Boletín N° 73 - 5 de julio de 2004
  Moqtada Al-Sadr: ¿Amigo y enemigo de Estados Unidos en Irak?

En las últimas semanas, el clérigo joven iraquí Moqtada Sadr dio un brusco viraje. Dirigió una rebelión de dos meses contra las fuerzas invasoras yanquis en Najaf; de esta ciudad sagardada envió sus milicianos a casa y luego declaró un cese al fuego unilateral con Estados Unidos en el pueblo joven Ciudad Sadr, Bagdad, su principal base política; en los días antes de la entrega de “soberanía”, ofreció un apoyo condicional al gobierno nombrado por Estados Unidos a que antes había tachado de títere de Washington. En lugar de una resistencia armada, dijo que participaría en las elecciones de enero de 2005 organizadas por Estados Unidos y por el gobierno nombrado por él.

Estados Unidos respondió con gestos conciliatorios similares. En abril, el comandante Ricardo Sánchez dijo: “La misión de nuestras fuerzas es matar o capturar a Moqtada Sadr”. El 28 de junio, el ayudante de Sánchez, Mark Kimmitt, dijo que habían cambiado de idea: “Cuando podamos resolver las diferencias de manera pacífica y no con la fuerza de las armas, eso es un éxito”.

Sadr y el nuevo primer ministro nombrado por Estados Unidos, Iyad Allawi, están negociando un acuerdo definitivo. Allawi ofreció una amnistía si el grupo de Sadr entregara sus fusiles de una vez para siempre. Sadr dio una respuesta de doble faz: “Juramos al pueblo iraquí y al mundo seguir resistiendo la ocupación hasta la última gota de sangre”; agregó que a su parecer, el que el gobierno de Allawi le permita participar en las elecciones o no demostrará si es independiente de Estados Unidos o no. Como Sadr es uno de los muy poquísimos candidatos potenciales con apoyo popular, confía en que su elección le dará el papel central en el nuevo gobierno que hasta ahora le han negado. Pero, ¿cómo es posible que su participación en las elecciones o hasta la celebración de elecciones en sí cambie el hecho de que este gobierno neocolonial depende en lo político y lo económico de Estados Unidos, que responde a los caprichos yanquis, que el pueblo desprecia y que se mantiene con bayonetas yanquis? ¿Cómo pudo llegar este “clérigo rebelde” que intentaba presentarse como paladín de la resistencia antiyanqui a ser candidato de un sector de los títeres yanquis?

Moqtada Sadr, de 30 años, es el hijo menor de Muhammad Sadiq Sadr, renombrado clérigo chiíta asesinado en 1999, según se dice por agentes de Saddam Hussein. Se sumó a la resistencia cuando los invasores no lo tomaron en cuenta como figura importante ni lo nombraron al gobierno interino, el “Consejo de Gobierno Iraquí”. Estados Unidos ya había nombrado a otras fuerzas islámicas y no a Sadr. Éste comenzó a contender con otros líderes chiítas a la vez que daba señales de una disposición de establecer relaciones con los invasores y otras fuerzas reaccionarias.

Tras la entrada de los invasores a Bagdad en abril de 2003, los seguidores de Sadr comenzaron a patrullar las calles del barrio chiíta pobre antes llamado Ciudad Saddam. Lo rebautizaron Ciudad Sadr, a nombre del padre. Dos días después de la caída de Bagdad, las autoridades acusaron a gente cercana a Moqtada Sadr de haber asesinado a Abdul Majad al-Khoei, un líder chiíta que apoyaba la invasión y que desde el exilio había trabajado para los gobiernos británico y estadounidense.

En junio de 2003, Sadr formó la milicia Ejército Medí (el Medí es el líder político y religioso mítico que los fieles chiítas creen que surja un día) y puso en circulación el semanario al-Hawza. Pese la pequeña circulación del mismo, sus fuertes críticas al administrador Paul Bremmer encabronaron a los yanquis; Bremmer mandó cerrarlo en marzo de 2004. Se agriaban tanto las relaciones entre Sadr y Estados Unidos que Bremmer emitió un orden de detención contra Sadr casi un año después del homicidio de Khoei. Como Sadr y Estados Unidos ahora han llegado a un acuerdo, se ha suspendido la orden: no la van a aplicar ni anular. Si Sadr recibe amnistía, se librará de la amenaza yanqui.

El modelo político de Sadr para Irak es la República Islámica de Irán formada en 1979. Su programa llama a establecer un gobierno religioso chiíta, sobre todo en las ciudades sagradas chiítas iraquíes como Najaf y Kerbala y en gran medida a nivel nacional. Por ejemplo, sus encendidos sermones llaman a aplicar la ley islámica, como obligar a las mujeres a ponerse el velo. Y lanza mucha retórica antiestadounidense que, pese a su virulencia y a que le ha permitido conservar el apoyo heredado de su padre, ha sido ambigua. Como busca principalmente formar un gobierno religioso y no expulsar a los invasores, siempre ha admitido la posibilidad de una especie de compromiso con Estados Unidos.

Su posición ecléctica y fundamentalmente claudicador hacia Estados Unidos es manifiesta en la estrategia militar que se llevó a cabo bajo su dirección durante los dos meses de combates entre su milicia y Estados Unidos.

Mientras Estados Unidos estaba atascado en los combates en Faluja, Sadr dirigió la toma de mezquitas y otros lugares en Najaf y otras ciudades sagradas chiítas vecinas y exigió que los soldados estadounidenses se retiraran.

La manera de combatir de un ejército la determinan sus metas. La estrategia militar maoísta de guerra popular la guían los objetivos políticos revolucionarios de los maoístas; la manera de combatir de Sadr la determina su política no revolucionaria. No busca trabar combate, debilitar ni expulsar a los invasores. En Najaf, presionaron a los invasores pero no buscaron derrotarlos.

Aparte de los elementos básicos de estrategia militar (como la importancia de comprender que la guerra será muy prolongada mientras el pueblo vaya acumulando fuerzas y debilitando al enemigo), hasta en un sentido táctico los combates callejeros directos entre una multitud armada y tanques y sobre todo la toma y control de edificios no son formas en que unas fuerzas débiles pueden vencer a unas fuerzas armadas como las estadounidenses. Estados Unidos prefiere situaciones de este tipo, porque puede ejercer sus enormes ventajas propias (sobre todo su tecnología y potencia de fuego superiores) y masacrar a grandes cantidades de personas con pocas bajas propias.

En contraste con el Ejército Mehdi, los combatientes en Faluja, pese a sus deficiencias políticas y a las deficiencias militares provenientes de éstas, con pequeñas unidades móviles han hecho ciertos avances asestando golpes y esfumándose. Así han aprovechado sus propios puntos fuertes, sobre todo el apoyo político, logístico y de inteligencia de las masas y han logrado que los invasores entren a situaciones en que no puedan ejercer sus propias ventajas. Por ejemplo, las ruinas creadas por la artillería y helicópteros artillados yanquis en la ciudad forman un terreno en que no pueden desplazarse rápidamente las fuerzas mecanizadas (tanques y blindados) y en que es posible cercar y/o emboscar a las patrullas yanquis sin que lleguen refuerzos. O sea, los combatientes de Faluja han asestado golpes a los invasores sin dejarles un blanco grande. Estados Unidos ha respondido con una bárbara brutalidad contra todos los habitantes de la ciudad, lo que ha prendido más resistencia.

Cuando los milicianos de Sadr desfilaron por las calles de Najaf, no se estaban preparando para una batalla hasta el fin, ni siquiera en un sentido táctico limitado. En el combate a un enemigo superior, las fuerzas de una resistencia consecuente nunca exponen sus fuerzas ni muestran su fuerza a fin de apantallar a sus contrincantes. Se esconden, lanzan emboscadas y ataques de sorpresa, buscan granjearse el apoyo de las masas y, con una línea revolucionaria, van ganándose el apoyo de las masas y libran una guerra justa. De otro lado, desde el comienzo los invasores yanquis masacraron a cientos de los milicianos de Sadr. Pronto, Sadr tuvo que batirse en retirada y los invasores entraron a las ciudades sagradas chiítas, cosa que no se atrevieron a hacer al comienzo. Se manifestó un fuerte contraste entre las escenas de los tanques en las calles de Najaf y la renuencia yanqui de mandar fuerzas terrestres a patrullar los escombros del centro de Faluja.

Pese a su brutalidad contra la rebelión de Sadr, Estados Unidos entendió el mensaje de compromiso del mismo, si bien quería negociar desde una posición de mayor fuerza. Al comienzo, Sadr decía que sus milicianos no se rendirían hasta que Estados Unidos se retirara de esas ciudades y prometiera no volver. Se declaró una tregua y se retiraron los invasores. A fin de junio los invasores volvieron a Najaf, dizque para “elevar la moral” de los policías títeres y entregar más armas, aunque en verdad buscaban dar el mensaje de que de nuevo estaban al mando, mensaje que les urgía dar en la situación del momento. Para salvarse las apariencias, Sadr no podía sino aceptar las justificaciones yanquis por la violación de la tregua, pues no estaba en posición de hacer nada al respecto. Como en lo básico ya se había rendido, no pudo volver a encender la rebelión armada. Y ahora está ante un problema similar pues los invasores y sus peleles están exigiendo que los seguidores Sadr entreguen sus fusiles de una vez para siempre y abandonen la “carta armada” que pudieran barajar en el futuro.

La estrategia militar de Sadr tiene una fuerte relación con su ideología y política. Su fundamentalismo es la misma variedad que subió al Poder en Irán cuando la revolución de 1979 tumbó al Cha, un lacayo yanqui. Si bien el gobierno de Jomeini no era su solución preferida en Irán, Estados Unidos lo consideró mucho más aceptable que continuara la situación revolucionaria. Existe una situación similar en el caso de Sadr, que no es el político iraquí favorito de Estados Unidos pero podría ser mucho más útil que sus rivales mucho más abiertamente lacayos y con mucho menos apoyo popular.

En lugar de arrancar de raíz la sociedad opresora que representaba el Cha (la dominación extranjera y las relaciones sociales atrasadas que hacían posible esa dominación), los mullahs iraníes establecieron una dictadura religiosa. Impusieron las reglas más atrasadas y bárbaras sobre la población, sobre todo las mujeres. Masacraron a decenas de miles de comunistas y otros revolucionarios, miles de kurdos y miembros de otras minorías nacionales e hicieron de la vida un infierno para la mayoría de las personas para quienes la religión era un asunto personal. El gobierno mantuvo buenas relaciones con los países imperialistas. Estados Unidos, otras grandes potencias e Israel le suministraron armamento y municiones con que reprimir a los revolucionarios. (Este hecho salió a la luz durante el escándalo Irán-Contragate de la administración Reagan.) Pero el gobierno iraní jamás abandonó sus consignas antiestadounidenses y antioccidentales y traficó con el sentir antiimperialista de la población.

Sadr captó bien la esencia de esa lección. Se dice que después de la invasión, hizo repetidas visitas a Irán y se reunió con altos funcionarios en Teherán. Y se dice que Irán financió la milicia de Sadr y que los representantes de Sadr se reúnen constantemente con altos funcionarios iraníes, como Kameini y Rafsanjani y comandantes militares como Safavi y Zulqadr. Rafsanjani, el principal ideólogo del gobierno iraní, apoyó públicamente a Sadr. Durante la rebelión de Sadr, Rafsanjani dijo que Sadr y su grupo representaban la única “lucha” auténtica en Irak y que las demás fuerzas antiestadounidenses eran “terroristas”, que constituyó una declaración muy desdeñable, pues en esos momentos la resistencia de los habitantes de la ciudad de Faluja, en su mayoría sunitas, estaba en un punto álgido y miles de jóvenes sunitas y chiítas de todo Irak se le estaban uniendo o apoyando a la férrea resistencia de la población contra los invasores.

Irán mantiene buenas relaciones con todos los grupos chiítas reaccionarios, como el “moderado” ayatola Sistani (en los hechos, proestadounidense) y Hezb al-Dawa. (La dirección de Hezb al-Dawa estaba en Irán más de 20 años y su líder, el ayatola Hakim, fue asesinado en 2003.) Para conservar su influencia en Irak, Irán no puede darse el lujo de apoyar a solamente una facción y por tanto apoya tanto a Sistani y Hezb al-Dawa como a Sadr. Contar con tal influencia es muy importante para el gobierno iraní, que espera utilizarla en sus futuras negociaciones con el imperialismo yanqui a fin de salvarse su propio pescuezo.

Puede que por la afinidad de Sadr con el gobierno iraní Estados Unidos estuviera renuente a nombrarlo al comienzo al consejo interino títere, pues no quería que aumentara la influencia de Irán en Irak, sobre todo al principio cuando parecía que Irán iba a ser el siguiente blanco de una invasión yanqui. La rendición política y militar de Sadr a Estados Unidos se dio en un momento en que el gobierno iraní hacía gestos muy conciliadores hacia Estados Unidos. Mientras Sadr daba señales de querer unirse al bando títere de los yanquis, un vocero del Ministerio de Relaciones Exteriores iraní alabó la “entrega” de la soberanía, diciendo que “se espera que el gobierno interino allane el camino para la restauración de plena soberanía, el fin de la ocupación y unas elecciones generales libres y oportunas”, un eco de la propaganda yanqui.

Lo importante no es la relación precisa entre Irán y el grupo de Sadr sino la unidad entre sus políticas e ideologías y lo que han hecho para embaucar a las masas para que los apoyen y las concesiones más desdeñables que han hecho a los reaccionarios y el imperialismo.

Algunas personas se han confundido porque la mayor parte del apoyo a Sadr proviene de los sectores pobres chiítas. Eso no quiere decir que él represente sus intereses. Históricamente, en muchos países islámicos los clérigos han estado vinculados al sistema económico dominante y al aparato político que la representa. Por eso han gozado de privilegios especiales que los cambios políticos y económicos en la región han socavado. Aunque los colonizadores y sus sucesores siempre han basado su control de estos países en alianzas con las fuerzas reaccionarias (las autoridades feudales, religiosas y tribales), han creado algunas contradicciones el desarrollo del capitalismo bajo la dominación imperialista y la necesidad objetiva de mayores cambios sociales para que prosperen los capitales extranjeros.

En Irak, el ascenso de Jomeini y del gobierno chiíta de Irán y sus estrechas relaciones con los chiítas iraquíes alarmaron a Saddam Hussein. Tras el golpe de Estado de 1958 contra el rey impuesto por Inglaterra, las autoridades restringieron mucho al clero. La guerra entre Irán e Irak de los años 1980 empeoró más las relaciones ya malas entre el gobierno y los líderes religiosos chiítas. Saddam favorecía su propio estilo de laicidad. Comenzó a restringir los privilegios del clero chiíta en un tiempo en que el ascenso de Jomeini en Irán los hacía desear más. El clero chiíta en Irak en general, incluido el padre de Sadr, nunca luchó por un cambio radical en Irak. Como muchos pobres de lugares como Ciudad Sadr provienen del campo donde la cultura religiosa tiene un fuerte peso, no es de sorprenderse que las ideas retrógradas asociadas con el fundamentalismo islámico tengan tanta influencia entre su seno, sobre todo cuando se combine con la retórica y acciones antiestadounidenses y antiestablecimiento. Que Sadr se haya cobrado influencia se debe en gran parte a que no ha habido ninguna contrainfluencia revolucionaria fuerte. En el pasado, muchos comunistas iraquíes provenían de las mismas capas sociales en que se apoya Sadr.

El grupo de Sadr puede perjudicar la lucha del pueblo debido a su ideología y a la política que fundamenta. Incluso en el senido básico, sólo puede dividir a las masas y no unirlas contra los invasores, tal como se ve en las contradicciones entre los sunitas y los chiítas de Irak. Para colocar la región bajo su control, Inglaterra usó a los gobernantes basados en los sunitas contra la mayoría chiíta y Saddam continuó tal política. Hoy, Estados Unidos finge ser amigo de los chiítas trabajando con algunos ayatolas chiítas como Sistani, Khoei y Hakim, lo que sólo ha traído más represión a los miembros de todos los grupos religiosos. La ideología y la política de Sadr van de la mano con las labores de Estados Unidos para agravar y traficar con las diferencias entre los sunitas y los chiítas y entre los árabes y los kurdos, que han sido un blanco especial de los reaccionarios vómitos de Sadr. El afán de Sadr de obtener privilegios para los chiítas (de hecho, principalmente para las autoridades reaccionarias chiítas) prolongará el juego de “dividir para conquistar” que los colonizadores y los neocolonizadores han venido jugando en la región y en el mundo desde hace más de un siglo.

Y, como sabemos, su posición no puede unir a las mujeres y los hombres eliminando los privilegios de los hombres y la opresión de las mujeres que los invasores quieren perpetuar y que en los hechos representan. (¿Existen pruebas más contundentes de las bases comunes entre el fundamentalismo islámico y el imperialismo cristiano que la manera en que los soldados yanquis trataron a los presos iraquíes en Abu Ghraib, donde la máxima degradación que pudieron inventar para someter a un hombre era reducirlo a la condición de mujer?)

En cuanto al imperialismo yanqui, buscará incluir a Sadr en su plan y a la vez buscará contenerlo. Ha trabajado duro por formar una coalición gobernante que represente las viejas clases dominantes sin Saddam y leal a sus intereses. Como Sadr anunció su intención de postularse en las elecciones de 2005, ahora es candidato a un puesto de peso en la coalición. Puede que se deba verlo como una especie de candidato de reserva para Estados Unidos en caso de que la coalición que está intentando formar ahora se venga abajo. Puede que Estados Unidos esté renuente a aceptar a Sadr porque no quiere que los mullahs iraníes ganen más peso en el gobierno títere, pero la deserción instantánea de la mayoría de los soldados y policías del “nuevo Irak” que mandó combatir contra el Ejército Mehdi muestra las pocas opciones con que cuenta.