Boletín N° 152 - 3 de abril de 2006
  Francia: Arde la rebelión de la juventud

Unos pocos meses después del levantamiento de los jóvenes de los ghettos de Francia, otra ola de protestas de millones de estudiantes de secundaria y universidad puso al gobierno en mayores aprietos. El mero proyecto de ley de empleo de la juventud no explica la tenacidad, amplitud y carácter desafiante del movimiento en su contra, ni la determinación oficial de aprobar la ley a pesar del creciente costo político.

En una palabra, Francia presencia un gigantesco levantamiento de jóvenes contra el futuro que les depara, del cual la ley es pieza angular y símbolo. El gobierno presiona para que retrocedan en esta prueba de fuerza, mediante la autoridad arbitraria del presidente, con la fuerza de la policía y del poder estatal que de fondo se basa en la fuerza armada y no en la opinión pública. Tras unos meses de dar la apariencia de estar ajeno al problema, el 31 de marzo el presidente Jaçques Chirac anunció la decisión de aprobar el anteproyecto con la promesa de modificarlo después. Para millones de jóvenes y otras personas esto no es una concesión sino una señal de que el gobierno no tiene intención de responder a sus demandas. (Los opositores superan a los defensores del anteproyecto de dos a uno, según las encuestas.) Esta dimensión de la crisis pone en tela de juicio la legitimidad del gobierno y del sistema.

A mediados de enero, los estudiantes universitarios, al comienzo en las pequeñas ciudades, prendieron el movimiento porque el primer ministro Dominique de Villepin propuso el Contrato de Primer Empleo (CPE). Según este anteproyecto, en los primeros dos años en cualquier trabajo, el patrón puede despedir sin notificación ni causa a las personas menores de 26 años. Otras medidas obligarán a los jóvenes de 14 años a dejar la escuela y ser aprendices y trabajar de noche a los 15 años. En el caso de los jóvenes que trabajan, si no estudiaran, el gobierno suspendería la ayuda pública para sus familias. El primer ministro, el ministro del Interior Nicolás Sarkozy (blanco de la rebelión de noviembre) y el gobierno dijeron que la ley fomentaría el empleo y daría una oportunidad a probarse en el trabajo a los jóvenes de las unidades habitacionales que eran el foco de los sucesos de noviembre.

Lo que enfureció a los estudiantes era que el anteproyecto institucionalizaría y empeoraría las condiciones que para muchos ya son intolerables. Ya pasan muchos meses de aprendices mal pagados, lo que supuestamente constituye “formación” pero hacen el trabajo de antiguos empleados. Muchos pasan muchos años de trabajadores eventuales con diversos contratos de corto plazo, por lo común con poquitas prestaciones. La edad promedio a que los jóvenes franceses obtienen su primer trabajo es 32. En lugar de “igualdad de oportunidades”, la ley ampliaría la brecha entre distintas categorías de trabajadores y empleados. La ley daría de inmediato ciertos trabajos a los egresados de las escuelas elitistas y los trabajadores calificados, y daría a la mayoría de los jóvenes un futuro incierto. Los propietarios no arrendarían a personas sin un contrato de trabajo permanente y los bancos no darían préstamos para comprar carro. Las jóvenes quedarían fuera del mercado de trabajo que ya les discrimina por ser potenciales madres.

Acerca de trabajo para los jóvenes de los ghettos, una joven señaló: “Es el colmo del colmo. Primero, después de años de buscar es casi imposible conseguir un trabajo y ahora, en caso de encontrar uno, nos dicen que tenemos que aceptar un trato de segunda clase”. Otra dijo: “Quieren convertirnos en esclavos que no desafíen al patrón”.

Es más, en las zonas de la clase media y sobre todo las proletarias, los jóvenes tienden a tener más educación que sus padres. Han estudiado más horas y años que sus contrapartes de otros países ricos. No quieren la clase de trabajo que propone el anteproyecto: trabajo no calificado que nadie aceptaría.

Aunque el anteproyecto engendraría más desigualdad entre los jóvenes y entre los jóvenes y trabajadores mayores, casi todo mundo lo ve como parte de una tendencia general hacia la precariedad, la eliminación de la seguridad laboral relativa (y nunca absoluta) y otras necesidades mínimas de la vida, tales como servicios médicos y vivienda subvencionada. Al igual que los otros países europeos, Francia está desmantelando el “modelo social europeo”, el contrato social con que los imperialistas europeooccidentales compraban la sumisión de la clase obrera, por difícil que fuera la vida. En Francia, este modelo nació en las sublevaciones sociales de los años 1930 y avanzó durante las tres décadas de crecimiento económico tras la II Guerra Mundial. A su vez, muchos trabajadores, en especial muchos inmigrantes árabes y luego negros africanos, quedaron fuera de los trabajos mejor pagados y en los últimos años de los trabajos estables y el nivel de vida correspondiente.

La “clase política” francesa favorece los ataques a este modelo social, pero tiene divergencias sobre cómo hacerlo. Su justificación: que el capital francés tenga que competir con éxito en el mundo. No obstante, el éxito del capital francés en el mundo depende de muchos factores, sobre todo su confabulación y contienda con Estados Unidos y otras potencias imperialistas por el control de vastas regiones del tercer mundo y por las superganancias que eso genera. Muchos franceses no quieren pagar para mantener a flote a “sus” capitalistas. Sospechan que los sacrificios que se les piden probablemente no resuelvan los problemas del capitalismo francés.

En las últimas décadas, ha habido muchas luchas exitosas contra tales medidas. Por ejemplo, una huelga de trabajadores gubernamentales de un mes en 1995 obligó a suspender los recortes de pensiones. No obstante, la batalla se está perdiendo por desgaste. La precariedad caracteriza la situación para mayores sectores del pueblo trabajador. Para casi todos es un sable que pende de un hilo: amenaza al nivel de vida y la vida que han conocido y a la cual consideran que tienen derecho.

Por eso, los sindicatos acudieron a apoyar a los estudiantes, si bien al principio el apoyo era sólo de palabra y mediante negociaciones que los estudiantes rechazaban. Los comentaristas señalan que los sindicatos tienen un papel doble: apoyar a los estudiantes y desempeñar su papel de “socios sociales” del gobierno para controlar al movimiento, por ejemplo, algunas escuadras de seguridad de los sindicatos tratan de controlar las protestas callejeras. El 18 de marzo, el cuarto día nacional de acción (en quinto está programado para el 4 de abril), más de dos millones de personas se tomaron las calles en docenas de ciudades. Aunque las marchas se caracterizaron por la participación plurinacional de sindicalistas de todas las edades, la huelga general de las confederaciones sindicales ese día era tibia.

Como escribió el diario Le Monde, lo que llama los “partidos oficialistas” (no sólo los que conforman el actual gobierno sino los partidos de oposición que gobernaban en el pasado y que esperan volver al Poder) y la dirigencia sindical vinculada a ellos temen un “deterioro de la situación, una lasitud [de los partidos y los sindicatos] y una radicalización [de las masas en la calle] que no les beneficien”.

En el discurso de aprobación del anteproyecto, Chirac llamó en especial a la dirigencia sindical a encontrar una salida de la crisis política. Claramente, espera que se dividan los sindicatos y acepten un compromiso. Otras fuerzas políticas, como aquellas que representa Le Monde (que simpatizan con el opositor Partido Socialista), dicen que si los sindicatos rompieran con los estudiantes, éstos podrían salirse aún más de control. O sea, aunque ambos bandos del conflicto cuentan con el apoyo de pilares del orden establecido, es una situación muy desfavorable para la clase dominante francesa, porque ésta no tiene buenas opciones claras. Ni tienen ninguna solución concreta a las contradicciones que rigen la crisis, y la polarización de la sociedad les es muy negativa.

En general se considera al líder de la mayor unión estudiantil, desde hace mucho semillero para futuros políticos del Partido Socialista, como el vocero oficial de los estudiantes, pero hasta ahora el movimiento no ha tenido ninguna dirección nacional ni dirección local permanente. En universidades y secundarias se toman decisiones, a veces a diario, en asambleas generales, y celebran algunas reuniones nacionales de delegados en una ciudad de provincia distinta cada vez. La principal coordinación proviene de los estudiantes que se desplazan a otras escuelas para ampliar la huelga y organizar acciones unidas. Esto genera debate: ¿Si la mayoría no ha votado por la huelga, se debería bloquear las entradas de las escuelas? Si no se emprenden acciones avanzadas, ¿cómo despertar a los elementos inactivos?

Tal vez el punto más fuerte del movimiento es su amplitud, en dos sentidos. Primero, su capacidad de combinar el amplio apoyo de la sociedad con acciones desafiantes (y controvertidas). Después de la decisión de Chirac, los estudiantes ensayaron formas de lucha cuyo objetivo era obligar a un gobierno que no escucha a ponerles atención, como apoderarse de terminales ferroviarias y bloquear carreteras y cruces importantes. Los estudiantes han tomado algunas escuelas, y ante la ocupación policial, han vuelto a tomarlas.

         Segundo, la capacidad de atraer a jóvenes de muchos sectores de la clase obrera y de las clases medias. Siguen fuertes la combatividad y la conciencia radical de los estudiantes universitarios. A su vez, el espectro de la rebelión de noviembre y de la potencial fusión de esa furia con el actual levantamiento acosa a la “clase política” y el orden establecido, inclusive (o quizá en especial) los partidos “de izquierda” que “apoyan” al movimiento. En las últimas semanas, los jóvenes de secundaria han llegado a ser por lo menos tan numerosos y activos como los estudiantes universitarios, lo que impulsa un movimiento de una composición social y étnica muy variada. Las muchachas participan tanto en las acciones y la dirección en las escuelas secundarias como las jóvenes en las universidades. En algunas escuelas proletarias la mayoría de los activistas son muchachas, en parte porque más muchachos dejan la escuela. Éste es un contraste grande con los sucesos de noviembre casi exclusivamente masculinos. Muchos jóvenes participantes ahora provienen de los mismos sectores sociales que aquellos que quemaron carros y lucharon con la policía en noviembre. Es clara la compenetración de los dos movimientos, aunque es difícil definir exactamente en qué medida.

La marcha de los acontecimientos al final de la protesta del 28 de marzo en París era muy aleccionadora. Se pusieron los contingentes de diversas escuelas a la cabeza de la marcha, que atrajo a personas de los suburbios y otras ciudades. Caminaron despacio en una formación relativamente disciplinada, a menudo con un cordón de personas tomadas de las manos alrededor de un contingente particular. Otros jóvenes, con capuchas de sudadera, pantalones atléticos huangos y caras muy serias, se desplazaban rápidamente en grupos pequeños por entre la muchedumbre, seguidos de escuadras de policías encubiertos. En la vanguardia, cientos de jóvenes se reunieron en la Plaza de la República, el destino final. La mayoría era de origen africano, con un número muy grande de muchachas, y unos jóvenes de otras nacionalidades. Al principio había peleas entre chicos de barrios diferentes. El Ministerio del Interior, la policía y las fuerzas de seguridad sindical se reunieron para ver cómo controlar la protesta contra éstos y otros jóvenes rebeldes. La fuerza de seguridad del CGT (un sindicato dirigido por el revisionista Partido Comunista de Francia, otro partido oficialista), se lanzó contra la juventud primero, para alejarlos de las vitrinas y a veces los atacaron sin provocación, pero los jóvenes se burlaron de ellos. Algunos jóvenes arrebataron teléfonos celulares o cámaras a los manifestantes. Brotaron discusiones y a veces salieron los puños cuando algunos jóvenes trataron de impedírselo. (Los provocadores policíacos también metieron mano.)

La batalla iba tomando como blanco a la policía, en un confuso hervidero de choques entre la juventud, policías antimotines con protección corporal y “escuadras de detención” más pequeñas de policías encubiertos (a menudo con calcomanías izquierdosas y otra parafernalia política del movimiento) que persiguieron por entre la muchedumbre a los jóvenes. Los chicos se burlaban de los robocops, y luego se dispersaban en la multitud ante los ataques de la policía. Toda la multitud coreaba y gritaba contra la policía. Luego, los jóvenes se reagruparían y atacarían dondequiera que la policía se quedara dispersa y vulnerable, y así sucesivamente por horas. En un punto un número grande de estudiantes universitarios organizó un plantón entre un grupo policías antimotines y la muchedumbre, lo que frustró la represión. Aunque los más combativos era una minoría, no se obligó a nadie a estar en la plaza (la seguridad sindical recomendaba que se fueran a casa). Los luchadores no podían haber atacado a la policía sin la gran muchedumbre en que esconderse. El tamaño de la muchedumbre no combativa creció y disminuyó con la llegada o salida de nuevos contingentes. Por la tarde, cientos (1.500, según el policía) de jóvenes güeros y otros vestidos para el combate se unieron a la acción. Por último la policía usó cañones de agua, gas lacrimógeno y granadas aturdidoras para despejar la plaza.

Se debatieron todo eso y escenas similares en el acto y después. Una antigua activista política dijo a sus amigos que podrían y deberían haber intervenido físicamente con la fuerza para rescatar a los arrestados por las “escuadras de detención”. Eso, dijo, habría ayudado concretamente a forjar un sentimiento de solidaridad contra el enemigo común. La mayoría de las personas se oponían a la violencia de jóvenes contra jóvenes, y muchos jóvenes de la clase media y de la clase obrera criticaban en general a aquellos que acudieron solamente para pelear. Pero los jóvenes también luchaban por no dejarse dividir y por superar algunas verdaderas divisiones. El lema muy coreado “¡Todos juntos!” tiene contenido. En una asamblea general de secundaria unos días después para evaluar la protesta, un joven de origen argelino quien se identificó como un “moderado” dijo: “Ellos [los luchadores duros de otros barrios] estaban en las calles con nosotros; no son como los chicos de nuestra escuela quienes no participaron. Todos somos parte de una sola juventud con maneras diferentes de expresarnos”. Todo mundo vitoreó cuando agregó: “¡Y nosotros la juventud decidiremos el futuro de este país, no el gobierno!” La reunión resolvió criticar al CGT y demandar que deje de portarse como policía. En una universidad parisina, los estudiantes colgaron un estandarte: “Todos somos luchadores”.

Muchos chicos ven dos corrientes, y la relación entre las dos es un tema candente. Algunos lo ven como cosa de privilegio relativo de sectores de la clase obrera, otros como una brecha entre adolescentes de 15-16 años o menos y chicos mayores, y otros más como diferentes puntos de vista. Varias jóvenes de origen africano en la Plaza de la República y otras en un debate animado después de una asamblea general de secundaria en un suburbio proletario de París dijeron cosas similares: Todas somos de la misma zona, pero algunos chicos se consideran los más politizados y otros no tienen esperanzas y no esperan obtener resultados buenos de la acción política. Algunos chicos rechazan las protestas por muy moderadas, pero muchos van a las reuniones y acciones. Son parte del movimiento; lo influencian y éste los influencia.

Es aleccionador ver los estudiantes de secundaria predominantemente güeros y principalmente de la clase media quienes se reunieron en la plaza de la Bastilla en las horas antes del discurso de Chirac, para bloquear el tráfico. Aunque eran relativamente no violentos, la policía antimotines los obligó a retroceder a un edificio mientras que la policía encubierta merodeaba por la muchedumbre para detenerlos uno por uno y llevárselos con violencia. Con los estudiantes universitarios, escucharon el discurso y después emprendieron una loca marcha por París: de 26 km en seis horas. Cinco mil llevaron la acción a edificios presidenciales y parlamentarios, y dieron una vuelta por Montmartre, la colina donde en 1871 la Comuna de París revolucionaria libró su última batalla, y cantaron La Internacional. Escaramuzaron con la policía hasta las 3 de la madrugada. Se informa que hubo 700 arrestos esa noche, con varias personas golpeadas muy feo.

Es imposible decir cuántos jóvenes aceptarían la misma clase de contrato social que recibieron sus padres, pero en su mayoría piensan que no se les están ofreciendo eso ahora. Eso hace reflexionar, pero les cuesta trabajo definir qué podrían aceptar. Debaten incansablemente diferentes posibilidades y cómo podrían ser las cosas en una escala nacional y a veces internacional. El 28 de marzo miles de estudiantes de secundaria lucieron una calcomanía con el lema Rêve général (“Sueño general,” un juego de palabras con el término Greve générale, o huelga general). También se oye la consigna de mayo de 1968 “Ser realista, exigir lo imposible”. Muchos dirán que ésta no es la revolución, algunos con tristeza y otros en defensa del movimiento. Una consigna muy popular reza: “¡Res-is-tance!”

En general, los jóvenes piensan que pueden obligar al gobierno a ceder a sus demandas. Una fuerza motriz del movimiento es la furia porque el gobierno se ha negado a ceder a los anhelos declarados de la mayoría de las masas. Lo consideran tiranía, lo que ha sorprendido a muchos, y quizás a la mayoría. Está la convicción por lo general sin oposición de que si una cantidad mágica de personas, más que los millones hasta ahora, se tomara las calles, el gobierno tendría que escuchar.

Pero aunque los jóvenes tienen ilusiones acerca de una victoria fácil, la intransigencia del gobierno no los ha hecho dar marcha atrás, por lo menos hasta ahora. Muchos esperan que un nuevo gobierno de izquierda sea un “mal menor”, pero critican los programas que los “partidos oficialistas” insertan en el movimiento. Otros tienen pocas esperanzas de obtener un lugar aceptable en este sistema y pocas ilusiones de que un resultado electoral opere el cambio fundamental que requieren, si bien algunos de ellos tienen ideas confusas y a veces erróneas acerca de quiénes son sus amigos y quiénes son sus enemigos.

Ninguna revolución es concebible sin los jóvenes de abajo de la clase obrera en el núcleo, con una combinación de profundo odio a cómo son las cosas y una amplia visión de qué traería y requeriría un cambio social concreto. La revolución tampoco es posible a menos que aquellos que menos tienen que perder puedan romper el aislamiento social que los rodea en tiempos ordinarios y unirse contra el enemigo común con muchos sectores para los cuales el sistema ha sido más tolerable en el pasado. Éstos son tiempos en que ya no parecen que tales cosas sean imposibles.