Boletín N° 77 - 30 de agosto de 2004
  Sitio de Najaf termina en otro revés para Estados Unidos en Irak

Tras un empate de tres semanas entre el Ejército del Medí encabezado por el clérigo musulmán Moqtada al-Sadr y los invasores estadounidenses, por segunda vez los dos bandos han alcanzado un frágil compromiso. Esta vez, los yanquis salieron peor librados que antes. El que tuvieron que aceptar el arreglo y hasta le dieron la bienvenida, a diferencia de otros desenlaces, ilustra de manera contundente cuán limitadas sean las opciones yanquis en Irak.

Durante el sitio, los tanques, artillería, francotiradores y aeronaves dieron muerte a hasta mil personas; dejaron la mayor parte del centro histórico de Najaf en ruinas y las calles repletas de cadáveres putrefactos. Se dieron los combates más cruentos desde que Estados Unidos se impuso en el país y la guerra urbana más intensa en que ha estado metido desde Vietnam. Las cifras de bajas se tergiversaron mucho debido a que los milagros médicos y armadura corporal salvaron a la mayoría de los soldados heridos, aunque murió gran cantidad de combatientes iraquíes. (Las fuerzas armadas yanquis dicen que mataron hasta mil combatientes en comparación con once de los suyos muertos y cien heridos.) Aunque Estados Unidos logró tener la ventaja en la batalla de tres semanas, el desenlace general era un revés para la capacidad estadounidense de llevar a cabo sus planes en el país.

Esta situación es algo muy bueno para todos aquellos en Irak y en el mundo que se oponen a la ocupación yanqui, pero está muy lejos de resolverse lo fundamental.

Según las condiciones del acuerdo que puso fin al sitio yanqui de la mezquita de Alí que habían ocupado los milicianos de Sadr, el clérigo participará en las elecciones de enero de 2005 y en el proceso político con que Estados Unidos espera formar un gobierno estable con que gobernar a Irak indirectamente. Hoy, Sadr sin lugar a dudas cuenta con mucho más popularidad que ningún integrante del gobierno interino ni todos ellos juntos. Puede que Sadr piense que pueda sacar ventaja del proceso electoral. Al Jazira lo dijo así: “Al parecer, el acuerdo allana el camino para que el movimiento de al-Sadr se una al establecimiento político respaldado por Estados Unidos en Bagdad, lo que sería un extraordinario cambio de posición para el dirigente chiíta, que ha venido combatiendo a las fuerzas encabezadas por Estados Unidos y exigiendo la retirada del gobierno y de las tropas de ocupación”.

Aún es posible que Estados Unidos utilice a Sadr para legitimar la ocupación, o puede intentar mandar matarlo o neutralizarlo. Por el momento, no queda claro el plan. Es probable que el curso de los acontecimientos mismos obligue a Estados Unidos a elegir.

Lo que sí queda claro es que el gran perdedor en el acuerdo es el llamado gobierno interino iraquí debilitado y humillado. Lanzaba a diario ultimátums “finales” que ambos bandos ignoraron. Según la CBS de Estados Unidos, hasta el 80% de sus soldados desertaron. O sea, sus soldados nunca entraron al combate. Es obvio que el principal títere yanqui, Iyad Allawi, nombrado por sus conectes con los generales baazistas y encomendado con la reconstrucción del ejército iraquí, no puede sino tener pesadillas por el destino de su antecesor Ahmed Chalabi, el anterior favorito yanqui que acabó huyendo del país porque no logró lo que le encomendaron sus amos.

Algunos periodistas han concluido que el gran ganador es el ayatola Alí Sistani. Puede que haya aumentado su prestigio personal por su habilidad única de mediar, pues logró terminar el empate sin un baño de sangre, cosa que ambos bandos necesitaban. Por otro lado, el desenlace de los combates de Najaf, sobre todo el hecho de que Estados Unidos no pudo derrotar definitivamente a los milicianos de Sadr y rebajarlo políticamente, debilita los compromisos políticos en que los invasores consideraban que Sistani era un elemento central.

Antes de que Estados Unidos invadiera a Irak en 2003, esperaba que los clérigos chiítas perseguidos bajo Saddam Hussein le dieran la bienvenida a la ocupación. Sobre todo, cifraban sus esperanzas en Sistani, el principal clérigo líder en la ciudad santa chiíta de Najaf y la máxima autoridad religiosa chiíta del país. Sistani apoyaba al gobierno de Saddam bajo el pretexto muy político de que la religión siempre debe mantenerse alejada de la política. Con el mismo pretexto, Sistani ordenaba que los chiítas no estorbaran a los soldados yanquis cuando entraron a Najaf durante la invasión en abril de 2003. El vicesecretario de Defensa yanqui, Paul Wolfowitz, alabó con entusiasmó tales declaraciones como “la primera fatwa proestadounidense”, o sea, una pequeña exageración, pues Sistani no dio la declaración como decreto religioso.

Una parte del plan yanqui, o el plan más reciente, tras el fracaso de los anteriores, es usar el apoyo implícito de Sistani para darle cierto prestigio a la bola de peleles yanquis a cargo dar la cara en el funcionamiento político del gobierno. El joven clérigo Sadr ha estado desafiando ese plan.

Sistani obtuvo su puesto cuando al padre de Sadr, un renombrado alto clérigo que se oponía a Saddam, lo asesinaron en 1999 quines mucha gente consideran eran los hombres de Saddam. Si bien casi todos los políticos de oposición proyanquis (y principales integrantes del gobierno interino) vivían muy bien a sueldo de Estados Unidos en el exterior, el joven Sadr seguía en el país donde, según el profesor de la Universidad de Michigan, Juan Cole, construía una organización entre los chiítas pobres en Najaf, en la vecina Kufa donde ahora tiene su base y en el vasto cinturón de miseria, de mayoría chiíta, de Bagdad, conocido como Ciudad Sadr, por el padre.

A pesar de posarse como libertadores, los soldados yanquis se desbocaron en los barrios capitalinos y levantaron mortíferos retenes con la misma brutalidad que la policía en los ghettos estadounidenses pero a una escala mucho mayor. Respondieron a las marchas y manifestaciones en su contra con armas de fuego y ataques aéreos cobardes. Los partidarios de Sadr, que patrullan las calles capitalinas a fin de establecer su autoridad restaurando el orden público, chocaron con frecuencia con los yanquis. Pero la ambigüedad de la relación de Sadr con la ocupación en este período la ilustra el hecho de que, aunque que se dice que Sadr orquestó la muerte del ayatola proyanqui Khoei en abril de 2002, justo tras la llegada de Estados Unidos, las autoridades yanquis tardaron todo un año antes de emitir una orden de detención. La emitieron poco después de que el virrey yanqui Paul Bremmer cerró el semanario de Sadr. El Ejército del Medí de Sadr (una milicia pobremente armada y entrenada) respondió con un levantamiento contra los invasores. El joven clérigo terminó suspendiendo el levantamiento justo antes de la llamada entrega de soberanía bushiana al gobierno interino iraquí en junio de 2004. A cambio de suspender la rebelión armada, hablar de apoyar al “nuevo” gobierno y anunciar que en lugar de combatir a los yanquis, se postularía en las elecciones de 2005 tal como ellos querían, Estados Unidos dijo que abandonaría su declarada intención de “matarlo o capturarlo”.

A diferencia de lo que esperaban los invasores, Sadr no disolvió el Ejército del Medí. Y rechazó una invitación a participar en la venidera conferencia nacional que se suponía iba a nombrar una asamblea de Consejo Nacional en tanto pseudoparlamento para maquillar al gobierno designado por el dictador ungido por Estados Unidos Allawi, a quien de rutina hasta la prensa occidental convencional describe como un “matón”. Se supone que el Consejo supervise los nombramientos del gabinete y presupuesto del gobierno interino, pero no puede aprobar leyes, o sea, no puede tocar las leyes elaboradas por Estados Unidos antes de la “entrega de soberanía”. Es fácil comprender por qué Sadr no quería tener relación con esa reunión.

Estallaron combates el 4 de agosto cuando los infantes de Marina yanquis violaron el acuerdo con Sadr y entraron a la “zona de exclusión” que se habían acordado en Najaf, donde han permanecido los milicianos de Sadr, principalmente provenientes de Bagdad, desde el cese al fuego de junio. No informaron ni menos consultaron al gobierno iraquí “soberano”. Parece que fue una provocación deliberada, para decirle a Sadr: depongan las armas y tendrán que usarlas. Al día siguiente, los yanquis intentaron llegar a la casa de Sadr en Najaf, bajo el pretexto de que los milicianos habían atacado a un cuartel de la policía. Estallaron combates en gran escala entre la milicia y los invasores en Najaf, Basora y otras ciudades de la zona británica del sur.

El gobierno de Allawi respondió de manera belicosa a los llamados de Sadr a restaurar la tregua de dos meses: “No vamos a negociar. Vamos a combatir a estas milicias. Tenemos suficiente fuerza como para pararlas”. El ministro del Interior tachó de “combatientes extranjeros” a los milicianos y dijo que “los expulsaría del país”.

El 6 de agosto, según sus ayudantes, Sistani fue a Londres para someterse a un tratamiento cardíaco. Pero es obvio que hizo el viaje por razones políticas, no médicas.

Pese a las fanfarronadas del gobierno de Allawi, solamente las fuerzas yanquis avanzaban contra el Ejército del Medí. En la semana siguiente, los infantes de Marina descubrieron que lo que esperaban que fuera una acción rápida y decisiva, se empantanaba en un empate. Un oficial le dijo al New York Times que no se habían preparado lo suficiente para el combate y necesitaban un nuevo plan. Estallaron grandes manifestaciones de apoyo a Sadr en Basora y otras ciudades, como Bagdad y las zonas sunitas al norte.

Posiblemente la negativa de Sadr a participar en la conferencia nacional hizo que los yanquis decidieran atacarlo. En los hechos, la conferencia causó mucha vergüenza para los invasores y sus lacayos. En el cacareado “ejercicio de democracia”, los mil 200 delegados se encontraron sin ningún poder en absoluto, aunque el gobierno iraquí nombrado por Estados Unidos los hubiera escogido. El proceso de nombramiento de los cien integrantes del nuevo Consejo se llevó a cabo tras bambalinas sin ninguna votación. Fueron de puro adorno las urnas que colocaron en el salón para beneficio de la esperada cobertura televisada internacional.

Para cuando se inició la conferencia el 16 de agosto, los ojos del mundo estaban puestos en Najaf porque Estados Unidos no había podido derrotar a Sadr. Miles de personas de otras ciudades respondieron al llamamiento a acudir a proteger la mezquita de Alí, como combatientes o como testigos no armados. Muchos delegados decían que era suicidio político apoyar sumisamente el ataque yanqui a la ciudad santa y a la mezquita que los milicianos de Sadr habían tomado. “Mientras que sigan los bombardeos aéreos, no podemos celebrar la conferencia”, gritó airado un delegado ante aplausos. Si no pudieran hacer nada en la conferencia respecto a Najaf, decían algunos delegados, nadie la tomaría en cuenta. “La conferencia daba tumbos peligrosamente hacia el fracaso”, informó el New York Times. En una de sus primeras acciones, la asamblea mandó una delegación para pedirle a Sadr que se reuniera con ellos. Se negó siquiera reunirse con la delegación. En tal momento, parece que a Estados Unidos le cayó el veinte de que derrotar a Sadr podría resultar contraproducente. En las semanas siguientes, continuaron las negociaciones y los combates.

Cuando los milicianos combatieron con más eficiencia y disciplina que en abril, los periodistas se sorprendieron. La primera avanzada de infantes de Marina yanquis al amparo del fuego de artillería y aéreo fracasó porque los milicianos adoptaron la táctica de esconderse en los escombros durante los ataques y esperar hasta que pudieran volarle la tapa de los sesos a los yanquis a una corta distancia. Es más, Estados Unidos optó por no usar las bombas grandes pues podrían dañar la mezquita.

Cuando los infantes de Marina, organizados al amparo de bombardeos aéreos integrados con infantería ligera, fracasaron, los reemplazaron refuerzos del ejército con docenas de tanques y vehículos de combate Bradley. Con esa potencia de fuego, Estados Unidos pudo reanudar la ofensiva.

Allawi ordenó que los reporteros independientes abandonaran a Najaf, una ominosa señal de las intenciones yanquis, aunque a la larga tales órdenes no calaron. Al menos un oficial no dudó en explicar a los corresponsales que permanecieron (o sea aquellos “encamados” en las unidades militares yanquis que dependían de la información oficial) el papel central de los francotiradores: tenían “la misión de aniquilar al Ejército del Medí hombre por hombre” matando no sólo a los combatientes sino a los demás que se encontraban en las calles del centro histórico a quienes pudieran tener en sus miras y hasta a mulas y burros, a fin de parar las entregas de alimentos y provisiones a los milicianos y la llegada de nuevos combatientes y otros partidarios, armados o no armados. Si bien no lo mencionó, el objetivo era impedir que las masas llevaran inteligencia sobre los movimientos yanquis a los milicianos.

Por último, Sistani volvió al país de manera tan repentina e inesperada con que había salido. Un militar yanqui le dijo el New York Times: “Muchos pensábamos que Sistani había salido del país para que nosotros tuviéramos chance de arreglar la situación. Ahora, vuelve para ayudarnos a hallar una solución, posiblemente pacífica. Pero de fondo, quiere ayudarnos a disolver al Ejército del Medí”.

El acuerdo rápidamente alcanzado estipuló que los milicianos de Sadr se retiraran de la mezquita y la entregaran a la autoridad de Sistani y entregaran sus armas y que los norteamericanos se retiraran de Najaf y Kufa. Sadr y los milicianos recibirían una amnistía. Tal fue lo que buscaba Sadr desde el principio: el objetivo de tomar la mezquita fue salvar a él y su ejército de la despiadada ofensiva de los invasores y demostrar una fuerza política que no podían ignorar. Así que ¿por qué eran necesarios los oficios de Sistani para amarrar el acuerdo? Primero, le convenía mucho a Sadr dar la apariencia de hacerle venías a su superior en la jerarquía religiosa y no a Estados Unidos ni a sus peleles. Segundo, de suma importancia es que Sistani llamó a que los peregrinos de todo el país acudieran a Najaf y entraran a la mezquita (un llamamiento acogido por Sadr) y a que los milicianos salieran acompañados de ellos. Así los milicianos de Sadr tendrían más probabilidades de salir con vida y no ser detenidos. Muchos corresponsales en el terreno señalaron que era posible que Estados Unidos quisiera detener, degradar, disolver, encarcelar o balear a sangre fría a los milicianos mientras que salían de la mezquita.

¿Por qué Estados Unidos aceptó el acuerdo? Si tarde o temprano Estados Unidos no lograra formar un gobierno estable, la ocupación podría fracasar. Puede que a Estados Unidos no le agrade Sadr y es obvio que no confía en él, pero es necesario actuar en el contexto de las demás opciones, que no son buenas. No pudieron derrotar a Sadr sin destruir la mezquita, el lugar más sagrado de los chiítas y un símbolo muy poderoso de todos los musulmanes. Y si el propio Sistani no lograra parar esa debacle, acabaría en el descrédito, lo que podría haber constituido un golpe de gracia al plan yanqui de estabilizar el gobierno y, sobre todo, de usar el peso de los clérigos y del sentir religioso de la población en beneficio propio.

El sitio ha puesto al desnudo una grave debilidad estratégica del bando yanqui.

Un corresponsal del New York Times dijo que la batalla representó un golpe a la doctrina de Rumsfeld de combinar ataques aéreos y una pequeña cantidad de soldados, en lugar de las fuerzas terrestres convencionales (una masiva infantería y pesados blindados). (Un oficial describió la segunda estrategia como “en el combate con una mosca, usar un bate de béisbol”.) Si bien es acertada la observación, el corresponsal no se preguntó qué estaba en juego en la rivalidad tradicional entre el ejército y la infantería de Marina yanquis y las doctrinas militares en contienda. Hoy, Estados Unidos no tiene suficientes recursos, sobre todo, soldados, como para librar esta clase de campaña en varios lugares al mismo tiempo, incluso en Irak, ni en varios países al mismo tiempo.

La doctrina de Rumsfeld se propone abordar un problema concreto: ¿cómo es posible que un país dé pasos para dominar al mundo entero y hacerlo a lo barato, o sea, sin militarizar toda la sociedad y economía? Por otro lado, cuesta ver cómo Estados Unidos puede revertir la situación en deterioro en Irak sin enormes inyecciones de nuevos soldados y otros pertrechos que, al menos por ahora, no tiene. Mientras que se está viniendo abajo el plan yanqui de organizar una nueva coalición gobernante neocolonial de generales baazistas, clérigos chiítas y líderes de clanes kurdos, es más clara que nunca su necesidad de meter más soldados y armamento.

Y los combates en Najaf señalan claramente las debilidades potencialmente fatales de la línea militar de Sadr, las cuales se basa en el objetivo político de conquistar más espacio político en el marco político de la ocupación.

Parece que el objetivo inmediato de Sadr es obligar a los invasores a dejar sus planes de matarlo o capturarlo y destruir su ejército. Se apoderó de la mezquita en lugar de atacar directamente a los soldados invasores porque contaba con su renuencia a pagar el precio político por destruirla. Pero, según la doctrina militar, apoderarse y controlar el edificio no es tan diferente que sus anteriores manifestaciones armadas contra Estados Unidos. Cuando dejó a los milicianos en una posición estática y por eso pasiva, se les quitó la capacidad de librar la clase de guerra de guerrillas en constante movimiento que hubiera impedido que Estados Unidos tuviera blancos fáciles para su potencia de fuego superior. Durante toda la batalla, en los cruentos combates que empezaron entre las tumbas del enorme cementerio al norte del centro histórico y que se trasladaron a los angostos callejones del sur del centro histórico y al final a las entradas de la propia mezquita, los milicianos de Sadr casi siempre libraron batallas defensivas desde posiciones fijas.

Combatieron con valor y a veces cuerpo a cuerpo. Un combatiente luchaba con un soldado invasor del doble de su tamaño que lo había arrinconado en el sótano de un edificio hasta que una granada se detonara y matara al iraquí; el yanqui se salvó por su armadura corporal. Otro combatiente saltó a un tanque yanqui en el cementerio, mató a dos solados y se esfumó. De otro lado, en general los norteamericanos lograron evitar los tan temidos combates de casa en casa, incluso en el centro histórico, donde sus mayores dificultades se han debido a los estrechos callejones fácilmente sembrados de minas y a los disparos de los milicianos desde las azoteas de altos edificios.

Debido a las tácticas militares que dictaban el objetivo de controlar la mezquita, los milicianos de Sadr cedieron la ventaja más valiosa que los guerrilleros y cualquier ejército tienen en el combate: la iniciativa. En lugar de luchar por dividir al enemigo, concentrar temporalmente grandes fuerzas guerrilleras contra unidades enemigas aisladas, evitar batallas en que el enemigo puede concentrar fuerzas y usar el factor sorpresa tan necesario si un ejército más débil quiere generar incertidumbre en un ejército más fuerte, los milicianos de Sadr libraron precisamente la clase de batalla que Estados Unidos quería. Por lo tanto, Estados Unidos pudo desplegar muchos tanques y blindados y en general usar en los combates sus recursos superiores.

La posición maoísta es apoyar de todo corazón a la resistencia iraquí y a la vez no ignorar que todas las principales fuerzas políticas organizadas (o al menos todas aquellas que se conocen en el exterior) en Najaf, Falluja y otras partes tienen fuertes deficiencias. En el frente ideológico, Sadr no es ni peor ni mejor que muchas otras fuerzas participantes en la resistencia, pero le ha fascinado controlar lugares simbólicos que sus milicianos no han podido defender por falta de experiencia y fuerza. La experiencia maoísta de la guerra popular prolongada ilustra el potencial poder de combatir al máximo a partir de objetivos audaces pero realistas, apuntando a construir paso a paso la fuerza popular y a la larga incluso derrotar completamente a un enemigo muy poderoso en una guerra que dure el tiempo que sea necesario. Independientemente de las intenciones de Sadr, sin esta perspectiva sólo puede obtener ceses al fuego y compromisos políticos temporales con los invasores y jamás dirigir a las masas a romper el control invasor, aunque quisiera hacerlo.

Un adulador dijo que Sadr “jugó al juego en que ambos bandos participaban en una acción potencialmente suicida mutuamente acordada con el propósito de ver quién se acobardara primero” y ganó. A veces tiene cierta verdad decir que Estados Unidos “se acobardó”, por ejemplo cuando sus intereses globales le impiden poner en juego su máximo poderío militar en una situación determinada. Pero debido a las consecuencias que rendirse en Irak traería para su capacidad de controlar su actual imperio mundial y, aún más, debido a que se supone que la ocupación de Irak iba a ser un importante escalón hacia una dominación global sin precedente, a menos que se dé una derrota militar aplastante a Estados Unidos, es poco probable que “se acobarde” en el sentido más amplio y deje a Irak a los iraquíes en las actuales circunstancias mundiales. Puede que Sadr haya ganado esta ronda pero está por ver lo que le depara: lo que le pasará a él y a sus milicianos y a quiénes acabarán sirviendo, si es que salen vivos.