Boletín N° 153 - 10 de abril de 2006
  De una corresponsal, Francia: Ante el bloqueo del futuro, jóvenes bloquean vías ferroviarias

El 10 de abril, el presidente francés Jaçques Chirac anunció, con humillación política, una importante concesión al movimiento estudiantil: que eliminaría la cláusula más polémica de la ley laboral que aprobó con terquedad la semana anterior. El primer ministro, Dominique de Villepin, con cara de derrotado, pidió que el parlamento reemplazara la estipulación que permitía el despido de trabajadores menores de 26 años sin causa durante sus primeros dos años de trabajo.

            La dirigencia sindical aceptó que era el fin de la batalla. Entre estudiantes universitarios y de secundaria, había sentimientos mixtos. Levantaron de inmediato los bloqueos en muchas escuelas para que pudieran prepararse para los exámenes finales. En otras escuelas, votaron por mantener los bloqueos y montar acciones nuevas. En muchos lugares planearon reuniones de masas para mantener el ímpetu en formas nuevas, continuar la lucha contra la ley de empleo de la juventud y las recientes medidas represivas contra los inmigrantes. El siguiente relato de acciones del 6 de abril en París, típico de lo que ocurrió esa semana en todo el país, es de un lector en Francia. Alentamos a los lectores a enviarnos más informes de primera mano.

            Esa mañana, el letrero decía: “AG (asamblea general) a las 13:30 horas”. Eso era raro, pues los estudiantes de secundaria por lo común sostienen las asambleas antes. Cuando volví a la hora indicada, descubrí que ellos sabían algo que yo no sabía. En lugar de reunirse, organizaban una operación coup de poing, o sea, una acción combativa o “golpe relámpago”.

            Estábamos en un barrio proletario vecino de París. K., el líder, es un joven más grande cuyos padres son de Argelia. A su lado está F., una joven cuyo pañuelo colorido no es un hijab clásico gris pero definitivamente le cubre todo el cabello. Su largo impermeable contrasta con la piel descubierta de otras muchachas. Siempre están en lo reñido de las reuniones y acciones. W., un niño blanco cuya madre es líder de la confederación sindical CGT y del PCF (el Partido Comunista, que hace décadas renunció al comunismo pero se conservó el nombre y la lealtad de una parte de los obreros sindicalizados), dice que apoya el comunismo, pero no está seguro qué significa. A. es un joven negro de habla suave con muchas preguntas acerca de todo. Muchos chicos llevan el reconocido vestir: los negros con pantalones huangos y sudaderas, muchachos güeros hípis con el cabello largo recogido con un cintillo. (La juventud tiene una regla para los reporteros: ningún nombre, pocos detalles.)

            Aproximadamente 80 jóvenes se congregan al instante y unos segundos más tarde están en un tren rumbo a Gare San Lazare, una estación ferroviaria parisina de París. En contra del ruido de las ruedas, la muchacha a mi lado señala: “Ahora sentimos nuestro poder. Queremos la anulación del CPE [la ley de empleo de la juventud que ha sido el foco de este movimiento de protesta desde enero]. Pero ahora queremos obligar al gobierno a renunciar. No sé. Quizá tengamos que ser más políticos”. Se refiere a la política electoral.

            Los estudiantes quieren la renuncia del vetusto presidente gaullista Jaçques Chirac, quien acababa de aceptar el anteproyecto de ley, el primer ministro Dominique de Villepin, quien lo hizo aprobar en el parlamento sin discusión y cuyo partido no quiso apoyarlo cuando la situación se puso agitada. Pero les preocupa Nicolás Sarkozy, el ministro del Interior, rival de Villepin y policía en jefe del país que era el blanco de la rebelión de noviembre de 2005 de la juventud de los ghettos de los suburbios. En marzo dirigió el ataque policíaco sobre los estudiantes quienes se apoderaron de la Sorbona, un símbolo del levantamiento universitario de mayo de 1968. Sarkozy se jactaba de que el paquete legislativo de empleo de la juventud era su idea, pero ahora trata de alejarse del mismo. Muchos estudiantes temen que Sarkozy se apropie el fruto de su lucha y salga ganando en las elecciones presidenciales de 2007.

            Un muchacho de al lado de nosotros refuta la definición de la política que tienen sus compañeros. Nada bueno nunca ha salido de la política electoral, argumenta; si se tragan esas ideas ahora, estarán fritos. La muchacha no está segura. Discuten acerca de si el gobierno de Mitterrand (cuya elección en 1980 signó el fin de la efervescencia social de los años 1960 y 70) mejoró o empeoró las cosas. Nadie puede nombrar a ningún líder del actual Partido Socialista en que confían. El muchacho cita un titular del cotidiano Libération: “La izquierda se apresura a hacer nada”, es decir, a no asumir una posición clara sobre la crisis.

            Se bajan y caminan las últimas cuadras hacia Gare San Lazare, con la esperanza de que la policía no los vea. Al llegar, tres hileras de robocops con cascos ya bloquean la entrada. Esa mañana, 50 jóvenes se apoderaron de las vías ferroviarias y los policías han recuperado el control. Todo mundo se pone a caminar a prisa hacia el otro lado de la ciudad por un gran bulevar. Hay miles ahora, estudiantes de otra secundarias de la ciudad y las afueras, estudiantes universitarios y unos jóvenes con ropa de trabajo y pegotes sindicales. Al pasar por los edificios de oficinas, todo mundo corea: “¡Únanse, únanse, jóvenes y empleados, en la calle, todos juntos!” En una calle de tiendas de lujo unos transeúntes aprueban con el pulgar hacia arriba y otros nos critican con el pulgar hacia abajo. Los volantes son cortos y tal vez improvisados por los estudiantes, con fuertes tintes utópicos en algunos casos. Un volante anarquista habla sobre “una explosión de alegría y rabia contra el sistema capitalista”. Sobresalen unos maestros y otros veteranos de los años 1960 aquí y allí entre las caras jóvenes. No hay huella de los partidos políticos.

            El destino es un secreto, pero a nadie le importa. Son de una sola mente acerca de los objetivos de hoy: obligar al gobierno a retroceder, aumentar el costo de la negativa del gobierno a escucharlos. Muchos dicen: “Ahora estamos haciendo cosas que les darán duro en el bolsillo”. Nos acercamos al Gare du Nord, una de las estaciones ferroviarias más importantes del país. La entrada secundaria de los trenes suburbanos aún está abierta. Unos guardias de seguridad se hacen a un lado. Todo mundo corre a subirse. La luz del sol entra por el muro de vidrio de la entrada y los jóvenes fluyen debajo de los rayos. Todo mundo grita, fuerte pero no amenazadoramente, con emoción y alegría.

            Corren por la estación, por los andenes y los trenes a punto de salir hacia el norte de Francia, Bélgica, Alemania e Inglaterra. En el corredor lleno de viajeros, una representante del comité de coordinación de estudiantes universitarios lee una lista de demandas: Anular el CPE (la cláusula que permite el despido inmediato de personas menores de 26 años) y el paquete de empleo de la juventud “Igualdad de oportunidades”, que dejan que los chicos de 14 abandonen la escuela y que los de 15 años o más trabajen de la noche. Anulan la legislación de Sarkozy contra los inmigrantes. Algunos, entre ellos el grupo con que ando, se integraron a la lucha durante el último año en comités de secundaria para apoyar a los compañeros que el gobierno buscaba expulsar de Francia. Sarkozy mandó que las autoridades peinaran la lista de estudiantes de último año y pescaran a los jóvenes sin papeles en regla cuando cumplían 18 años y eran “expulsables”, o sea, unos meses o semanas antes de la graduación.

            Una voz femenina sale del altavoz, una voz que siempre pensaba que era sintética. Suena la música que la acompaña pero en lugar de anunciar el próximo tren, dice, serena y alegremente como siempre, “cuidado con los cables eléctricos. Favor de bajar sus estandartes”. Medio corren por las vías, de espaldas a la luz del sol, ocupan un km o dos de la vía hundida.

            ¿Y ahora qué? Un silencio poco usual se traga los ecos de la estación. Por todos lados platican grupos de chicos: se sientan en las vías, andan por ahí o bailan a tambores. Ningún policía a la vista, pero una docena de obreros ferroviarios observan. Quiero conocer acerca de su posición. Muchos son miembros de la CGT.

            Hace unos días, durante el día nacional de acciones el 4 de abril, la seguridad de la CGT, como de costumbre, se adjudicó la tarea de vigilar el “orden”. Al fin de la marcha de París, montan un perímetro entre el grueso de los jóvenes y manifestantes que se burlaban de la policía y le lanzaban piedras. Armados con las mismas macanas que la policía encubierta, una escuadra de la CGT protege el Banco de China. Los negros y otros chavos torean con la policía y de vez en cuando entre sí y con otros manifestantes. Pero la cosa más fea que vi ese día era cuando media docena de lugartenientes sindicales blancos mayores y robustos dieron una paliza en el suelo a un chavo negro y flaco de 15 años. No era el incidente más violento del día, pero revelaba muchísimo acerca de la división en la clase obrera, entre el sector más bajo, sobre todo la juventud, quien lo dirá sin pestañear que no tienen nada que perder, y esos trabajadores (y sobre todo sus representantes políticos) que en ocasiones luchan fuertemente contra el gobierno pero temen y se oponen a todo desorden social profundo.

            Hoy, en las vías, la situación es diferente. Los obreros ferroviarios simpatizan con nosotros. El decrépito tren suburbano sin pasajeros a un lado, al otro, una nueva locomotora de alta velocidad. La locomotora suena al son del coro: “Rés-is-tence!”. Los chavos debaten acerca de si sabotear las vías y equipo de cambio de vías. Algunos lo intentan; otros recomienda tener cuidado y no dañar nada. Unos levantan herramientas de trabajo, pero no saben qué hacer con ellas. Hablan de levantar barricadas.

            En una conversación con un grupo de muchachas de una secundaria del barrio pobre del norte de París, me hago la misma pregunta que he hecho una y otra vez, al igual que muchos otros reporteros. ¿Qué quieren de verdad? Una responde: “Pos, queremos que retiren el CPE. Y queremos echar abajo al gobierno. Y necesitamos una revolución planetaria”. Todas se ríen. “Pos, sí la necesitamos, pero primero obliguemos al gobierno a renunciar y luego veremos”.

            En noviembre cuando la juventud del ghetto se rebeló, el gobierno y la clase política cerraron filas en su contra. Era inconcebible que dejaran caer al gobierno a la “chusma”, como Sarkozy los llamaba. LO que es diferente ahora es que se ha agrietado fuertemente la unidad de la clase política. Es posible que renuncien algunos peces gordos. Pero muchos estudiantes se preguntan, si el gobierno renuncia y se celebran elecciones, ¿qué? Bien, echar abajo al gobierno es un buen comienzo.

            El gobierno ha combinado autoridad con tentativas de dividir el movimiento, diciendo, primero aprobamos la ley y luego podemos analizarla. Una consigna popular de hoy se burla de esa posición. Alguien pintarrajea con gigantes letras de molde en los muros al lado de las vías “Primero hacer la revolución y luego podemos analizarla”. La consigna no refleja intención literal pero estos chavos reflexionan y argumentan constantemente acerca de qué futuro quieren y adonde su movimiento debe enrumbarse. No hay consenso sobre ninguna solución, solamente una determinación de seguir tomando acción y argumentando y analizando.

            La festiva atmósfera de repente se apaga, pero el cielo aún es azul. Unos policías antimotines bajan a las vías a 50 metros. No es de preocuparse, pues parecen asustados. Pero la atención de todos se concentra. De repente una puerta invisible en el muro vomita a cientos de policías antimotines; se forman en fila de un muro al otro. Hay empujones. Rocían a una par de chavos con mace. Sin señal aparente, de repente una gran minoría se tapa la cabeza y cara con la capucha de sudadera. Unas piedras, bengalas y barras metálicas vuelan hacia los policías. La mayoría de los chavos corean en desaprobación: “¡No! ¡No!”. Esta vez hay suficientes piedras por todas partes. Pero sale otra fila de policías de la dirección opuesta, de la estación ferroviaria a nuestras espaldas; podemos verlos a una distancia porque la luz del sol ilumina sus cascos. Es una trampa.

            Los chavos muestran tranquilidad, pues no es la primera vez, pues experimentaron lo mismo por mañana. Los líderes gritan por los megáfonos que todo mundo se agrupe. Alguien aconseja tomarse de las manos si la policía se abalanza. No todos están convencidos. Unos se trepan una pared hacia un edificio de apartamentos hacia podrían escapar, pero los megáfonos dicen: “No todos podemos escapar de esa manera, que todos nos quedemos juntos”. Los jóvenes hacen lo que puedan por dar una apariencia de indiferencia. Por fin, se abre una verja lateral, y los manifestantes se enfilan hacia una escalera de servicio. Cuando los policías se acercan, muchos chavos que se iban caminan más despacio. Una hora más tarde, un puñado todavía está sentado, charlando y fumando en las vías y atrás los policías de pie. Una muchacha dice: “Vamos a salir pero le va a costar caro al gobierno antes de que nos vayamos”. Se aproxima la hora pico.

            Más tarde, aprendemos más acerca de qué podría haber pasado. En Toulouse, una ciudad del sur, la policía se alistó a abalanzarse sobre cientos de estudiantes sentados en las vías. Corearon: “¡Obreros ferroviarios: Únanse con nosotros!” Un representante de la CGT le dijo a la policía: “Deberían negociar con ellos. Si cargan contra esos niños en nuestras vías, más vale tomar en cuenta que los obreros ferroviarios se encabronarán. Esta noche no pasará ni un tren”. Los policías antimotines chocaron con unos estudiantes e hirieron a media docena de ellos con largas macanas, pero no hubo ninguna carga general. Esa misma mañana en Caen, en Normandía, dos mil ocuparon la estación ferroviaria por dos horas. La policía se abalanzó, los chavos se defendieron y hubo más violencia.

            Los jóvenes a mi alrededor salen de la escalera hacia la calle y se dividen en grupos para hablar acerca del siguiente paso. Un representante de los estudiantes universitarios con un megáfono recomienda apresurarse, formarse y marchas a la siguiente acción. “Nadie se va hasta que todos estén presentes”, gritan algunos jóvenes. Esperan a los últimos orgullosos rezagados. Un pequeño grupo con un gran estandarte rojo con el logo de su escuela secundaria pide que marchemos con ellos hacia el oeste. Los líderes de los estudiantes, megáfonos en una mano y teléfono celular en la otra, consultan por todos lados y entre sí antes de emprender la marcha hacia el este.

Bloquean el circuito que rodea a París. Hay arrestos. Esa noche, cuando se reúnen para marchar por un barrio inmigrante, la policía los dispersa con mace, gas lacrimógeno y macanas.