Boletín N° 62 - 12 de abril de 2004
  "Violencia revolucionaria se apodera de Irak"

En la primera quincena de abril en Falluja, la resistencia mantuvo a raya a tres batallones de infantes de Marina yanquis de modo que las autoridades tuvieran que pedir un cese al fuego y dejar de masacrar a los habitantes de la ciudad. Y los levantamientos encabezados por el clérigo chiíta Moqtada al-Sadr recorrieron buena parte del sur y centro del país y se tomaron Najaf, Kerbala y Kut. Los integrantes del títere Consejo de Gobierno, con el afán de distanciarse un poco de sus amos, buscaron negociar una especie de “solución política”.

El secretario de Defensa yanqui, Donald Rumsfeld, dijo de nuevo que la resistencia la conforman “matones, pandilleros y terroristas” y su patrón Bush tuvo que bajarle diciendo que es sólo una guerra santa contra una “ideología” ajena. Para muchos periodistas extranjeros en Irak, ni hablar de la gente políticamente consciente del mundo, fue obvia la tontería de tachar de “terrorista” a un levantamiento de una gran parte de la población del país, incluidos unos policías títeres contratados por los invasores. Incluso la agencia noticiosa estadounidense ultratradicionalista, Associated Press, sacó el titular: “Violencia revolucionaria se apodera de Irak”.

Hasta ahora, aunque la resistencia cuenta con amplia simpatía y apoyo, sólo una minoría relativamente pequeña de la población ha combatido activamente. Un gran sector de la población aún no se decide si la resistencia armada representa una alternativa viable a la humillación nacional y ocupación. Aunque los guerrilleros siguen en minoría (tal como en toda guerra), se ha cambiado radicalmente la polarización.

Si bien pocos guerrilleros emboscaron y mataron a los cuatro mercenarios en Falluja el 31 de marzo, muchos miles de personas respondieron con una enorme y rebosante alegría. Luego, los yanquis cercaron la ciudad de 300.000 habitantes en plan de hacer allanamientos de casa en casa. Querían arrestar a las personas que consideran muestran demasiada alegría ante las escenas televisas del incidente e imponer un castigo colectivo a toda esta ciudad que hoy es símbolo de la resistencia. Fracasaron y tal fracaso provoca una espiral de consecuencias.

Como le dijo una señora de Falluja a un reportero: “Cuando llegaron los norteamericanos, había solamente 50 guerrilleros. Para el fin de la semana, había miles”. Algunos guerrilleros son mujeres. Un profesionista de Falluja que trabaja para una ONG, tras ver que los francotiradores yanquis disparaban a propósito a los conductores de las ambulancias, dijo: “Llevo 47 años de tonto. Solía tener fe en la civilización norteamericana y europea”. No sólo refutaba a los cagatintas estadounidenses que dicen sobre la resistencia que “los terroristas son enemigos de la civilización”, sino que describía su propio proceso de cambiar de bando.

Los soldados yanquis querían entrar a balazos a Falluja en quizá tres ocasiones en cinco días, pero nunca lograron tomar más que una cuarta parte de la ciudad y nunca penetraron en el centro densamente poblado. Se encontraron en la clase de guerra de guerrillas urbana a que más temían cuando iniciaron la invasión. Un oficial del ejército jubilado dijo: “Cuando entramos a las ciudades, es la peor situación posible. Nos quita la mayoría de nuestras ventajas” (sobre todo, la superioridad tecnológica y armamento pesado).

Pero los ocupantes no tienen la intención de abandonar su propio terrorismo en su estrategia de “terrorismo contra terrorismo”, ni se refrenaron por su masacre de muchos civiles. Por la noche del 6 de abril, las aeronaves yanquis dispararon proyectiles y arrasaron cuatro casas en Falluja. De los 26 muertos, había 16 niños y ocho mujeres, según el jefe del hospital general. El 7, las aeronaves atacaron una mezquita durante las oraciones matutinas y dieron muerte a 40. Según un informe del hospital la semana siguiente, han muerto 600 personas, entre ellas 350 mujeres y niños. Es aún mayor la cantidad de heridos. Las autoridades dicen que han tenido 70 bajas y que han matado a 700 iraquíes.

Las líneas de abastecimiento de los invasores corren peligro y son blanco de cortes. La mayoría de los soldados yanquis muertos la semana pasada mordieron el polvo en ataques a convoyes de abastecimiento entre Falluja y Bagdad, en condiciones normales un viaje de media hora, y en el derribo de helicópteros portatropas y aeronaves de ataque. El 9 de abril en Al Ghraib en las afueras de Bagdad, la resistencia hizo papilla una serie de tanqueros y vehículos militares. En este mismo lugar durante la primera guerra del Golfo de 1991, un proyectil crucero dio en lo que los norteamericanos decían era una fábrica de armamento químico aunque en realidad era una fábrica de leche en polvo. Por los combates alrededor de Al Ghraib, los soldados yanquis tuvieron que dejar las torres de vigilancia de la enorme cárcel, ahora su mayor centro de detención.

Se dieron combates muy cruentos en un pueblo a mitad del camino entre Bagdad y Falluja. Se dice que la región de al-Anbar, al oeste de Falluja, con 1.2 habitantes, está bajo un control yanqui “limitado” y que arde una gran batalla en Ramadi. Se cortó el camino entre Bagdad y Amman, Jordania, la vía comercial terrestre más importante de Irak. Y se disputa el control militar yanqui de otras carreteras al norte y sur de Bagdad. Los soldados títeres abandonaron los retenes en la carretera; en algunos, dejaron fotos de Sadr.

Además de la inestabilidad en la mayor parte de la capital, que es la retaguardia de los soldados que están en otras partes (sobre todo por el aeropuerto y el cuartel general del mando yanqui), la pérdida de control es ahora un importante problema militar para la ocupación. “Es imprescindible que recuperemos el control de Bagdad y abramos las vías de comunicación hacia el sur, a Kuwait y al mar, o la posición será insostenible”, dijo Barry McCaffrey, un general durante la primera guerra del Golfo.

Aunque los Estados Unidos presenta el cese al fuego en Falluja como un gesto humanitario, tuvo que aceptarlo debido a sus propios problemas de abastecimiento. Desde entonces, no han amainado los ataques a las líneas de abastecimiento. Los ocupantes, aunque han suspendido la mayor parte de los bombardeos, aún usan a francotiradores para inmovilizar a grandes partes de la población e impedir la evacuación de los heridos. Los francotiradores matan las 24 horas del día. Los ocupantes permiten que algunas mujeres y niños crucen las barricadas que bloquean los caminos, si bien no los hombres en “edad militar”, lo que convierte a éstos en potenciales muertos para cuando los invasores digan que sólo quedan “blancos militares” en la ciudad y manden bombarderos y proyectiles para completar la masacre que sus soldados, helicópteros y tanques no han logrado hacer hasta ahora. Los infantes de Marina, entrenados como los más sanguinarios de los soldados yanquis, ya han recibido órdenes oficiales de matar a todo hombre y niño que salga de noche, tenga arma o no.

Los habitantes han tenido que enterrar los muertos en dos canchas de fútbol, porque los invasores ocupan el principal cementerio donde pisotean las tumbas al igual que hacen con los vivos.

El dramático cambio de la polarización de la población también se manifiesta en el levantamiento encabezado por Sadr. Al igual que en Falluja, donde al comienzo algunas personas tenían sentimientos mixtos sobre la invasión, uno de los principales centros de apoyo de Sadr está en los musulmanes chiítas del barrio pobre de Bagdad, Ciudad Sadr (por su padre, un clérigo muy venerado), en que los soldados yanquis se presentaron por primera vez como “libertadores”. El virrey invasor, Paul Bremer, cerró el semanario de Sadr por haber criticado a la ocupación, aunque la publicación no llamaba a derrocarla mediante la violencia. Se dice que un artículo enfureció a Bremer porque dice que éste “seguía el mismo camino que Saddam”. Luego, detuvieron a un ayudante de Sadr.

Sadr convocó a grandes manifestaciones contra la ocupación el 4 de abril. En Bagdad, helicópteros y tanques tirotearon a los chiítas en la plaza Firdos, donde hace un año los soldados yanquis tumbaron la estatua de Saddam en un montaje de “liberación”. Helicópteros artillados siguieron a los contingentes de manifestantes que regresaban a Ciudad Sadr y balearon al azar a casas, tiendas y multitudes. Luego, las multitudes encabezadas por el Ejército Mahdi de Sadr (una milicia armada antes tolerada) se apoderaron de los cuarteles policiales (y armas) en Ciudad Sadr. Llegaron mil soldados invasores para combatir a cientos de milicianos armados con armamento moderno y casero en el mayor tiroteo en la capital desde el comienzo de la invasión. Según las autoridades, “una chusma con muchas armas” emboscó a una patrulla estadounidense. Murieron ocho soldados yanquis y al menos 30 iraquíes. Durante la semana siguiente, parece que las fuerzas de Sadr en la capital esquivaban los choques con los invasores. Se dice que “se esfumaban” en la población general de Ciudad Sadr.

En Najaf, 15.000 manifestantes marcharon sobre el cuartel de los ocupantes españoles. Los soldados abrieron fuego y mataron a 20 e hirieron a 150, según la televisora Al Jazira. Después de cruentos combates, las fuerzas de Sadr se apoderaron de la ciudad; hicieron lo mismo en Kerbala y Kufa, ciudades en que la debilidad militar de los ocupantes es mayor, porque éstos prevían poca resistencia armada. Cuando el Ejército Mahdi se enfrentó a los ocupantes y los expulsó de las ciudades del centro y del sur, de repente se encontraron con mucha más gente muy dispuesta a combatir en la resistencia.

Es más, muchos de los 200.000 policías, guardias y soldados iraquíes contratados por los Estados Unidos, del 20 al 25% según las autoridades invasoras, más según informes en el terreno, “desaparecieron, cambiaron de bando o se negaron a cooperar”. La primera unidad títere enviada al frente, el II Batallón de 650 elementos, uno de los cuatro de las nuevas Fuerzas Armadas Iraquíes al mando de los Estados Unidos y recién salido de entrenamiento, desobedeció las órdenes de ir a Falluja. Estaban dispuestos a recibir un salario del opresor, pero no a matar y morir por él.

Los invasores tuvieron que retirar 25.000 soldados de la región de Bagdad y enviarlos al sur para intentar recuperar a Kerbala, Najaf y Kut.

Entre tanto, el 9 de abril Bagdad presenció una manifestación de 200.000 personas contra la ocupación y en apoyo a Falluja y el levantamiento de Sadr. Del 10 al 11, suspendieron labores la mayoría de las tiendas, escuelas, bancos y hasta oficinas del gobierno de la capital, incluidas las zonas sunitas.

Los capitalinos movilizaron carros y camiones llenos de alimentos y medicamentos para impedir que los norteamericanos sometieran a Falluja mediante el hambre. Miles de personas emprendieron el viaje a pie. Según los ocupantes, las marchas y convoyes también llevaron armas y nuevos combatientes. Los soldados yanquis, al menos en algunas ocasiones, impidieron la llegada de suministros médicos, como sangre, que pueden aliviar directamente la situación de los heridos. En toda la capital, las mezquitas sunitas y chiítas llamaban a dar sangre, dinero y alimentos (alguna gente dio “la última comida que tenía en casa”) “para tus hijos e hijas en lucha en Falluja” y “para el buen pueblo de Irak que sufre bajo el fuego de las fuerzas de la coalición”.

El 12, las fuerzas de Sadr entregaron el control de Najaf a la policía iraquí y acordaron un cese al fuego con los soldados de los “aliados” estadounidenses. Los soldados yanquis estaban a la espera de tomar la ciudad en sus propias manos, más confiables. y atacar al cuartel de Sadr. Según algunos observadores, Sadr no combatió hasta el final y aún no tiene intención de hacerlo. Pero es muy posible que los invasores yanquis piensen que lo deban hacer. La política oficial yanqui es “capturarlo o matarlo” [a Sadr].

Si los norteamericanos entran a Najaf, es probable que tengan que hacerlo solos. Las fuerzas multinacionales bajo mando polaco anunciaron que no realizarán operaciones ofensivas.

Los combates pusieron al descubierto y agravaron las fisuras políticas entre los Estados Unidos y los llamados aliados. Como estos gobiernos envían soldados desatendiendo la voluntad de la gran mayoría de sus respectivas poblaciones, esperaban que su soldados nunca tuvieran que participar en los combates. Los soldados japoneses y surcoreanos se retiraron a sus cuarteles. La resistencia expulsó de Kut a los soldados ucranianos y kazaquíes; Kazajstán anunció que retirará sus soldados en mayo. Los soldados búlgaros se retiraron de Kerbala y pidieron que los Estados Unidos enviara sus propios soldados; algunos soldados pidieron permiso a su gobierno para volver a casa.

Ante el masivo levantamiento contra la ocupación, la evaporación de los soldados iraquíes bajo su mando y la situación movediza de los aliados, la clase dominante estadounidense ni ha contemplado una retirada. Al contrario. Trabaja febrilmente para aumentar sus fuerzas. El gobierno anunció que permanecerán en Irak decenas de miles de los soldados que estaban calendarizados para regresar a casa y que enviará dos brigadas de combate más (10.000 elementos). La I División Armada, cuyos soldados estaban calendarizados para dejar Irak, irán a ocupar el lugar de los ucranianos en Kut.

Un funcionario del Pentágono dijo que los soldados en Falluja y otras partes “trepaban un volcán activo”.

En entrevista con el diario francés Libération, los soldados estadounidenses en Falluja decían que no estaban seguros si querían ganar o perder la batalla. Si ganan, decían, “no habrá nadie salvo nosotros” para ocupar la ciudad “y comenzar de nuevo la misma mierda”. The New York Times citó a un oficial de alto rango que decía aproximadamente lo mismo, pero en una escala mayor: “Podemos vencer a estos tipos y lo estamos probando con nuestra resolución. Pero a menos que se apuntale el lado político, tendremos que hacerlo de nuevo después del 1º de julio y tal vez en septiembre y otra vez el año entrante, y así sucesivamente”.

La actual situación ha puesto en tela de juicio el “lado político”: las iniciativas estadounidenses para formar gobiernos y fuerzas armadas títeres estables como protección contra los golpes directos del pueblo iraquí y para mantener sus objetivos imperiales fuera de la vista de su propia población y de la de aquellas de otros países. Los norteamericanos pensaban que pudieran contar con los iraquíes sembrándoles desmoralización y temor.

En estos momentos, la relación entre los problemas militar y político para los ocupantes es: Estados Unidos, de acuerdo a la “doctrina Rumsfeld”, buscaba tomar y controlar a Irak con una cantidad relativamente pequeña de soldados, con unidades muy móviles con enorme potencia de fuego, con que golpear a los enemigos, sin prestar mucha atención a las líneas de abastecimiento, flancos y retaguardia. Es una estrategia militar que depende de una estrategia política.

En el mejor de los casos, esta estrategia apuesta a golpear con suficiente fuerza a los enemigos de la ocupación, con la condición de que los guerrilleros no se fortalezcan y que mayores cantidades de las grandes masas no se sumen a ellos. La resistencia de Falluja y en el país ha abierto grietas en esta estrategia política.