Boletín N° 65 - 10 de mayo de 2004
  Irak: Tortura es la esencia del imperio.

Las fotos que muestran a los soldados yanquis torturando a los presos iraquíes nos enseñan muchas cosas, pero lo que es más importante poner al desnudo es que la aplicación sistemática de tortura por los gobiernos británico y yanqui parte de la naturaleza de la propia guerra.

Jamás era secreto que el gobierno yanqui planeaba usar la tortura como le daba la gana. Decía sin pelos en la lengua que se consideraba por encima de la Convención de Ginebra y que no permitiría al Tribunal Penal Internacional de La Haya procesar a ciudadanos estadounidenses por crímenes de guerra ni crímenes de lesa humanidad. Desde el principio, decía que los seres humanos no tienen derechos a que está obligado a respetar. ¿Debemos sorprendernos cuando de repente aparezcan fotos que confirman lo que dice?

La humillación sexual es parte de un plan general que abarca la violación de hombres y mujeres, golpizas y violaciones de niños de 12 años, balacear a presos desde las torres de vigilancia, y patearlos y golpearlos hasta matarlos.

En un informe que envió el gobierno yanqui en febrero y que hace poco divulgó, la Cruz Roja dijo: “Subrayamos que por nuestra investigación, no podemos decir que la situación de Abu Graib se trata de actos aislados de integrantes individuales de las fuerzas de la coalición. Lo que describimos representa un patrón, un sistema muy amplio… Ciertamente, las fotos de presos torturados son chocantes, pero los informes que entregamos son aún peores”.

Este sistema de tortura tiene un objetivo doble. Uno, obtener inteligencia militar con que encontrar y asesinar a los combatientes de la resistencia. No es cierto que toda guerra requiera de la tortura, como sostienen los cínicos y algunos pacifistas. Como dijo Mao, una de las mayores ventajas de los ejércitos revolucionarios es que las masas les dan valiosa información. Por su objetivo de emancipar a las masas, tienen que apoyarse en las mismas. Y no pueden apoyarse en ninguna otra fuente y, si trataran a la población de la manera en que lo hacen los reaccionarios, estarían condenados a un fin ignominioso. Los ejércitos reaccionarios no tienen ningún método para obtener información y cooperación de las masas (quienes en general los odian) salvo mediante la intimidación y la tortura.

Ante el desarrollo de la resistencia iraquí, los ocupantes sistematizaron la tortura y deliberadamente incrementaron su alcance, arrestando a personas sindicadas de ser combatientes así como personas detenidas en rastrillajes masivos y retenes en las carreteras.

El general de división Geoffrey Miller, comandante del campamento penal en Guantánamo, fue a Irak por primera vez en agosto con el propósito de “guantanamizar la operación de detenciones” y hacer que los interrogatorios fueran “más eficaces y más eficientes”. Hace poco, lo nombraron para administrar las operaciones de detenciones e interrogatorios en Irak. Como resultado de su visita, se triplicó la población carcelaria y se sistematizó el sadismo que hoy el gobierno yanqui dice es culpa de unos cuantos soldados rasos.

Miller dijo que los carceleros debían “preparar a los presos para los interrogatorios”. Un carcelero lo explicó en un correo electrónico mientras sonreía detrás de una pirámide de presos desnudos: “El trabajo de la policía militar es hacerles pasar por el infierno para que se sientan dispuestos a hablar”. El Manual de entrenamiento acerca de la explotación de recursos humanos publicado por las fuerzas armadas yanquis en 1983, una vez secreto, describe las técnicas. Los agentes de la CIA e inteligencia militar les decían a los carceleros: “Buen trabajo. Ya se están quebrando muy rápidamente y responden a cada pregunta. Están dando buena información”. El propio Rumsfeld fue al penal Abu Graib en septiembre de 2003 y, al parecer, le gustaba lo que vio.

El segundo objetivo de la tortura, que ni siquiera admiten quienes sostienen que es un “mal necesario”, es sembrar terror en la población, decirle que no debe oponer resistencia. Por ejemplo, realizaron tortura en lugares en que ni un solo gringo hablaba árabe ni buscaban “extraerles” información. Cuando les tomaron fotos a los presos, el objetivo no sólo era para humillar o para llevarse de recuerdo, sino para mostrar a otros presos. Y es probable que tuvieran la intención de mostrarlas a los familiares y vecinos de los presos y, aunque no lo mencionan para el consumo de los medios informativos en Yanquilandia, para aterrorizar y humillar a la población iraquí en general y decirles lo que les espera si no obedecen las órdenes de los invasores.

Según un vocero de Human Rights Watch, las fotos del penal son “una ventana hacia el fenómeno generalizado”. Lo que muestran va de la mano con todo lo que Estados Unidos ha hecho en Irak, de los bombardeos de ciudades al comienzo de la invasión, al actual sitio de Faluya, cerca de Abu Graib. Para vengarse la muerte de cuatro mercenarios yanquis y el “maltrato” de los cadáveres, prácticas que los soldados yanquis han venido realizando en una escala masiva en Abu Graib y otros campamentos de detención. Estados Unidos tiene sitiada a una ciudad entera y hasta ahora ha asesinado a muchos cientos de habitantes con francotiradores y bombardeos. La violencia de la opresión, sea con botas y garrotes, tanques y helicópteros, o aeronaves y proyectiles de alta tecnología, tiene un solo objetivo: someter a la población.

Los actos van de la mano con Guantánamo y otros campamentos de concentración yanquis en el mundo, como Afganistán, donde, según el relator sobre la tortura de la ONU, Théo van Bevon, la situación es peor de lo que se ha divulgado en el caso de Irak. Tal vez sea coincidencia que Seymour Hersh, el mismo periodista que durante la guerra de Vietnam informó por primera vez sobre la masacre de My Lai (una aldea a cuyos habitantes masacraron los soldados yanquis en 1968), también contribuyó a divulgar la verdad sobre el penal Abu Graib, si bien la práctica de los Estados Unidos en Vietnam no es distinta a lo que hace hoy en Irak.

Y van de la mano con las medidas que ha estando tomando el gobierno yanqui desde el 11 de septiembre de 2001 en el frente interno: so pretexto de “proteger la patria”, arrestó a 1.200 personas nacidas en otros países, las mantuvo en aislamiento un año sin cargos, abusó de ellas y torturó a algunas de ellas al igual que hace en Irak. El gobierno aún mantiene a dos hombres en penales militares pretextando que cualquiera que el presidente tache de “combatiente enemigo” no tiene derechos.

Estos crímenes son muy comunes en la sociedad estadounidense: en las cárceles y delegaciones de la policía en que encierran a los oprimidos, tal como vimos en otras fotos famosas: la golpiza que dio la policía a un hombre negro llamado Rodney King y la tortura con el palo de un destapador de inodoros a que sometió la policía neoyorquina al inmigrante haitiano Abner Louima. Las sonrisas de gusto en las caras de los soldados en las fotos de Abu Graib, algunos de los cuales son carceleros en la vida civil, son un recuerdo de las chusmas de linchamiento quienes torturaron y colgaron a afroamericanos y otras personas.

Las fotos de Abu Graib pertenecen a una galería casi infinita de crímenes que remontan a siglos en todo el mundo. Los crímenes son un elemento fundamental de la estructura socio-política que hace que Estados Unidos sea un país imperialista.

Los voceros de Bush y Blair y sus rivales políticos, y el grueso del orden político y económico de esos dos países, quieren poner distancia entre la guerra y la ocupación, y esas fotos. Dicen que se puede y se debe llevar a cabo la guerra por otros medios. Eso es imposible y muchos de ellos lo saben. Su punto de partida e interés concreto es cómo continuar la ocupación.

El quid del asunto no es que algunos soldados se hayan vuelto bestias o que las bestias responsables les hayan ordenado cometer esos actos. Los crímenes de esta guerra no comienzan ni terminan con la tortura, aunque la tortura es una expresión concentrada de los objetivos y naturaleza de la guerra: apoderarse de un país y decir que la población es infrahumana como parte de una ofensiva por la hegemonía sobre los países oprimidos y por esclavizar y deshumanizar a los pueblos del mundo.

El quid del asunto es la propia guerra. Pese a lo que se quiera (y a los encargados de la guerra no les importa), los medios “humanitarios” jamás pueden llevar a fines injustos. La propia guerra es injusta y todo lo que hacen los ocupantes lo refleja.

Hemos de darle la bienvenida a todo lo que debilite el control de estos asesinos, pero no puede cambiar la naturaleza de la guerra la dimisión o el reemplazo de nadie, ni secretarios, ministros, primeros ministros ni presidentes. Aunque algunos políticos hablan de “abusos”, en general apoyan el plan de mandar más soldados.

En septiembre de 2003, el Pentágono organizó una presentación de La batalla de Argel, una película antiimperialista de 1965 que denuncia los crímenes que cometieron los franceses en su guerra contra el movimiento de independencia argelina a fines de los años 1950 y comienzos de los 1960. El ejército francés llevó a cabo mucha tortura y masacres, lo que despertó diversas formas de oposición a la guerra en muchos franceses (entre ellos, muchos soldados). En una escena álgida, el general francés al mando en Argelia, en un papel basado en un personaje verídico, dice que es hipocresía denunciar esos métodos pues, sin ellos, Francia no tendrá esperanza alguna de ganar. Si quieres que Argelia siga siendo francesa, dice, tienes que aceptar la tortura.

En la película, es obvio que ocurre lo contrario: los métodos de los franceses contribuyeron a su propia derrota. No se informó qué aprendieron esos tipos del Pentágono. Aunque algunos cuantos creyeran que pudieran evitar los “errores” de los franceses, se equivocaron, pues los actos de la barbarie son una continuación deliberada e inevitable de objetivos de la barbarie. Parece que muchos militares vieron la película a fin de conocer las técnicas de los interrogadores franceses.

Ellos, al igual que en el caso de los imperialistas franceses, ni conciben la posibilidad de su propia derrota.

Cuanto más cometan tales crímenes, mayores serán el odio, oposición y potencial fuerza de los pueblos del mundo en su contra.