productos agrícolas es una parte básica de la dominación mundial del capital estadounidense, y es un importante contrapeso a las enormes cantidades de bienes de consumo que los Estados Unidos importa (cada día más de China). De aún más importancia, ejerce presiones para que países enteros se sometan al capital norteamericano. Los subsidios agrícolas son importantes para algunas potencias europeas (tal como Francia), pero en un grado menor que en los Estados Unidos, y otras más se les oponen (tal como el Reino Unido). Los debates sobre los subsidios, como es de esperarse, reflejan estas diferencias. Si esos conflictos envalentonaran la oposición en Cancún a los Estados Unidos y a la clase dominante que George Bush representa, tanto mejor, pero es importante arrojar luz sobre lo que ocurrió en los hechos.

La experiencia no confirma la idea de que los países pobres pueden cambiar el orden mundial mediante cumbres, votaciones y presión popular. ¿Cuántos ejemplos necesitamos como Irak para hacernos ver que nos enfrentamos a lo que algunas fuerzas antiglobalización llaman “globalización militarizada”? Sin duda, la manera en que los Estados Unidos derrocó al gobierno allendista está presente en la mente de Lula. Como miembro de una generación de activistas políticos que vivió la tortura, muerte, prisión y destierro cuando la CIA dirigió a las fuerzas armadas brasileñas a lanzar un golpe de Estado en los años 1960, es improbable que Lula se haya olvidado qué pasa cuando los líderes elegidos no obedezcan los órdenes del imperialismo yanqui.

Es más, el problema básico es que en el «libre comercio”, los pueblos del mundo siempre han perdido y siempre perderán dentro de las relaciones mundiales actuales. Las barreras comerciales de los países ricos tales como los subsidios y aranceles son una manifestación de la desigualdad fundamental en el orden mundial, pero no son la causa de ella. Cuanto más los países del tercer mundo logren “acceder” a los mercados de los países ricos, más se distorsionan sus economías y más dependen del imperialismo. Cuando los países del tercer mundo vendan mayores cantidades de sus productos a Europa y América del Norte, puede que parezcan que están “accediendo” a esos mercados, pero en realidad es el capital extranjero lo que penetra más y más profundamente en los países del tercer mundo, reorganizando y subordinando sus economías al servicio de los intereses de un puñado de corporaciones globales. En una palabra, cuanto más exporten estos países, peor viven, en términos económicos, sociales y políticos.

La desigualdad en el orden mundial están arraigada al interior de los países y no sólo se trata de sus relaciones con el exterior. El camino del desarrollo capitalista independiente que una vez siguieron los países imperialistas ya se ha cerrado a los países a que han reducido a la dependencia. Para liberarse, los pueblos de esos países tienen que desarrollar economías bien equilibradas, autosuficientes y fundamentalmente, socialistas. No se trata de alcanzar la autarquía ni de vivir en mundo cerrado, lo que sería imposible. En esencia, el avance de revolución en un país depende del avance de la revolución mundial. Como desarrolló una economía autosuficiente, la China de Mao pudo resistirse a la presión imperialista y dar apoyo material a la revolución mundial y hacer avances en el frente interno. Como país socialista, pudo intercambiar productos en el mundo sobre la base de igualdad y beneficio mutuo. La Cuba de Castro, que practica el desarrollo orientado a la exportación (azúcar), tuvo que dejar de apoyar la revolución en otros países cuando se sometió al “falso socialismo” de la Unión Soviética imperialista. Hoy, como aún depende del mercado mundial, tiene que buscar arreglos humillantes con los países imperialistas menores y/o con los Estados Unidos.

Para construir otro mundo, se necesita una revolución cabal para cambiar las relaciones sociales en los diversos países y entre ellos.

Como explica la Declaración del Movimiento Revolucionario Internacionalista, en “los países coloniales (o neo-coloniales) subyugados por el imperialismo... el blanco de la revolución es el imperialismo extranjero y la burguesía burocrático-compradora y los feudales, que son clases íntimamente ligadas al imperialismo y dependientes de él”. En los países imperialistas, el blanco es la clase dominante capitalista monopolista que usa su control de la «madre patria» para explotar y dominar el resto del mundo. De acuerdo a los maoístas, la revolución mundial “se compone esencialmente de dos corrientes: la revolución proletaria socialista librada por el proletariado y sus aliados en las ciudadelas imperialistas, y la liberación nacional o revolución de nueva democracia, librada por las naciones y pueblos subyugados por el imperialismo”.

Aun después de derrocar los capitalistas monopolistas y el sistema imperialista, se necesitará con urgencia superar las disparidades entre los países y eliminar la “división de trabajo” reaccionaria que perjudica al medio ambiente, y en que obligan a unos países a alimentar a otros. En los países imperialistas, se apoyará en los pequeños y medianos granjeros como parte de la alianza revolucionaria contra los enemigos comunes de los pueblos del mundo y para transformar las economías nacionales desarrollando la agricultura como parte de crear un nuevo sistema económico y salvar el planeta.

Otro mundo es posible. Como vimos de nuevo en Cancún, están en ascenso las fuerzas que luchan por él.