Boletín N° 38 - 20 de octubre de 2003
  Irak: Más caliente que el infierno

Todo el mundo, quizá todo el mundo salvo George Bush, sabe que los Estados Unidos está en un enorme lío en Irak. Los invasores sufren golpes más fuertes y más frecuentes en más ciudades de parte de una gama más amplia de fuerzas.

Es requeterecontraclaro que la guerra no terminó cuando Bush dijo, el 1º de mayo. Quizá eso fue sólo el comienzo. A estas alturas, han muerto desde el 1º casi la misma cantidad de soldados angloamericanos que antes del 1º. Por ser tan comunes los ataques con bombas y caza bobos a los angloamericanos, la prensa ya ni informa al respecto.

El 2 de octubre el comandante de la Coalición dijo que había de 15 a 20 ataques al día, la mitad tiroteos. Poco después, aumentó más tal cantidad... por una razón simple: el pueblo iraquí quiere recuperar a su país. Y cuanto más lo exige, más golpean y disparan los invasores, y más opresión genera más resistencia.

Las autoridades norteamericanas dicen que la resistencia proviene de las fuerzas del antiguo gobierno. Aunque constituyeran una parte importante de la resistencia, ¿por qué Bush tiene el derecho de decir quién puede hacer qué en Irak? Es cierto que están metidas fuerzas políticas iraquíes muy diversas, y líneas políticas y metas muy diversas guían sus acciones militares, pero ninguna resistencia puede sobrevivir mucho tiempo sin el apoyo del pueblo. Nadie, salvo George Bush, puede negar que la resistencia represente la voluntad de millones y millones de iraquíes. El odio a la ocupación es más fuerte entre los pobres y pisoteados, no en la élite del viejo gobierno, a que, salvo un puñado, los norteamericanos han ofrecido trabajo.

He aquí un incidente típico: Baiji, un pueblo con una refinería de petróleo al norte de Bagdad, ha presenciado una creciente espiral de lucha. A comienzos de octubre, la policía organizada por los Estados Unidos abrió fuego a una manifestación e hirió a cuatro personas, supuestamente por ser una protesta pro-Saddam. Aunque ésa fuera una de las consignas, la policía mostró la clase de “democracia” que lo reemplazó. La gente se enfureció tanto que la policía tuvo que huir a una base yanqui al norte del pueblo. “Han vuelto los soldados norteamericanos con francotiradores y vehículos blindados, pero pueden controlar el pueblo sólo mediante la fuerza militar”, dijo The Independent. “Esta semana murió un soldado norteamericano y otro sufrió heridas cuando su vehículo blindado tocó una mina”.

Balacearon a un muchacho de 14 años de edad que arreglaba una antena de televisión. Los soldados yanquis también mataron a un clérigo quien había salido en la madrugada para orar antes del levantamiento del toque de queda.

Un periodista sueco le dijo a The Independent que había visto a los soldados norteamericanos casi matar a golpes a un religioso anciano. “De repente vi a los soldados tumbar a patadas una puerta y arrastrar a un anciano, quien gritó: ‘¡No me disparen! Por favor, mister’. Los soldados gritaron: ‘¡Cállese la jeta, cállese la jeta!’.

“Le ataron las manos atrás de la espalda y, mientras estaba en el suelo, uno dijo: ‘Sujétenle la cabeza’. Le dio golpes en la cabeza una tras otra vez con la culata de su rifle. Otros soldados le dieron patadas. Había sangre por todas partes... Después, algunos oficiales estadounidenses admitieron que probablemente se equivocaron acerca del anciano, pero dijeron: ‘Esas cosas pasan al calor del momento’”.

En Bagdad el 4 de octubre, ex soldados iraquíes exigieron los 40 dólares que los invasores les prometieron cuando disolvieron el ejército y los dejaron sin empleo.

“Estalló la cosa cuando un hombre fue tomar agua después de estar en la cola cinco horas –le dijo un hombre desde una cama del hospital a The Independent– Los soldados estadounidenses no le permitieron que volviera a la cola y nos pegaron a él y a nosotros con macanas largas y aguijones eléctricos para ganado. Respondimos tirándoles piedras y ellos abrieron fuego”. Cuando los manifestantes que coreaban “¡Estados Unidos, no, no!”, emprendieron una marcha del antiguo aeropuerto (ahora una base yanqui) al palacio del centro donde se reúne el Consejo de Gobierno Iraquí impuesto por los Estados Unidos, abrieron fuego helicópteros norteamericanos. Las autoridades no dieron ningún informe de las bajas.

La ciudad de Basora en el sur la ocupan los británicos, quienes dan aires de tener más sofisticación que los norteamericanos. Durante las protestas el mismo día, los soldados británicos abrieron fuego a una multitud de personas quienes se habían inquietado después de esperar bajo el sol a plomo muchas horas, y mataron a un hombre. Y dispararon las mismas balas de goma que perfeccionaron para tirotear a manifestantes y niños en Irlanda del Norte.

Bush dijo que los chiítas iban a darle la bienvenida a los norteamericanos como libertadores. Se decía que los vastos cinturones de miseria de Bagdad llamados antes Ciudad Saddam, donde viven cuatro millones de personas, iban a darle una buena acogida a las tropas extranjeras quienes tumbaron a Saddam. Ahora Ciudad Saddam, rebautizada Ciudad Sadr, es lo que los invasores llaman una “zona roja”, una trampa de muerte para las tropas norteamericanas.

El 9 de octubre una bomba dejó diez muertos en un cuartel policial en Ciudad Sadr. Como los Estados Unidos ha contratado a iraquíes para combatir y morir, quienes anteriormente en su mayoría eran policías de Saddam, han aumentado los ataques en su contra. Las tropas norteamericanas que entraron al barrio esa noche en tres Humvee cayeron bajo fuego, lo que las autoridades yanquis se negaron a explicar. Al parecer, había una gran multitud de personas. Se dice que atrajeron a los soldados para que dejaran sus vehículos y en ese momento, abrieron fuego contra ellos con armas pequeñas y granadas propulsadas por cohetes y mataron a dos. Al día siguiente, se celebró un entierro para los dos iraquíes muertos, con diez mil personas, algunas de ellas armadas, y de nuevo chocaron con las tropas yanquis.

En Karbala, una ciudad sagrada chiíta al sur de Bagdad, se desató un tiroteo cuando una patrulla yanqui abrió fuego a unos hombres reunidos frente a las oficinas de un clérigo musulmán después del toque de queda. Los hombres respondieron con armas automáticas y espadas. Mataron a tres soldados yanquis y dos de sus policías títeres, entre ellos, un teniente coronel, el norteamericano de más alto rango muerto hasta ahora. Murieron cinco de los partidarios del clérigo. El 17 de octubre, las tropas yanquis volvieron al lugar y de nuevo había tiroteos. Las tropas polacas quienes supuestamente vigilan de la zona, observaron a una distancia prudente, al parecer poco ávidos de morir por los yanquis y George Bush. Los invasores aún mantienen bloqueada la ciudad.

En Kirkuk, en el Kurdistán, al igual que Basora una zona que antes los invasores describieron como “tranquila”, a diario se oye fuego de armas automáticas y morteros. Los combatientes de la resistencia montaron tres ataques en dos horas el 7 de octubre: abrieron fuego a una base yanqui, arrojaron una granada al palacio mundial controlada por los yanquis, y volaron un Humvee. Según los moradores, el centro de detención yanqui es blanco frecuente de morteros. Se tuvo que cancelar la inauguración de un importante cuartel policial. La casa del jefe de policía, un restaurante popular a que van los soldados yanquis y las oficinas de un clérigo chiíta aliado con los Estados Unidos cayeron bajo fuego. El 19 de octubre, los iraquíes emboscaron a una patrulla yanqui en Kirkuk y a otra en una vecina ciudad.

A diferencia de Karbala y Kirkuk, Falluja, al norte de Bagdad, ha presenciado combates constantes desde que soldados yanquis asesinaron a docenas de manifestantes en abril. Los invasores han procurado acallar a las masas haciendo incursiones de castigo y demoliendo casas. El 19 de octubre, unos explosivos al lado del letrero “Bienvenidos a Falluja” hicieron volar un camión-remolque lleno de proyectiles. Los soldados del camión huyeron apresuradamente en los dos Humvee que los acompañaban. La multitud reunida prendió fuego al camión con gasolina. Un hombre explicó: “Los norteamericanos destruyeron a Falluja”. Mientras ardía el vehículo, los jóvenes bailaron y los conductores tocaron claxones.

Unas horas después, cuando los soldados volvieron para rescatar lo que podían y sólo hallaron restos, los combatientes les abrieron fuego con granadas propulsadas por cohetes y armas automáticas. “Volaron balas como fuegos artificiales”, dijo un tendero. Las autoridades norteamericanas detuvieron a dos reporteros sin explicación, aunque una posible explicación sea la humillación y la sed de venganza.

¿Qué va a hacer los Estados Unidos? Dice que la resistencia es una “guerra de bajo nivel” que pueden manejar, y es verdad que los iraquíes están muy lejos de poder expulsar a los invasores. Incluso con cuatro muertos al día, como el 16 de octubre, no se les va a acabar la carne de cañón de jóvenes y jovenas. Pero incluso en las actuales condiciones, les cuesta trabajo mantener la ocupación.

Han dicho a los soldados rasos que cumplirán un año de servicio en lugar de los seis meses que les habían prometido, porque ya tienen a sus reservistas en combate y les quedan pocos soldados de combate para relevarlos. Una encuesta del periódico del Pentágono, Stars and Stripes [Barras y estrellas], que se circula exclusivamente entre la tropa, muestra que la mitad de los soldados dicen que la moral de su unidad es “baja” o “muy baja”. Según casi un tercio, la guerra “no vale la pena”. Las fuerzas armadas yanquis admiten que el 10% de las bajas son suicidios. Tal vez sea más alto el porcentaje de soldados quienes están hartos del papel que tienen que jugar, pero lo que más revela la encuesta es que parece representar un grito de alarma de la misma jerarquía militar.

La reciente resolución de la ONU a favor de la ocupación es un crimen, pero ¿en verdad representó una victoria para los Estados Unidos? Éste fue a la ONU en busca de una solución y sólo obtuvo una resolución vacía. No hizo que más países enviaran tropas: los Estados Unidos había cifrado muchas esperanzas en Turquía, pero ahora ésta vacila. El único país dispuesto a dar mucho dinero es Japón. En cuanto al apoyo concreto a la ocupación que desesperadamente buscaba los Estados Unidos, la resolución fracasó.

En gran medida, la resolución fue una maniobra de las potencias europeas para contrarrestar el poderío de los Estados Unidos dejando que los iraquíes debilitaran a los Estados Unidos de maneras en que no pueden. El ex asesor de política exterior de Clinton, James Steinberg, explicó: “Los gobiernos europeos piensan que va a fracasar la ocupación, pero no quieren que se les echen la culpa. En verdad, no se han subido al carro de la ocupación. Pero con la resolución, pueden evitar que se conviertan en chivos expiatorios por los fracasos estadounidenses”.

Hoy, el Pentágono debate cómo “vietnamizar” la guerra. En Vietnam, los yanquis buscaron que “los asiáticos combatieran a los asiáticos” a fin de reducir sus bajas; hoy, cuenta con un ejército mercenario para combatir en su lugar en Irak. La meta política es contrarrestar la unidad de los iraquíes en contra de los norteamericanos y convertir la situación en una guerra civil.

Según The Washington Post del 19 de octubre, los analistas norteamericanos contemplan el traslado de las actividades cotidianas de la ocupación a 18 batallones iraquíes con mando yanqui. Aparte de esa “opción óptima”, está la “opción intermedia” en que los “soldados iraquíes no son confiables”, lo que estorba la retirada de los soldados norteamericanos. La “peor opción” (ligada al aumento de la resistencia armada de los chiítas) requeriría un aumento de solados norteamericanos. Pero ningún político norteamericano de peso ha exigido la retirada de las fuerzas armadas. Al contrario, el Pentágono dice que quiere reducir el número de soldados de ocupación para que puedan permanecer ahí de manera indefinida.

En este contexto, se ve, en parte, por qué el secretario de Defensa Rumsfeld defendió públicamente al teniente general del ejército, William Boykin, ante las críticas de buena parte del orden establecido norteamericano tradicional. Boykin, el subsecretario de Defensa en inteligencia, había dicho en unas reuniones de fanáticos cristianos que la “guerra contra el terror», cuyo “frente central”, según el vicepresidente Cheney, es Irak, en realidad es una “guerra contra Satanás”.

En una escala de una reciente gira, Boykin, un comandante de la incursión en Somalia en 1993, con el uniforme puesto relató una conversación que tuvo con un comandante musulmán somalí del otro bando. “Mi dios era más grande que el suyo. Supe que mi dios es un verdadero dios, y el suyo era un ídolo”.

Esa cabeza hueca no sabe que los cristianos, los musulmanes y los judíos rinden culto el mismo dios, el ídolo para todos. Pero había algo muy siniestro en los comentarios ridículos del general. Si ésta es una guerra contra el diablo, rendirse no es una opción. Si, según los hechos, la guerra va mal, pues los soldados deben poner la fe en un dios, pedir entrar al cielo en el campo de batalla, cerrarse la boca y morirse por Jesús. La locura de Bush de abrazar a la derecha cristiana fanática tiene una lógica.

El que tenga un “gran dios” o no, los Estados Unidos tuvo que retirarse de Somalia, no porque perdió sino porque sufrió pérdidas políticas que no pudo soportar. Parece que existe un consenso en la clase dominante norteamericana, y efectivamente existe entre los políticos de peso de ambos partidos, de que no se puede dejar que eso ocurra en Irak. Más de un país está en la balanza. Supuestamente Irak va a ser un peldaño hacia la reorganización radical del mundo bajo la bota norteamericana.

En esta situación, la resistencia iraquí tendrá que hacer más que combatir. Aparte de requerir una estrategia militar que apunta a hacer que la ocupación sea tan dolorosa como sea posible para los angloamericanos, necesita unir a todas las formas y fuerzas de la resistencia y asestar una derrota militar.

Independientemente de lo que ocurra, la guerra de resistencia en Irak ya juega un papel importante en el curso de los acontecimientos en el mundo.