Boletín N° 12 - 14 de abril de 2003
  Editorial: La caída de Bagdad y sus lecciones

Cuando el ejército de Estados Unidos irrumpió en Bagdad, esto significó un cruel golpe para el pueblo de todo el mundo. En todas partes la gente progresista había puesto esperanzas en la fiera resistencia que el pueblo iraquí había librado en las dos primeras semanas de la guerra en el sur del país. Incluso los mismos imperialistas yanquis habían llegado a preocuparse de que su plan de guerra pudiera desbaratarse. Sin embargo, repentinamente en sólo unos cuantos días, el gobierno en Bagdad colapsó y las fuerzas armadas estadounidenses hicieron su entrada con poca resistencia. Sin duda, en los meses y años venideros mucha gente por todo el mundo estará estudiando esta guerra, pero incluso ahora podemos comenzar a sacar algunas lecciones.

La lección que Estados Unidos quiere dar a entender es que sus fuerzas armadas son invencibles. De hecho, Estados Unidos demostró su cruel, bárbaro y cobarde carácter a toda una nueva generación. Desde la seguridad del aire o de sus vehículos fuertemente blindados, regaron alegremente muerte y destrucción contra un enemigo inmensamente más débil. Por supuesto, ellos son un enemigo formidable. Un enemigo que ahora está aún más engreído y arrogante, decidido a reconfigurar el Medio Oriente y el mundo entero quebrando los huesos y chamuscando la carne de los oponentes así como de las innumerables víctimas inocentes.

Desde el comienzo fue una lucha sumamente desigual —el considerablemente más débil Irak contra la más fuerte potencia del planeta. Pero a pesar de la aplastante superioridad militar de los invasores angloestadounidenses, las etapas iniciales de la guerra mostraron que era posible que fuerzas relativamente mal armadas, muchas de las cuales ni siquiera eran soldados entrenados, causaran serias bajas a los invasores, atacando sus líneas de abastecimiento y sus puntos débiles a la vez que evitaban el tipo convencional de batallas en terreno abierto donde la superior potencia de fuego yanqui sería decisiva. Las primeras semanas de la guerra vislumbraron la guerra de guerrillas que una fuerza más débil puede usar para hacer estragos y minar a un enemigo más poderoso. Esto fue lo que hicieron exitosamente el pueblo vietnamita en su heroica lucha contra Estados Unidos, y Mao Tsetung y los revolucionarios chinos en la guerra que dirigieron contra el Japón.

Además, los combates iniciales en algunas de las ciudades del sur mostraron que la guerra urbana casa por casa también pone algunas limitaciones a la superioridad estadounidense. Combatir muy de cerca les hizo difícil a los yanquis lanzar bombardeos aéreos sin sufrir aún más bajas de “fuego amigo”. Algunas ciudades del sur resistieron a los invasores de esta manera durante dos semanas. Varios comentaristas habían sugerido que Irak había planeado una defensa de Bagdad “al estilo Stalingrado” (haciendo referencia a la decisiva batalla de la II Guerra Mundial cuando el Ejército Rojo soviético con el apoyo de la población de Stalingrado derrotaron a los invasores alemanes luego de meses de heroicos combates calle por calle). Aunque Estados Unidos había empezado la guerra con bombardeos masivos sobre Bagdad para “golpear y aterrar” al régimen y al pueblo, y a pesar de la crecientes bajas civiles, el pueblo de Bagdad, que son millones, no buscó abandonar la ciudad en busca de sitios más seguros sino que se vio decidido a resistir a los invasores extranjeros.

Estados Unidos había sido derrotado en el terreno de la opinión pública mundial y estaba aislado y virtualmente sólo con sus criminales socios británicos. Pero esto hizo a EE.UU. aún más decidido a mostrar, en palabras de George Bush, que EE.UU. “no tiene que pedir permiso de nadie” antes de invadir, tratar brutalmente y ocupar cualquier país del mundo que escoja. La violación de Estados Unidos a Irak demostró una vez más que “el Poder nace del fusil”. Pero la opinión pública internacional sí importa y puede ayudar a transformar toda la situación de guerra. Durante la guerra de Vietnam, un poderoso movimiento en todo el mundo y en el propio Estados Unidos jugó un vital papel en causar la derrota de los imperialistas estadounidenses.

En casi todos los países la opinión pública estuvo casi unánimemente contra los invasores yanquis y británicos. Toda la región fue inflamada con el odio anti-yanqui. Bajo la presión del movimiento de masas y tratando de proteger sus propios intereses imperialistas, incluso algunos de los tradicionales aliados de EE.UU. como Francia y Alemania se opusieron a la guerra. Estos factores se hubieran podido convertir más y más en una dificultad para Estados Unidos entre más se prolongara la guerra.

El régimen iraquí fue incapaz de utilizar estos factores favorables para plantear el tipo de combate que realmente hubiera puesto un palo en las ruedas al carruaje de guerra yanqui y hubiera unido al pueblo de la región y del mundo en su defensa. Las fuerzas armadas iraquíes eran dependiente de la venta de petróleo y de la compra de armas a los imperialistas. Los doce años de sanciones impuestas por los imperialistas dejaron la economía del país en ruinas y al pueblo empobrecido y cansado. Sin embargo el régimen iraquí tuvo una falla más fundamental que aseguró su fracaso final. Fue un régimen reaccionario que había gobernado a los pueblos de Irak con puño de hierro. La única posibilidad de derrotar a Estados Unidos era mediante una guerra popular prolongada, una guerra que movilizara a toda la población y confiara en ésta, y que usara una estrategia y tácticas que pudieran neutralizar las ventajas de Estados Unidos. Desde tal perspectiva, la importancia de la batalla por Bagdad no era que ésta decidiera toda la guerra. La cuestión era cómo la batalla allí, que las fuerzas iraquíes no podían evitar aun cuando no constituyera el terreno más favorable para la guerra popular, prepararía el terreno para una lucha prolongada del pueblo por todo el país contra los invasores y desencadenaría aún más apoyo del pueblo en todos los países, especialmente los países limítrofes en el Medio Oriente. Dado este contexto, aun cuando la ciudad fuera finalmente a caer, una fiera y heroica resistencia hubiera hecho posible continuar la guerra. Esto fue lo que esperaba el pueblo de todo el mundo, sólo para ver frustradas estas esperanzas una vez más por Saddam Hussein.

¿Cómo podrían los generales de Saddam Hussein ser alguna vez como los guerrilleros que Mao Tsetung dijo eran como “peces nadando en el mar del pueblo”? ¿Cómo podrían aquellos que se basaban en el terror y la fuerza para garantizar su dominación creer alguna vez que, en última instancia, la fuerza de un pueblo pobremente armado podía superar al ejército más poderoso del planeta? ¿Cómo podría un régimen que ha oprimido a la minoría kurda y a los chiítas ser alguna vez capaz de unir a todo el pueblo del país? ¿Cómo podría un Estado que había emprendido la reaccionaria guerra Irán-Irak a costa de más de un millón de muertos, esperar confiar en el apoyo de los pueblos de la región? ¿Cómo podría una clase dominante acostumbrada a llevar una vida de opulencia mientras el pueblo caía más y más en la desnutrición esperar librar una prolongada y encarnizada guerra que requeriría tanto sacrificio?

La historia muestra una y otra vez que en el mundo de hoy las clases explotadoras no pueden ni podrán unir al pueblo ni dirigirlo en librar una guerra popular prolongada. Pero la historia también muestra que este tipo de guerra puede librarse. Vimos que en Vietnam donde luego de diez años de dura lucha y sacrificios el pueblo vietnamita, con el apoyo del pueblo de todo el mundo, finalmente tuvo éxito en echar del país al sumamente superior ejército yanqui. Y hoy podemos verlo en Nepal, en la Guerra Popular donde los revolucionarios dirigidos por el Partido Comunista de Nepal (Maoísta) han sido capaces de construir su fuerza en siete años, yendo de pequeñas escuadras de combatientes usando unos cuantos fusiles capturados hasta un poderoso ejército popular que amenaza con tomarse el poder en todo el país.

Con la caída de Bagdad, los imperialistas angloestadounidenses lograron una victoria en una batalla, pero están lejos de alcanzar sus objetivos en Irak o en el Medio Oriente. Miremos lo difícil que ha sido para Israel ocupar la Rivera Occidental y Gaza que tienen sólo tres millones de palestinos. Será aun más difícil para Estados Unidos colonizar Irak con sus 22 millones de habitantes, especialmente si el pueblo iraquí comienza a desarrollar un nuevo liderato. Además, Irak es apenas una escala en la guerra imperialista de Estados Unidos contra el mundo. ¿Quién será el siguiente: Siria, Corea del Norte, Irán? Los imperialistas yanquis están entrando en un frenesí de guerra y conquista; ellos no pueden ni podrán atajar su propia voluntad. Pero entre más azoten, más gente se levantará contra ellos. Ni el pueblo de Irak ni ningún otro permitirán que le pisoteen y desangren en silencio. En Irak y en todo el mundo más y más gente está buscando las formas de oponer resistencia y derrotar a los reaccionarios. Cada nuevo trastabillante paso de los imperialistas yanquis está condenado a aumentar la determinación del pueblo. No importa qué tan complejo y prolongado sea el proceso, la victoria final pertenecerá al pueblo.