Boletín N° 2 - 3 de febrero de 2003

  Marcha forzada hacia la guerra

El mundo está en una marcha forzada hacia la guerra. No hay marcha atrás. Ya no se habla de si habrá guerra o no, sino cuándo, y quién estará en la coalición de Bush.

Los Estados Unidos no aplica la fuerza militar directa a sus socios y las otras potencias para obligarlos a tomar parte en la guerra. Por ahora, George Bush guarda sus proyectiles cruceros, bombas de múltiple tonelaje y otras armas de destrucción masiva para Irak y su población. Pero la fuerza es la esencia de Bush y sus Estados Unidos. La guerra tiene por objeto aplicar la fuerza para obtener sus metas geopolíticas en el Medio Oriente y dar pasos para extender y consolidar su dominación sobre el mundo entero. Es más, la fuerza es el mecanismo con que Bush resuelve sus problemas en la preparación política de la guerra, lo que significa movilizar o neutralizar a otros países y al pueblo. En una palabra, Bush presiona y no deja espacio para dudar o vacilar.

Por muchos meses, el régimen de Bush ha tratado de engañar a algunas de las masas una parte del tiempo con la idea de que no se había decidido completa y absolutamente ir a guerra. Es verdad que lo que muchas personas perciben como el círculo íntimo extremista-fanático del gobierno estadounidense nunca ha ocultado su desdén por cualquier método salvo la matanza. Pero se decía que había personas "más razonables" entre ellos, quienes escucharían a los gobiernos europeos y de otros países y concluirían que esta aventura militar era muy cargada de peligros. Muchos aliados y gobiernos vasallos de los Estados Unidos, como Turquía y Arabia Saudita, decían que no pueden correr el riesgo de tomar parte en la guerra sin al menos el aval de la ONU.

Parecía poco aconsejable que los Estados Unidos tomara una decisión unilateral de lanzar la guerra solo, o con Inglaterra, Australia y unos cuantos Estados más. No obstante, eso es exactamente lo que hace Bush, y funciona. Ante lo inevitable, cinco de los 15 miembros de la Unión Europea (más tres países esteeuropeos) firmaron una carta de apoyo a Bush. De la mano de su jefe en Washington, Tony Blair instó "a la comunidad internacional a reunirse de nuevo", o sea, que el Consejo de Seguridad de la ONU no debe atreverse a interponerse en el camino de Bush. Entretanto, Colin Powell dejó de jugar al policía bueno (se acabó el juego de policía bueno, policía malo de la Casa Blanca; ahora todos son policías). Advirtió que "todas las 15 naciones del Consejo de Seguridad aceptaron" la Resolución 1441 de noviembre de 2002 y que su gobierno la consideraba una autorización suficiente para lanzar la guerra, pues "todos los que votaron a favor de la resolución sabían que si Irak no se desarmara pacíficamente, se tendría que desarmarlo mediante la fuerza". Irónicamente, parece que la disposición yanqui de ir a la guerra sin la resolución o de ignorarla de plan, ha hecho ceder a muchos países europeos a las demandas yanquis y darle el aval de la ONU.

¿Qué importa si los inspectores biológicos y químicos de Hans Blixs no hallan nada? ¿Qué importa si no hallan la evidencia que todo mundo supuestamente esperaba, la prueba que se decidiera por la guerra o por la paz? ¡Qué importa, pues Powell dice que las inspecciones "ya no importan"! El principal inspector de armas nucleares de la ONU, Mohamed El-Baradei, dice que Irak no tiene armas nucleares. Así, ¿a quién creer, al presidente de los Estados Unidos o al jefe del organismo de la ONU al que Bush dice "han penetrado" agentes iraquíes? Cheney puede hablar del espectro del ántrax, Rumsfeld puede confeccionar sus informes de inteligencia propios, y pueden enviar a Powell a los Estudios Disney para montar una nueva fantasía. Pero todo eso es sólo un espectáculo secundario. Bush simplemente cambió las reglas del debate. Ahora no se trata de que los inspectores hallen algo que pruebe que Saddam Hussein tiene ciertas armas, sino si Saddam puede probar que no las tiene. Tal prueba es imposible, al menos prueba que satisfaría a Bush, pero ésa es exactamente la idea. Quien manda, hace las reglas.

Hay otro detalle: la gran mayoría de los habitantes de casi todos los países se oponen a la guerra, sobre todo en los Estados del Medio Oriente. El Parlamento Europeo votó de manera aplastante contra Bush; la opinión pública británica pocas veces ha estado tan unida como ahora en su contra. Hasta la propia prensa de la clase dominante yanqui admite que sólo una minoría chiquita de la población estadounidense comparte los afanes beligerantes de Bush. No hay problema. Bush ya se ha decidido. Se acabó el tiempo, ya es hora de ir a la guerra, fin del debate.

Bush intenta convertir la debilidad de los Estados Unidos, su aislamiento, en fuerza, convertir su problema -el descaro de su plan sanguinario, obsesivo y loco de bombardear y ocupar a Bagdad- en la solución. Todo peleador de cantina conoce la importancia de convencer al contrincante que está tan loco que no se puede detener. Además, tiene las fuerzas armadas para hacerlo, y es su comandante en jefe. Puede hacerlo y lo hará. Punto. Se está a favor o en contra de nosotros y se trata de todo el poderío militar del país más altamente armado de la historia, un coloso cuyo poderío destructivo eclipsa el de todos sus rivales potenciales combinados, contra un solo antiguo destinatario casi desarmado de la ayuda militar yanqui e instrumento de la influencia yanqui. (Las masas iraquíes, en estos cálculos, no cuentan.)

Muchas potencias europeas, sobre todo las más débiles, han concluido, con una lógica gangsteril fina, que si no los pueden vencer, hay que unírseles. Habrá una invasión y ocupación de Irak y eso es lo que tendrán que aceptar. Cuando se detienen las bombas y balas, ¿quieren ser parte del entorno corporativo controlado por los Estados Unidos, con cierta esperanza de poder explotar los recursos petroleros y mano de obra, o están dispuestas a correr el riesgo de quedarse fuera del festín en Irak y quizás del "Gran Medio Oriente", de Marruecos a Pakistán, que se supone que esta guerra va a traer? Por un tiempo, al parecer a toda la Europa continental le incomodaba Bush, pero Bush les hizo una oferta que muchos gobiernos no podían rechazar.

Se supone que esta misma lógica de poder, de guerra franca, ha de servir contra las masas también, al menos algunas de ellas. Dicen a las masas de Europa, el Medio Oriente, Asia y otros continentes que no cuentan con ningún poder en absoluto porque ya se ha tomado la decisión desde muy lejos, y no se puede revertir. En los Estados Unidos, Bush busca movilizar a quienes se han tragado la propaganda patriótica, mientras que intimida y/o desmoraliza a los muchos millones de personas que no aceptarán eso.

Bush representa la posición, lógica y moral del imperialismo desnudo: haremos lo que queramos, todo lo que obedezca a nuestros intereses políticos y económicos, punto. Ésa es la realidad que todo mundo tendrá que aceptar.

Al igual que Hitler, salvo ciertos compatriotas suyos quienes siempre dirán mi guerra, tengamos razón o no, Bush no espera convencer a muchas personas de que la agresión tenga razón, sólo que es imparable. No hay esperanzas en la ONU, otros gobiernos, el gobierno estadounidense ni la oposición interna leal. Los votos y las encuestas de opinión pública no valen. Se decidirá el asunto por la fuerza de las armas.

Por otro lado, lo que hacen las masas en los países del mundo en las semanas próximas puede ser crítico. En las condiciones difíciles del momento, hay unos elementos muy favorables: El imperio y su emperador están en cueros: la fuerza es la esencia de su dominio y el futuro que prometen nunca ha parecido tan oscuro. Ya se acabó la tolerancia a los gobiernos que han fingido oponerse o quedarse a un lado de la guerra, y las masas de esos países deben aceptar la verdad de que, directa o indirectamente, la situación las están jalando a la guerra y sus consecuencias. Esta situación puede contribuir a que las masas tomen conciencia y entren en acción. Algunas personas se asustarán o se desanimarán, muchas más se sentirán impulsadas a hacer algo y otras más estarán determinadas a ir más allá de los límites aceptables del discurso político y las manifestaciones corteses. ¿Y si ante la tenacidad de Bush, las masas muestran aún más tenacidad?

Aunque Bush vaya a la guerra, lo que las masas hacen en las calles ahora puede tener un enorme impacto y contribuir a transformar el terreno político durante y después de la guerra, incluso en las guerras futuras que planean. La potencial compenetración de las contradicciones hace que no sea posible pronosticar el curso de la guerra. Podría haber dificultades o reveses militares para los Estados Unidos y los sucesos podrían salirse de su control en Turquía y Alemania que son sus bases de movilización militar, en contraposición al sentir de sus poblaciones, entre otros muchos polvorines que podrían cambiar la situación radicalmente. Lo único seguro es que el mundo no puede seguir ni quedará igual.

Las masas del mundo están trabadas en un conflicto mortal con esta cruzada sanguinaria que no creará un nuevo orden mundial sino una versión mucho peor del viejo: un imperio mundial más vigilado, más fuertemente represivo y más torcido e injusto. No será, en ninguna circunstancia, una obra de un acto. Si en lugar de un mundo más intolerable, habrá de nacer un mundo completamente diferente y mejor y si habremos de adecuarnos para ese mundo, pues tendremos que trabajar al máximo ahora para oponernos a Bush y sus secuaces quienes son el enemigo principal de los pueblos del mundo.

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