Boletín N° 12 - 14 de abril de 2003
  Las "multitudes" y el pueblo

Bush y sus secuaces tuvieron un plan: las multitudes de iraquíes alegres que iban a recibir a las tropas estadounidenses como libertadores refutarían la opinión pública mundial en contra de la guerra y probarían que el gobierno estadounidense tenía la razón desde el principio. Cuando no podían obtener nada de eso en absoluto en Basora, el Pentágono trató de organizarlo en Bagdad. Pero tampoco lo lograron ahí.

La multitud fue muy escasa en la plaza Al Fardus (Paraíso) ese día cuando los infantes de Marina frotaron una bandera yanqui sobre la cara de la estatua, la que tiraron con un carro blindado. Algunas televisoras del occidente mostraron la escena desde cerca, para que los televidentes no pudieran darse cuenta de que los muy pocos cientos de iraquíes en la plaza estaban rodeados de carros blindados estadounidenses. (Si el lector quiere ver por su cuenta, puede encontrar una comparación de las engañosas tomas de cerca y una toma panorámica reveladora de Reuters en www.informationclearinghouse.info.)

Robert Fisk, el corresponsal en Bagdad por el londinense The Independent, lo llamó “el montaje fotográfico más montado desde Iwo Jima” (la famosa fotografía de la II Guerra Mundial en que unos infantes de Marina levantan la bandera yanqui, una toma igualmente montada). Un fotógrafo “encamado” en la unidad de infantes de Marina encargado de tomar las fotos en la plaza, dijo: “Había más fotógrafos que bagdadíes. Los cinco millones de habitantes de la ciudad se quedaron en casa”. (Laurent Van der Stoct, un experimentado corresponsal de guerra bélgico por The New York Times, cuyas observaciones las publicó no su patrón sino el cotidiano francés Le Monde. En la entrevista, también dice que el avance de la unidad por el país que acabó en la plaza Al Fardus, empezó con una especie de ensayo general cuando, al cruzar la frontera kuwaití, derribaron una estatua similar ante un público iraquí indiferente. Fue testigo presencial cuando asesinaron a 15 civiles a sangre fría sobre el camino.)

Veámoslo así: si una manifestación contra la guerra en una ciudad grande del mundo hubiera sido tan pequeña como el montaje de la plaza Al Fardus, las autoridades la habrían declarado un fracaso y apoyado a la “mayoría silenciosa” que se quedó en casa. La alegría que los iraquíes tal vez sintieron con la caída de Saddam ahora se traga con las lágrimas de rabia, frustración y dolor porque un opresor nuevo y mucho más grande se ha establecido en sus tierras y que ha demostrado burdamente que propone humillarlos en su propio país.

La plaza Al Fardus está cerca del Hotel Palestina, en que se hospeda el grueso de los corresponsales extranjeros. El grupo que vigila los medios informativos que colocó la comparación de las fotos en la Internet, también sostiene que algunas de las personas, si no todas, en la plaza eran integrantes del Congreso Nacional Iraquí que la coalición angloamericana llevaron por avión a Irak unos días antes para ponerle unas caras iraquíes a la ocupación. El cabecilla del grupo, Ahmed Chalabi, es un desfalcador condenado a prisión que abandonó a Irak de niño y huyó de Jordania a Londres en 1989 cuando su banco se derrumbó como resultado de fraude. Se le dice el consentido del Pentágono para ocupar un alto puesto en el nuevo gobierno títere.

Cuando las fuerzas estadounidenses entraron a Bagdad, descubrieron una situación distinta hacia el este, en los barrios pobres chiítas de Ciudad Saddam. No obstante, había un ambiente contradictorio. Un periodista estadounidense pro-guerra, cuyo informe The New York Times publicó, describe las multitudes de miles de personas que eran “una antorcha ardiente de enemistad hacia Saddam”, pero “el que detuviera para hablar con las personas pacíficas de las multitudes rápidamente detectó las dudas y preocupaciones acerca de cuánto tiempo las tropas estadounidenses iban a quedarse y cómo se permitirá que los iraquíes empezaran a gobernar de nuevo en serio, e incluso acerca del riesgo de que la administración Bush podría tomar el triunfo de su ejército como un aval para reconfigurar el poder en todo el Medio Oriente en beneficio de Israel... Un señor... dijo de plano: ‘Con o sin Saddam Hussein’, más valdría cualquier gobierno salvo el impuesto por los Estados Unidos”.

Y describió un barrio a unos cuantos km al norte. Cuando planteó a las multitudes de jóvenes muy iracundos la pregunta muy estereotipada y trillada de reportero, “¿Bush, bueno”?, contestaron a gritos que Bush “sólo servía para pisotear” (John F. Quema, The New York Times, 10 abril 2003).

Al día siguiente, otro despacho de The New York Times describió el ambiente general en Bagdad como de “calma sombría”; la BBC informó: “se ha esfumado la euforia”. Una buena parte de Ciudad Saddam había llegado a ser una “zona de no paso” para los invasores yanquis al igual que lo fue para la policía de Saddam. El 13 de abril, en la plaza Al Fardus se celebró otra clase de manifestación que la del derribamiento de la estatua. Esta vez, una multitud antiyanqui coreaba consignas patrióticas y, entre otras cosas, “Bush es lo mismo que Saddam”.

No existen “multitudes anónimas” y menos aún una población de la ciudad homogénea. La población proviene de grupos y clases sociales diferentes, con intereses e ideas diferentes que la motivan. No es de sorprenderse que unas personas, incluso de entre los oprimidos de Bagdad, se traguen la ilusión de que el gobierno yanqui los va a dejar gobernar a su país. Tampoco es de sorprenderse que unas personas busquen sacar ventaja personal.

“Al vencedor le toca el botín”, resumió con aprobación el londinenses Daily Telegraph, acerca de la posición estadounidense sobre el gobierno del Irak de la posguerra. No es de sorprenderse que las tropas yanquis alentaron la misma clase de actitud entre algunos iraquíes. Un corresponsal de Le Monde describió varios incidentes en que las tropas estadounidenses dispararon a las personas que trataban de detener a los saqueadores. Por el momento, parece que se entienden los invasores en Basora y Bagdad, y los saqueadores: pueden llevarse todo lo que quieran de los enemigos de los Estados Unidos (el gobierno, la embajada alemana, un centro cultural francés, etc.) y de otros iraquíes, siempre y cuando no molesten al mayor saqueador de todos.

Lo que las tropas yanquis eligieron proteger y lo que no es casi exageradamente simbólico. “Instigaron a los iraquíes a saquear e incendiar la Universidad de Tecnología”, según un profesor citado por Al Jazira quien lo vio. Permanecieron indiferentes ante la destrucción del Museo de Arqueología, que conservaba muchos de los mejores ejemplos del arte y artefactos producidos durante milenios por las civilizaciones orientales, sin los cuales habrá un enorme vacío en la historia humana. Supervisaron la destrucción de todos los edificios de los ministerios salvo uno: el Ministerio de Petróleo, rodeado por una manada de tanques estadounidenses.

Aparentemente, el ejército yanqui piensa que puede comprar a los chiítas pobres dejando que roben a los sunitas y a los ricos en un extendido momento de “liberación” de degradación y embriaguez, lo que augura la única “liberación” que los iraquíes de todo grupo étnico experimentarán bajo los estadounidenses: robar, oprimir y abusar de otros iraquíes (un grupo étnico que busca aventajarse a otro, los hombres que dominan a las mujeres, etc.). Sobre todo, la libertad de colaborar activamente con los invasores o ser esclavo pasivo a sus intereses.

Pero el gobierno yanqui no quiere que los oprimidos se zafen del orden social ni que lo trastornen en lo fundamental. Los militares yanquis pusieron muy en claro el plan: comenzaron a reclutar a miles de los policías de Saddam, sus comandantes e incluso el amargamente odiado jefe de la policía de Bagdad para cumplir labores en la ocupación. Los británicos hicieron lo mismo en Basora. El corresponsal Fisk de The Independent señaló que el mundo no ha visto nada semejante desde que Lord Mountbatten del Reino Unido, el comandante en jefe de las fuerzas aliadas en el sudeste asiático, usó a los soldados japoneses derrotados para patrullar las ciudades de Vietnam que los Aliados supuestamente recién habían “libertado” del Japón en 1945.

Nos han bombardeado con comparaciones entre la bienvenida a las tropas yanquis cuando entraron a Bagdad y otros momentos históricos. Pero un examen detenido de esos ejemplos sólo pone al desnudo a los invasores. Casi la única similitud entre la caída del muro de Berlín en 1989 y la escena en la plaza Al Fardus es que en ambos casos se tumbó mucho trabajo de albañil. En la foto-icono de los yanquis, sólo cae una estatua. En términos humanos, eso no tiene comparación con los cientos de miles de berlineses que hicieron pedazos ese monstruo de concreto con sus propias manos.

Y se dice que la bienvenida a las tropas yanquis en Bagdad fue igual que su entrada a París en 1944. Quien haya visto la caída de Bagdad por televisión y las escenas en película de la liberación de París sabe que eso es absurdo, por una razón muy simple: el ejército yanqui fue a París al servicio de los intereses de la clase dominante imperialista estadounidense, lo mismo que hizo cuando fue a Bagdad, pero en París, debido a los intereses en esa situación particular, no fueron en calidad de invasores.

Más vale comparar el gran día de los invasores yanquis en Bagdad con otra fecha a comienzos de la II Guerra Mundial: el 15 de junio de 1940, cuando las columnas de blindados alemanes que habían cruzado todo el territorio francés en sólo un mes entraron a París sin ninguna resistencia en absoluto. Desfilaron debajo del Arc de Triomphe y por el Champs-Elysées y nadie les disparó. Las películas de los noticieros de entonces muestran a los muchos franceses que salieron a saludar a los conquistadores.

En una situación semejante a Irak, cuando los invasores entraron a la capital, las fuerzas del gobierno francés se dispersaron sin dar lucha. La mayoría de sus líderes estaban a punto de capitular a los nazis. La resistencia estaba débil y esporádica por mucho tiempo. Aunque había algunos luchadores heroicos de las clases acaudaladas de la ciudad, por varios años muchas personas se atemorizaron ante la combinación del poderío armado alemán y la colaboración de la clase dominante francesa. La resistencia se basó en los proletarios que no tenían nada que perder: la columna vertebral de la primera resistencia armada fuerte fue una organización de obreros extranjeros no calificados dirigidos por comunistas cuyo lugar en la sociedad francesa no era muy distinto al de sus contrapartes árabes y africanos en la Francia de hoy, ni al de los obreros y los pobres de Bagdad. Entre otras acciones, sabotearon los trenes de transporte militar, emboscaron a las patrullas alemanas en las calles y liquidaron a oficiales alemanes. Los nazis los tacharon de “terroristas”. La coalición de Bush y Blair ha querido ponerle la misma etiqueta a los iraquíes que se ha resistido a la invasión. Pueden que estén inflados de arrogancia ahora, pero es un momento indicado para recordar la suerte de los tiranos y de los aspirantes a invasores y conquistadores del mundo que los precedieron.