Boletín N° 45 - 8 de diciembre de 2003
  Georgia: Tenebrosas maquinaciones en “revolución de terciopelo”

Es entendible la frustración de quienes desde Gran Bretaña han estado observando los recientes sucesos en la antigua república soviética de Georgia: por qué esas protestas de unos cuantos decenas de miles de personas lograron tumbar al gobierno, mientras que los millones de manifestantes en Londres no lograron impedir que Tony Blair llevara al país a la guerra. La respuesta corta es: esas personas no lo lograron, al menos no sin un gran empujón y manipulación tras bambalinas del imperialismo yanqui.

El 23 de noviembre, el gobierno de Eduardo Shevardnadze, que había estado en el Poder más de 10 años, cayó en medio de protestas en la capital, Tbilisi, encabezadas por la oposición parlamentaria. Shevardnadze trabajó de ministro del Exterior en la URSS durante los años de la perestroika de Gorbachov y jugó un papel importante en la transición del capitalismo de Estado a un sistema capitalista estilo occidental a comienzos de los años 1990, antes de volver a su tierra para ocuparse de la presidencia.

Los estadistas y medios de comunicación occidentales describieron los sucesos de noviembre como la “revolución de terciopelo del Cáucaso” y la elogiaron como el principio de una nueva era, una nueva vida, que daría un “nuevo comienzo” a Georgia. Lo que representó en los hechos fue otro “cambio de gobierno” con apoyo yanqui: la sustitución de un desacreditado lugarteniente por otro. Si bien la chispa que prendió la furia latente de la población fue la descarada manipulación de las elecciones nacionales novembrinas de parte del gobierno de Shevardnadze, el polvorín llevaba años en preparación debido a la ingerencia de los imperialistas, sobre todo los yanquis.

Shevardnadze había estado tambaleándose en los últimos años. Diez años de corrupción y opresión habían creado enemigos y enajenado a grandes sectores sociales. Aunque se había mostrado amigable con los Estados Unidos, parece que hace poco buscaba con desesperación remozar sus relaciones con Rusia, cuyo gobierno todavía lo considera a él una importante causa de la caída de su anterior posición de superpotencia. En 2003, Shevardnadze tomó lo que en retrospectiva era quizás la decisión imprudente de firmar un importante contrato de energéticos con Rusia, que al parecer, molestó a poderosas fuerzas en los Estados Unidos.

Era de esperarse que el embajador por Georgia, Richard Miles, y el Departamento de Estado estadounidenses, y algunos observadores occidentales electorales, denunciaran las “irregularidades” en la elección de Shevardnadze. En julio de 2003, Bush envió al veterano apagafuegos del imperialismo yanqui, James Baker, a Georgia, a fin de leerle la cartilla a Shevardnadze y alentar a la oposición proyanqui. Y anunció que iba a recortar por primera vez la ayuda a Georgia. En octubre, el republicano John McClain encabezó una poderosa delegación yanqui a Georgia, que se reunió con el líder de la oposición y consentido de los Estados Unidos, Michael Saakashvili. Éste dijo que “tenía muy buenas relaciones” con McClain. Cuando los manifestantes se tomaron las calles tras las elecciones, algunos integrantes de peso del Consejo de Seguridad Nacional de Georgia, dieron a saber que no iban a objetar, dando luz verde a las protestas.

A estas alturas, pese a la reanudación de las rivalidades en la región, los rusos y los norteamericanos se unieron para facilitar una transición indolora, y, sobre todo, no permitir que las masas se desbordaran. Para mantener bajo control la situación, el secretario de Estado yanqui, Colin Powell y su homólogo ruso, el ministro del Exterior Ivanov, tuvieron constantes consultas en los dos días antes de que Shevardnadze dimitiera. Ivanov se alardeó con orgullo de que una de sus preocupaciones principales era impedir el caos y el derramamiento de sangre.

Las irregularidades electorales no tenían nada de especial, en comparación con las prácticas cotidianas en el Cáucaso y Asia central (ni hablar de la Florida), tal como admitieron muchos observadores electorales de la Organización por la Seguridad y la Cooperación de Europa (OSCE). La diferencia esta vez, que hizo que los Estados Unidos interviniera descaradamente, no fue que violaran los derechos democráticos de las masas. El gobierno de Bush ya ha venido dando más ayuda a otros gobiernos de la región cuya manipulación y represión son mucho mayores. En las palabras del representante de Human Rights Watch: “El gobierno de Uzbekistán no tolera ningún partido político de oposición en absoluto. Allá, las elecciones son tan fraudulentas que la OSCE ni se moleste en supervisarlas” (International Herald Tribune, 25 de noviembre). Están presos los dos líderes del principal partido de oposición de Kazajstán y el líder del principal partido de oposición de Kirguizistán. En los últimos años, el gobierno yanqui ha aumentado su ayuda a todos estos gobiernos. Y el gobierno de Bush se portó con mucho menos descaro en las recientes elecciones en el vecino de Georgia, Azerbaiján: en víspera de las elecciones, el gobierno arrestó a 200 miembros de la oposición y la conservadora revista The Economist admitió que había mucho más fraude que en el caso de Georgia. Y, en 2003, por primera vez en la historia, el congreso yanqui le dio un gran paquete de ayuda a Azerbaiján, como parte de la “guerra contra el terrorismo”.

Si bien los yanquis armaron mucho escándalo acerca de las “irregularidades electorales”, han hecho todo menos decir directamente que su propio consentido principal en Georgia, Michael Saakashvili, será el nuevo presidente después de las elecciones programadas para enero de 2004. Saakashvili estudió en una universidad en Washington, D.C. y luego fue a Nueva York para estudiar en la escuela de derecho de Colombia y trabajar en una prestigiosa firma de abogados.

La descarada interferencia yanqui tuvo el propósito de reforzar su presencia en esta región. Lo que importa no son los derechos de las masas sino la rivalidad con otros imperialistas, sobre todo Rusia, y afianzar lo que los expertos estadounidenses llaman un “corredor de energéticos” por Asia central, Azerbaiján, Georgia y Turquía.

Se operó el verdadero cambio de gobierno en Georgia tras la desintegración de la URSS a comienzos de los años 1990. La sangrienta guerra civil posterior dejó decenas de miles de muertos. Se celebraron elecciones y se introdujo el “mercado libre”, es decir, el capitalismo liberal al estilo yanqui reemplazó al anterior capitalismo de Estado estilo soviético. Shevardnadze acabó en la presidencia con el aval yanqui. De ahí en adelante, sobre todo durante el mandato de Clinton, Georgia ha recibido mucha ayuda: más de mil millones de dólares en 10 años, el número dos en el mundo en materia de ayuda per cápita. Tras el 11 de septiembre, los norteamericanos enviaron un contingente militar a Georgia, colindante con el sur de Rusia y antes Shevardnadze y hoy sus sustitutos han hablado de su deseo de “unirse a la OTAN”, lo que ha enfurecido al gobierno ruso, sobre todo a sus generales, que se molestan por el crecimiento de la influencia yanqui en una región que ha estado bajo su dominación desde sus guerras coloniales hace más de un siglo.

La agresiva política yanqui hacia Georgia y la región tiene dos objetivos importantes. Primero, el gobierno de Bush ha acelerado su campaña para “colocar una cerca alrededor de” Rusia, pues quiere aprovechar la situación tras la desintegración de la URSS para cercar a Rusia con gobiernos neutrales o amistosos a fin de presionar e impedir que resurja. En particular, quiere impedir que las armas nucleares rusas y la fuerza económica europea se combinen en un futuro rival a su hegemonía global. Bush padre y Clinton ya habían puesto en marcha esta política, pero los imperialistas yanquis han venido intensificándola tras el 11 de septiembre. Tal política parte de pura ambición imperial, y no tanto de “querer parar a Osama bin Laden”.

¿Qué consecuencias tuvo para las masas de Georgia la imposición de la “democracia y libertad” al estilo yanqui a comienzos de los años 1990? Más de lo mismo de lo que sucedió en las demás antiguas repúblicas de la URSS: más desempleo, la caída del nivel de vida, el ascenso de las mafias y el saqueo de las riquezas de parte de un puñado de superricos, en su mayoría antiguos funcionarios del gobierno soviético, quienes hoy gobiernan de la mano con un nido de políticos corruptos como Shevardnadze. Esta situación ha golpeado más duro a Georgia: un experto del Cáucaso estima que, en la última década, el nivel de vida ha caído a un tercio del nivel anterior. Con el clima templado a la orilla del Mar Negro, anteriormente Georgia era la principal zona frutícola de la URSS, envidiada por los rusos del norte, y hoy depende fuertemente de lo que remiten los trabajadores migrantes en el exterior.

Desde luego, la población tiene el derecho a votar cada tantos años por un nuevo capataz.

El segundo objetivo es usar a Georgia para apretar el control sobre las fuentes de energéticos de Asia central y el Cáucaso. El Instituto Internacional de Finanzas estima que en los próximos 20 años, el vecino de Georgia, Azerbaiján, percibirá ingresos de 29 mil millones de dólares por concepto del petróleo. Ya se están construyendo los oleoductos, que pasarán por Azerbaiján y Georgia hacia Turquía. Con esta nueva fuente de petróleo, los imperialistas yanquis podrán diversificar sus fuentes y presionar más a otros imperialistas y productores de petróleo y a la vez, resarcir la rentabilidad general de su economía. Por eso, necesitan que controle la situación un gobierno proyanqui, estable.

Los imperialistas rusos han tomado medidas para contrarrestar el aumento de la presencia yanqui. Pueden ejercer presión, como buenos gángsters, en varios puntos. Durante la guerra civil que estalló tras la desintegración de la URSS, bajo fuertes presiones de Rusia tres regiones autónomas se separaron de Georgia. Los rusos todavía tienen bases militares en éstas y hasta han otorgado pasaportes rusos a muchos de sus ciudadanos. Tras la caída de Shevardnadze, se reunieron los líderes de estas tres regiones en Moscú con el ministro del Exterior ruso e hicieron declaraciones beligerantes acerca de su intención de “responder a cualquier ataque” del nuevo gobierno de Georgia. Rusia todavía es el exclusivo proveedor de gas a Georgia y cuando se moleste por las políticas del gobierno de Georgia, suspende a propósito el suministro de tal gas. En particular, como toda gran potencia, ha usado el chantaje cuando considere que Georgia sea muy indulgente con los guerrilleros chechenos quienes se refugian en las Gargantas Pankisi.

La revista británica The Economist dijo que la situación es un nuevo “Gran Juego”, en referencia al último episodio importante de rivalidad de gran potencia en la región a fines del siglo 19 y comienzos del 20: “De nuevo, se abre la cancha del Cáucaso para que las grandes potencias se rivalicen”.

Tras la tormenta en la capital, los Estados Unidos y Rusia volvieron a reñirse. El secretario de Defensa Donald Rumsfeld fue a Tbilisi, para advertir que los rusos sacaran pronto sus tropas de Georgia. Por eso, han dado la vuelta al mundo muchos peces gordos norteamericanos para ir a un país de menos de 10 millones de habitantes. El presidente ruso, Vladimir Putin, hizo su propia advertencia dura: se preocupaba por “el cambio de poder en Georgia que ocurre en medio de fuertes presiones. Quienes organicen y alienten tales acciones tendrán que rendir cuentas ante la población”. Un vocero del ministro de Defensa ruso dijo que las fuerzas armadas rusas permanecerán en Georgia por el resto de la década.

En cuanto a Shevardnadze, ya se jubiló, amargado por lo que le parece un trato injusto a manos de sus amos norteamericanos: “Si la guerra fría no se hubiera detenido, hubiera estallado una tercera guerra mundial... Rescatamos al mundo... Fui uno de los partidarios más firmes de la política norteamericana. Cuando necesitaban mi apoyo en Irak, se lo di. No puedo explicar qué ha pasado aquí”. Así son las quejas de otro sirviente del imperialismo yanqui que dejó de ser útil en el mundo de las rivalidades y la política imperialistas. Como una vez comentó Mao Tsetung acerca de un político similar: no es divertido ser lacayo del imperialismo.