Boletín N° 15 - 5 de mayo de 2003
  La "guerra sucia" de Gran Bretaña en Irlanda de Norte

Al que haya leído últimamente el editorial de The Economist, se le disculpa cualquier duda que le haya provocado el encabezado “Guerra sucia de Gran Bretaña”... ¿Irak? ¿Las Malvinas? ¿Malasia? Ah, sí, por supuesto... Irlanda del Norte, que por muchos años ha sido ocupada por tropas británicas. El tema fue un informe oficial reciente de una comisión de investigación del gobierno británico sobre una serie de asesinatos de irlandeses republicanos. El informe manifiesta que se perpetró cierto número de asesinatos con la complicidad de fuerzas de seguridad británicas de alto rango, hecho que ilustra por qué las fuerzas británicas tuvieron un prominente papel en la guerra urbana y el control de la segunda ciudad más grande de Irak: Basora.

El asesinato que más destaca sometido a investigación es el de un joven abogado irlandés. Patrick Finucane ganó fama por defender opositores nacionalistas a las fuerzas de ocupación británicas. Una tarde de 1988, cuando comía, hombres armados tumbaron la puerta y le dispararon 14 veces, en presencia de su horrorizada esposa y sus tres hijos pequeños. Es el tipo de historia siniestra que se repite por todo el mundo para los que viven bajo brutales dictaduras militares. No hablamos del tercer mundo, sino de la ciudad de Belfast, y los que están detrás de los escuadrones de la muerte eran de la unidad de inteligencia élite del gobierno de Su Majestad.

Tras años de investigación, el comisionado de la policía metropolitana, John Stevens, llegó a una conclusión que ya era obvia para millones de personas en Irlanda: Unidades de inteligencia británica jugaron un papel clave en los asesinatos de opositores republicanos a las fuerzas de ocupación en Irlanda del Norte, entre ellos Finucane. El resumen divulgado por la comisión el 18 de abril documenta cuán coludidas estaban las bandas paramilitares regionales probritánicas y la Policía de Irlanda del Norte (RUC), también probritánica, en particular su Rama Especial y la Unidad de Investigación de Fuerzas (FRU), una rama de la división de inteligencia del ejército británico. Dice que Brian Nelson, el agente de más alto rango conocido en la FRU de entre los escuadrones de la muerte lealistas, participó directamente en el asesinato de Finucane. Huelga decir que la muerte de Finucane es sólo uno de una serie de asesinatos en que los agentes británicos participaron. Stevens concluye: “La intromisión ilegal de agentes en los asesinatos deja ver que las fuerzas de seguridad ratificaron las muertes”.

Los políticos y los medios de comunicación británicos se esfuerzan por adjudicar esos asesinatos a las “bandas canallas” que “se salieron de control” y “sobrepasaron su autoridad”, es decir, fuerzas que no representan la política del gobierno. Hace 20 años, el mismo aparato político y medioinformativo tachó de “descabelladas”, “motivadas políticamente” y “desvaríos paranoicos” a las denuncias de los republicanos de que el gobierno británico apoyaba a los escuadrones de la muerte.

El gobierno británico ha preparado el terreno para su sanguinaria política desmantelando paso a paso cualquier protección legal que pudieran tener los luchadores republicanos irlandeses, en especial la introducción de la “internación” en los años 1970, donde se permitió el encarcelamiento por años de los que sospechaban eran opositores, sin necesidad de presentar cargos. Y no tuvieron que dar un paso grande entre “internar” y asesinar.

Fue una época en que los políticos británicos advertían abiertamente que las fuerzas de seguridad conocían exactamente quiénes eran los “terroristas”, que sólo necesitaban “dejarlos hacer su trabajo”. Es claro que sí lo hacían. Previamente, el subministro del Interior británico Douglas Hogg fue al parlamento para denunciar que los abogados irlandeses “simpatizaban indebidamente con terroristas” [es decir, con el ERI], sólo unas semanas antes del asesinato de Finucane.

Un alto miembro de las fuerzas de seguridad británicas responsable de edificar la red de asesinos y torturadores le dijo a Panorama (un programa de televisión de la BBC) que su objetivo era lograr que las fuerzas lealistas “se profesionalizaran más” en sus ataques a los republicanos. El problema que tenía la inteligencia británica con los paramilitares lealistas era que sus asesinos tendían a elegir a “blancos fáciles”, con frecuencia civiles católicos comunes, para sembrar un terror ciego en la comunidad católica. Pero esa forma de sembrar el terror no molestó a la inteligencia británica y jamás fue suspendida. Querían un aparato más sofisticado que funcionara y sirviera mejor a la política del gobierno. O sea, una “operación más profesional”. Según el informe Stevens, lograron su cometido ofreciendo ciertos apoyos, como un “alto nivel de inteligencia”, a escuadrones de la muerte lealistas selectos.

En esencia, significaba no matar a “elementos británicos”. Por ejemplo, en una ocasión Nelson redirigió a un escuadrón de la muerte que tenía en la mira a un agente británico de alto rango infiltrado en el ERI y lo mandó matar a un desconocido de 66 años.

Con la ayuda de la inteligencia británica, los escuadrones de la muerte lealistas se convirtieron en un arma para eliminar a opositores específicos considerados “de línea dura” y dejar con vida a aquellos republicanos que podrían servir a los intereses británicos. Es decir, una política muy similar a la que Israel aplica en Palestina. Posteriormente, se estableció que Finucane jamás portó arma alguna salvo sus libros de derecho. Pero era un abogado sumamente hábil que defendió a dirigentes republicanos y al poeta Bobby Sands, conocido por su huelga de hambre. A finales de los años 1980, Nelson previno a la inteligencia británica de un plan para asesinar a Gerry Adams, para darles tiempo para movilizar a una unidad secreta del ejército para ahuyentar al escuadrón de la muerte. Como se sabe, posteriormente Adams llegó a dirigir a las fuerzas republicanas que favorecían las negociaciones para terminar la lucha armada contra Gran Bretaña.

La comisión Stevens sólo divulgó un resumen de 20 cuartillas del informe de 3.000 cuartillas. El resto permanece en secreto. ¿Tendrá alguna relación con el hecho de que daría a conocer un amplio patrón de agentes británicos que manejan un sistema de asesinato e intimidación de cientos de republicanos? Es evidente que el informe aborda muchos más asesinatos. Una fuente que se dice “muy cercana al equipo Stevens” dijo a The Guardian que la inteligencia británica aún tenía “cientos de agentes secretos” infiltrados en los grupos paramilitares.

El informe Stevens ha recibido muchas críticas de círculos republicanos por su brevedad y por haber salido muy tarde. De hecho, desde hacía años las autoridades estaban al tanto de los cuatro hombres vinculados al asesinato de Finucane, quienes pertenecían a la Rama Especial de la RUC. De ellos, tres están muertos y el cuarto está escondido bajo protección oficial.

El informe más bien busca mitigar los daños. Si bien se divulga ahora con resultado del persistente trabajo de los activistas de derechos humanos y otras personas, sus conclusiones han salido a la luz, en parte, para ayudar a revivir el estancado “proceso de paz” en Irlanda. A pesar de los esfuerzos de Blair y hasta de Bush en una de las cumbres que han celebrado sobre Irak en Irlanda del Norte (una de sus iniciativas de alto nivel para dar vida nueva al proceso de paz), la campaña para convencer a los republicanos irlandeses de poner fin a su lucha ha tropezado con dificultades. El 1º de mayo, Blair hasta se vio obligado a posponer las nuevas elecciones a la asamblea norirlandesa. Elaboraron el informe Stevens para servir en la misma tónica que la comisión de “Verdad y Reconciliación” en Sudáfrica: apaciguar a los opositores al proceso de paz. Al igual que las comisiones sudafricanas, una meta clave del gobierno fue sacar de apuros a los grandes criminales. Es obvio que el informe no investigó en los rangos superiores de la cadena de mando y que pasó por alto a los agentes de la inteligencia británica de alto rango a quienes los hombres citados se reportaban. En abril de 1988, el gobierno rechazó una investigación independiente de la ONU, que por supuesto no habría estado bajo su control. De fondo, la comisión Stevens, al igual que los asesinatos que investigó, constituye una acción “profesional” cuyo objetivo es servir en la mayor medida que sea posible a los intereses del gobierno británico.

El hijo de Finucane, Michael, quien también es abogado, denunció la conclusión del informe de que esas acciones representan la actividad de unos cuantos elementos podridos, en vez de que el sistema de inteligencia trabaja precisamente para lo que fue creado. Dijo: “No pasó nada malo. A los ojos del gobierno, el sistema funciona a la perfección. La política en Irlanda del Norte ha sido y tal vez sigue siendo la de aprovechar el potencial asesino de los grupos paramilitares lealistas, aumentar ese potencial dándoles recursos adicionales como armas e información, y apuntar esos recursos contra blancos selectos, para que el gobierno pueda deshacerse de sus enemigos. Política simple, operación simple, simplemente escalofriante”.