Boletín N° 43 - 24 de noviembre de 2003
  Londres: Protestas derriban estatua, y estatura, de Bush

Se suponía que el viaje de Bush iba a rematar una guerra triunfante y celebrar una alianza imperial sellada con sangre. Cuando hacía muchos meses Blair y Bush hicieron los planes iniciales para la visita a Londres, sin duda no se imaginaron que nada pudiera estropear el momento. Los ejércitos anglonorteamericanos acababan de obtener lo que pareció una victoria aplastante.

Esta fue la primera visita de Estado de un presidente yanqui desde que Woodrow Wilson fue a Gran Bretaña poco después de la I Guerra Mundial. En Londres, Bush y su séquito iban a pasearse en carruajes con caballo en medio de la acogida de las multitudes, partiendo del palacio de Buckingham donde vive la Reina, al igual que hizo Wilson. En cuanto a Tony Blair, sus íntimos asesores declararon que él estaba profundamente convencido de que una victoria anglonorteamericana rápida y decisiva sobre el gobierno iraquí desinflaría la masiva oposición a la guerra en el frente interno, y que con motivo de la visita de Bush, la historia los vindicaría.

Estaban muy pero muy equivocados. Las multitudes que se suponía iban a darle la bienvenida a Bush fueron tan ilusorias que las multitudes de iraquíes que se suponía iban a felicitar a los soldados norteamericanos que entraran a Bagdad como "libertadores".

Lo que el presidente yanqui encontró fue, tal vez, la mayor manifestación en un día hábil en la historia moderna británica: el jueves 20 de noviembre, 200.000 personas se tomaron las calles de Londres. En lugar de desfilar en carruajes abiertos, durante su estancia entera Bush tuvo que transitar a alta velocidad por rutas alternas, oculto en un convoy de limusinas fuertemente blindadas llenas de esbirros con ametralladoras para protegerlo de la más mínima posibilidad de contacto con la multitud, y nunca se encontró con ningún grupo mayor que unas docenas de personas selectas. Se vio una muestra de la intensidad del sentimiento en su contra en el breve saludo del más famoso dramaturgo británico, Harold Pinter, en The Guardián: "Estimado presidente: Estoy seguro de que usted tomaré un buen té con su homólogo en crímenes de guerra, Tony Blair. Por favor, de mi parte, tráguese los emparedados de pepino con un vaso de sangre".

Londres estuvo bajo sitio. Las autoridades orquestaron el mayor operativo de seguridad jamás para un jefe de Estado. Cancelaron las licencias de todos los policías de la zona metropolitana y Scotland Yard movilizó 5.000 elementos. Los cientos de agentes del servicio secreto con sus avionadas de equipo echaron candela al sentimiento anti-Bush porque exigieron una inmunidad para cualquier agente que disparara a alguien, lo que suscitó temores de que iban a disparar primero y después armar sus justificaciones.

El jefe del Estado imperial más poderoso del mundo visitó a su aliado más fuerte, más confiable. Naturalmente, el orden del día trató los más importantes puntos de las relaciones imperialistas y sus planes para pacificar y controlar el tercer mundo: de los aranceles sobre el acero al plan de paz para el Medio Oriente. Asimismo, las docenas de miles de manifestantes que persiguieron a Bush a cada paso representaban una lista casi interminable de causas: activistas ecológicos, feministas, palestinos y un sinnúmero más. Lo que encabezó la enorme efusión de furia contra los cabecillas imperiales anglonorteamericanos fue la guerra injusta en Irak: de las mentiras con que la justificaron a la asesina forma en que la libran con una muerte de alta tecnología desde arriba y la actual colonialización de Irak y su población.

Blair salió con dos argumentos principales contra los manifestantes: que "ya era hora de dejar atrás la guerra", que todo mundo debería dedicarse a ver como "construir la democracia" en Irak y "ayudar al pueblo iraquí", como si las justificaciones para la guerra y la forma en que se libra no tuvieran nada que ver con el actual reparto de Irak entre los anglonorteamericanos; y que la protesta no representaba sino un "antinorteamericanismo resurgente", como si por su ignorancia política, las masas de manifestantes no pudieran distinguir entre Bush y el gobierno yanqui, y las masas norteamericanas. The New York Times hasta admitió que las protestas tenían en la mira tanto a Blair como a Bush.

Un cotidiano británico captó el carácter imparable de las acciones: "Llega el presidente, comienzan las protestas". Cuando aterrizó el avión oficial de Bush, una señora de 65 años dio un buen golpe: caminó sin cuidado por entre los cordones de los policías londinenses y escaló las altas rejas de cinco metros del Palacio Buckingham. Se sentó encima de las rejas dos horas con un estandarte que decía: "Elisabeth Windsor & Cía: (No queremos su huésped!". Entretanto, miles de manifestantes partieron de la sede europea de Exxon hacia la embajada yanqui para denunciar la destrucción generalizada del medio ambiente del mundo de parte del gobierno yanqui. Hirvieron debates amistosos pero vivos entre diversas posiciones y puntos de vista: )Estaban fuera de lugar las consignas contra la guerra en Irak dentro de una protesta ambientalista? )Cuáles son los vínculos entre la guerra en Irak y la destrucción ambiental que se pueden adjudicar a los monopolios globales?

Ha enfurecido a millones de personas la forma en que los Estados Unidos busca imponer su hegemonía mundial sin rival. Pero algunas fuerzas poderosas de la clase dominante y los medios de comunicación británicos trabajaron tiempo extra para minimizar esos sentimientos y canalizarlos contra la subordinación "injustificada" o "injusta" de Gran Bretaña a los Estados Unidos, (como si debieran preocuparse porque Gran Bretaña no recibiera su "parte justa" del botín de guerra!

Las autoridades presionaron muy duro contra la participación de los jóvenes en las protestas. Los diarios sacaron editoriales sobre los peligros de los rebeldes de 13 años de edad. Los directores de colegios y autoridades educativas chillaron que a los estudiantes que faltaban a clases se les aplicaría "severas medidas disciplinarias". Una muchacha de 17 años del norte de Londres se convirtió en eje de lucha cuando desafió las amenazas, declarando públicamente su determinación de organizar un paro de estudiantes. El director de su escuela no tardó en amenazarla en los medios de comunicación, pero ella permaneció firme. El día de la gran marcha, decenas de estudiantes de su escuela se unieron al paro y el director tuvo que dar marcha atrás públicamente, triunfo que los estudiantes saborearon.

Los jóvenes libraron una batalla medida por medida contra las tácticas que la policía ha estado usando en su contra. Hacía unos años, las primeras protestas contra la globalización cogieron por sorpresa a Scotland Yard, abandonando los métodos de organización de las movilizaciones tradicionales y usando la Internet. La policía aceleró su espionaje en la Internet a fin de mantenerse al paso de los jóvenes rebeldes. De nuevo los estudiantes cambiaron de métodos, organizándose mediante los chateos en la Internet y las redes descentralizadas que se comunican rápidamente vía mensajes de texto, a fin de maximizar su movilidad y frustrar las excursiones de Bush a alta velocidad por la ciudad.

Las tácticas de los jóvenes también reflejan el mayor descontento con lo que ven como un rechazo de las tácticas "de confrontación" y la política de las protestas "tradicionales" contra la guerra, y un sentimiento de que se tiene que redoblar la lucha. Y se ha prendido más debate en el movimiento contra la guerra acerca de la validez de construir una amplia unidad rindiendo pleitesía a la política parlamentaria y si las acciones de confrontación reducen el apoyo popular, posiciones que sostienen muchos líderes tradicionales. Muchos manifestantes habían participado en el Foro Social Europeo la semana antes en París y buscaban formas de vincular la furia contra la guerra con una crítica global del capitalismo. Protestaron cientos de alemanes, franceses, italianos y de otros países del continente, aunque las autoridades migratorias británicas bloquearon la entrada a muchas personas.

Ante el alcance y la profundidad del sentimiento contra Bush y la guerra anglonorteamericana en Irak antes y durante la visita de Bush, Blair y las autoridades británicas repetidamente tuvieran que suspender sus planes. Por ejemplo, Blair tuvo que cancelar un discurso de Bush ante el parlamento, un favor recíproco por un discurso similar que dio Blair ante el congreso estadounidense. Scotland Yard tuvo que abandonar sus planes de acorralar las protestas en las zonas menos importantes de la ciudad.

Representó una derrota muy humillante el que tuvieron que dar marcha atrás con los planes de reunirse con los familiares de las víctimas de la guerra. El séquito de Bush había trabajado duro para contrarrestar la oposición a su viaje traficando con los sentimientos de los familiares de los soldados británicos muertos en la guerra, y diciendo que quería conocerlos y decirles que "sus seres queridos no murieron en vano". Las respuestas desafiantes de las viudas y otros familiares dieron duro a la manipulación de Bush. Una viuda dijo que le encantaría de encontrarse con Bush, porque quería preguntarle por qué, si su marido no murió en vano como Bush dijo, éste no ha podido encontrar las armas de destrucción masiva iraquíes con que él y Blair habían justificado la guerra. Esa viuda no fue invitada, pero sus declaraciones dieron ánimo a algunos de los familiares seleccionados. Al final, tuvieron que cancelar los planes y Bush acabó colocando una corona al soldado británico desconocido en una catedral de Westminster que estaba tan vacía que los camarógrafos de los televisores a propósito no pasaron las escenas.

Apretaron una y otra vez las medidas de seguridad. Algunos integrantes del movimiento contra la guerra señalaron que la propaganda sobre los sobrevuelos de helicópteros estadounidenses y los francotiradores en las azoteas tuvo el fin de asustar a la "Gran Bretaña media" y así hacerlo más fácil marginar a los manifestantes. Esa táctica fue un fracaso contundente.

El jueves, el día de la marcha principal, 200 mil personas de todo el país se apoderaron de la capital, paralizaron buena parte de la ciudad y rebasaron dramáticamente las predicciones de las autoridades. Como fue un día hábil, participó un porcentaje mayor de pensionistas que de costumbre. Un anciano sintetizó el sentir de muchos, diciendo que fue su deber asistir a la protesta porque muchas personas trabajadoras no podían.

Pero decenas de miles de personas no fueron al trabajo o a la escuela y salieron a hacerse ver y oír. Una familia grande de los Midlands (la deprimida región industrial del centro del país) trajo un chorro de abuelos y bisnietos; el padre dijo que ellos se sentían que no podían permanecer a un lado en un momento como éste. Asistieron muchas personas de las protestas anteriores, cuya furia contra la continuación de la guerra anglonorteamericana, a pesar de la oposición mundial, y del derramamiento de sangre en Irak, salió a relucir en las consignas y coros. Ardieron muchas banderas yanquis. Un grupo de jóvenes sudasiáticos coreó: "Lo llaman liberación, lo llamamos ocupación". Docenas de personas se vistieron de trajes anaranjados y esposas, en solidaridad con los prisioneros en Guantánamo. Un grupo de ex combatientes de la guerra de Vietnam recibió una entusiasta acogida desde el escenario.

Al entrar a la plaza Trafalgar, los manifestantes se encontraron con un gigantesco monigote de Bush: de 13 metros de alto, lo mismo que la estatua de Saddam Hussein que los soldados yanquis derribaron cuando entraron a Bagdad, y pintado de oro, para que se le pareciera. Unos minutos más tarde, se repartieron entre la multitud las sogas que estaban atadas a la cabeza del monigote. Empezaron a corear la cuenta regresiva: 10, 9, 8, 7... y cuando se tambaleó y finalmente se volcó, surgió un ensordecedor rugido de decenas de miles de gargantas. Unos jóvenes lo hicieron pedazos. Por un momento se saboreaba colectivamente un momento de justicia, un momento de verdad, un pequeño contragolpe a Bush por ese momento de propaganda imperialista tan engañosa en Bagdad cuando los medios de comunicación imperialistas pintaron las acciones de unos cuantos iraquíes como el sentir de toda la población.

Los entornos de Blair y Bush hablaban del "éxito" de la gira: después de todo, Bush se tomó la foto con la Reina. Pero millones de personas tendrán grabado en la memoria que el descontento de las masas asestó uno tras otro golpe humillante a dos cabecillas de la coalición de guerra imperial e hizo pedazos sus grandiosos planes para una celebración de victoria.