Boletín N° 130 - 10 de octubre de 2005
  Marruecos: España desata infierno contra los que quieren emigrar

Ceuta y Melilla son pequeños enclaves robados por España sobre la costa de Marruecos, un país que ha sido dominado en varias ocasiones por España y Francia durante un siglo y medio. Durante años muchos miles de marroquíes y otros, como aquellos del norte del África negra, se han escabullido por las cercas de alambre de púas (de una longitud de 18 km). Pero alcanzar estos pequeños pedazos de suelo legalmente europeo tampoco les dio a la mayoría de ellos ningún derecho, pues las autoridades españolas estaban satisfechas de tenerlos viviendo en el limbo en su territorio, como mano de obra barata que, por ejemplo, permite a la gigantesca agroindustria española suministrar fruta y productos agrícolas a gran parte de Europa.

Pero los acontecimientos en las cercas cada vez se tornan más gruesos últimamente. Agobiados por la crisis económica de África occidental, miles de jóvenes se han desplazado hacia el norte. Algunos han estado viajando, trabajando y cambiando de lugar una y otra vez por años, después de que dejaron sus hogares en Malí, Senegal y hasta en países tan lejanos como Ghana y Nigeria. Trazan sus rutas, si es que sobreviven, a través de los desiertos de Marruecos y Argelia y acampan cerca de Ceuta, en el este de Marruecos no lejos de Argelia, y en Melilla, a más de 200 km al oeste sobre una península directamente en frente de España, y ahí esperan una oportunidad. Muchos viven en una comunidad clandestina pero bien organizada, la cual sus habitantes llaman "el ghetto", en las montañas boscosas con Ceuta a la vista. Muchos se arriesgan tratando de cruzar el estrecho del mar en pequeños botes o en balsas. Ambos lados de los continentes están tan cercanos que se puede ver a España desde Melilla y viceversa, pero las aguas son traicioneras. Las playas españolas se ven muchas veces salpicadas de cuerpos.

"Dicen que es mejor morir una vez que morir diez veces en frente de la pena de tus padres", dice un marroquí que trabaja con los inmigrantes en su mayoría adolescentes.

A fines de septiembre y principios de octubre, oleadas masivas de cientos de personas se abalanzaron sobre las cercas. Ha habido mucha especulación de que las acciones se precipitaron cuando la gente de los campamentos supo que se iba a levantar al doble de altura la alambrada de tres metros de altura de alambre de púas y construir un tercer anillo concéntrico del mismo. Muchos jóvenes se pusieron todas sus ropas, con doble pantalón y doble camisa y si podían con guantes, para protegerse de los alambres filosos. Corrieron hacia las cercas en grupos organizados llevando consigo escaleras hechas de ramas de árbol. El 3 de octubre cientos de ellos llegaron "corriendo a Melilla ensangrentados y cojeando", como un reportero lo describió. Dejaron el alambre de púas con rastros de sangre y carne humana, y hasta con trozos de ropa. Dos días después unos 500 trataron de brincar y entrar otra vez a Melilla, pero esta vez la policía marroquí los bajó y los garroteó.

El gobierno español acusó a Marruecos de haber alentado a los inmigrantes a cruzar las cercas a fin de obligarlo a devolver los enclaves. El que sea cierto o no, el rey de Marruecos rápidamente cedió a las presiones. La policía marroquí dijo que mató a cinco inmigrantes en Ceuta y poco después, a seis en Melilla. Los representantes de derechos humanos dicen que el número de muertos es mucho más alto. Dicen que la policía y los soldados de ambos países trabajan de común acuerdo para garrotear a los inmigrantes.

Hasta hace poco España no ha deportado a personas de terceros países que alcancen territorio "español". Ahora toma ventaja de un tratado de 1992, nunca aplicado antes, que obliga a Marruecos a aceptar a quien sea de cualquier nacionalidad que entra "ilegalmente" a "España" desde Marruecos. Obliga a Marruecos a hacer el trabajo sucio. Cientos de inmigrantes que han llegado a Melilla y se han adentrado en territorio español fueron devueltos a Marruecos. De acuerdo a organizaciones humanitarias, España, que se queja de la ilegalidad de los inmigrantes, entregó ilegalmente a Marruecos a muchas personas que vivían en los campamentos dentro de los enclaves.

Las autoridades de ambos países se desbocaron. Declararon que la situación era de "emergencia", aunque ni se preocupaban de las condiciones que obligaron a los inmigrantes a viajar hacia el norte. En los dos lugares, Marruecos desplegó nueve mil policías, los cuales hicieron redadas contra los campamentos de paracaidistas. El gobierno marroquí envió aviones repletos de gente a Senegal y Malí. Metieron a autobuses y aviones a muchos cientos, quizá miles de personas, reunidos desde España, los enclaves y los campamentos de paracaidistas, y los llevaron a Oujda, un pueblo del noreste de Marruecos cercano a la frontera con Argelia. Por mucho tiempo éste ha sido el lugar favorito de las autoridades marroquíes para deshacerse de los inmigrantes, donde les ordena, tan ilegalmente como lo hace el gobierno español, pasarse al otro lado de la frontera. Ahora, debido a que algunos acampan ahí, pero con el tiempo regresan a Maruecos para pasar la cerca de nuevo, la monarquía adoptó una nueva política.

Llenaron autobús tras autobús con personas, hasta 1.500 en una noche según el diario madrileño El País , y los llevaron esposados, sin agua ni alimentos, en un viaje de nueve a diez horas, al pueblo de Bouafra en el sur del país. Tal como Oujda, se encuentra en la frontera con Argelia en medio del desierto, pero separada del resto de Marruecos por las montañas Atlas al norte. Dejados en un vasto llano de arena y roca en medio de la noche, para vivir o morir, se encontraron mujeres embarazadas, niños, así como hombres. La organización "Médicos Sin Fronteras" armó un escandalazo cuando sus representantes encontraron a un grupo de 500 personas en el desierto. Dijeron que más de 50 de ellas tenían serias heridas, media docena de ellas de gravedad. Los inmigrantes que entrevistaron dijeron que otros cientos fueron abandonados ahí, pero su paradero es desconocido.

Ante el escándalo contra tan evidente inhumanidad, las autoridades españolas se distanciaron de lo que llamaron los "excesos" de sus colegas marroquíes. Al mismo tiempo, anunciaron nuevos programas de "apoyo económico y político" para la monarquía marroquí. Para deshacerse de los inmigrantes, literalmente declararon que pagarían a Marruecos para encargarse del trabajo sucio. También es posible que España esté tomando ventaja de la situación para incrementar su influencia económica y política en Marruecos a expensas de sus rivales ahí, que en mayor medida incluye a Estados Unidos.

Por cientos de años las clases dominantes españolas (entre otras fuentes de riqueza) saquearon al norte de África y se enriquecieron del fruto de la mano de obra de los esclavos africanos subsaharianos secuestrados y llevados a los cañaverales de América Latina. ¿Recuerdan la consigna "dejar la pobreza en el pasado" de la cumbre del Grupo de los Ocho? En las últimas dos semanas España ha hecho otra clase de historia o más bien ha repetido su propia historia golpeando, disparando y asesinando a los africanos. Es especialmente ultrajante que estos ataques se den en Ceuta y Melilla, dos pedazos del norte de África que España conquistó hace siglos como un primer paso a su invasión de esa región. Ahora la Europa oficial se indigna porque los africanos quieran usarlos para realizar un viaje pacífico en el sentido opuesto: encontrar trabajo para escapar de la pesadilla que el imperialismo han impuesto en sus países.

Sin duda España es digna de ser miembro del Grupo de los Ocho, como gran depredador. Las finas palabras de Europa en la cumbre del Grupo de los Ocho se han desvanecido de la misma forma que España y sus secuaces marroquíes esperaban que lo hicieran los inmigrantes africanos: tal como la sangre en la arena.