Boletín N° 134 - 7 de noviembre de 2005
  Los rebeldes de Francia encienden al cielo

La clase dominante francesa confronta su mayor crisis desde hace décadas. Por primera vez desde la época de la guerra colonial en Argelia, el primer ministro, Dominique de Villepin, le ha echado mano a una ley de hace medio siglo para declarar estado de emergencia e imponer toque de queda por la noche. Aunque dijo que no despachará el ejército por ahora, sus críticos dicen que imponer tales medidas se puede tomar como un desafío, y que si no aplica suficiente fuerza para hacerlas cumplir le puede salir el tiro por la culata. ¿El problema? Una rebelión de lo que el ministro de Gobierno, Nicolas Sarkozy, llama la racaille, o sea, "la escoria de la clase baja". Los jóvenes de los complejos multifamiliares pobres que rodean las ciudades (llamados cités en Francia) se han lanzado al centro de la vida nacional.

Poco después de su nombramiento, Sarkozy declaró "una guerra sin piedad" contra "la chusma" de los suburbios pobres. Dijo que "limpiaría" los cités (donde vive gran parte de los inmigrantes y de la clase obrera baja de todas las nacionalidades) con una manguera de alta presión, como las que utilizan para limpiar el excremento de perros de las aceras. No eran palabras vacías. Desencadenó a la policía a molestar y humillar a los chavos más que de costumbre. La policía patrulla las calles y los para a fin de "verificar la identidad", los tira al suelo, los esposa si dicen una palabra de protesta y los maltrata salvajemente. En las últimas semanas ha redoblado esas medidas represivas. De vez en cuando los chavos han respondido quemando carros al azar, lo que ha llegado a ser un símbolo de rebelión en Francia en los últimos años.

La indignación acumulada estalló el 27 de octubre en Clichy-sous-Bois, un suburbio pobre al este de París. Un grupo de adolescentes regresaba a casa después de jugar fútbol. Más tarde la policía dijo que uno de ellos trató de entrar a la fuerza en la oficina de una obra en un lote vacío, aunque resulta que no hay oficina en el lote ni nada de valor. Llegó el BAC (una brigada policial cuya misión es agredir a los jóvenes del cité ) y los chavos salieron corriendo. Tres de ellos escalaron una cerca de un metro y medio. Varios chavos arrestados antes, que estaban en radiopatrullas, oyeron las comunicaciones de radio: un policía informó que vio a unos jóvenes escalar la cerca de una subestación eléctrica. "Están en peligro mortal", dijo. Le contestaron: "Bueno, no llegarán muy lejos". Una hora más tarde llegó un escuadrón de bomberos. Cortó la electricidad y encontró a dos muertos y al tercero gravemente quemado.

Esa noche, pequeños grupos quemaron basureros y carros, y le tiraron piedras y botellas a la policía. Al día siguiente, en la tarde, los jóvenes del barrio hicieron una marcha de solidaridad con las familias de los muertos, Bouna Traore y Zyed Benna. La prensa informó que los dos tenían 15 y 17 años, pero unos vecinos dijeron que eran más jóvenes. Bouna, cuya familia es de Mauritania, era conocido como buen futbolista. A los vecinos les gustaba Zyed, de Túnez, porque les hacía mandados. Esa noche estallaron más brotes de rebelión más o menos del mismo nivel.

A los pocos días Sarkozy llegó en helicóptero a un suburbio cercano; los chavos dijeron que no tuvo las agallas de ir directamente a Clichy. En lo que tantos sus partidarios como sus críticos calificaron de provocación machista, despotricó contra los "malhechores" y la racaille . El 31 de octubre, la policía disparó gas lacrimógeno en una mezquita llena una noche importante del Ramadan, el mes sagrado musulmán. Las consecuencias repercutieron toda la semana. Las autoridades no quisieron pedir disculpas y los padres de los jóvenes muertos se mantuvieron firmes a pesar de intentos de apaciguarlos.

En vez de calmarse durante el fin de semana, las llamas cobraron fuerza y se regaron. Cada noche quemaron centenares de carros; docenas de chavos fueron a parar a la cárcel. Una semana más tarde, cuando la situación empezaba a calmarse en Clichy, estalló en Aulnay-sous-Bois, un suburbio cercano. Pequeños grupos de chavos jóvenes quemaron carros en 20 suburbios de París, la mayoría en el departamento 93 (al este y al norte). Además, quemaron una delegación policial, una oficina para desempleados, varias tiendas, dos escuelas y una terminal de autobuses. El viernes 5 de noviembre, estaban destruidos un total de 900 carros en los alrededores de París; a la noche siguiente, ardieron otros 500 en París y casi 800 en una media docena de ciudades por todo el país.

Con la excepción de un jubilado de la industria automotriz, que murió en circunstancias sospechosas en un lote de estacionamiento, y de un puñado de transeúntes heridos, ha habido pocos informes de ataques contra gente común y corriente. De hecho, ha habido menos peleas entre los chavos de diferentes barrios que de costumbre. Los blancos son claros y en un sentido amplio no son al azar: la policía, el gobierno y sus representantes, y el orden social establecido. Quemar carros es un reto a la autoridad, y las fuerzas del orden no lo pueden tolerar.

La policía respondió con cañones de agua, balas de goma, gas lacrimógeno y cachiporras. Los chavos dicen que las balas de goma causan mucho dolor, especialmente cuando les dan en la cara o el cuello. El 4 de noviembre, por primera vez en la historia de Francia, despacharon helicópteros a sobrevolar los edificios de los alrededores de París y una ciudad más. Proyectaron reflectores en las escaleras y los departamentos, filmaron y coordinaron las redadas de escuadrones móviles. Las tácticas de la policía han pasado por etapas. Al comienzo no hacían muchos arrestos. Detenían a todos los que podían, pero al rato los soltaban. Parece que temían echarle leña al fuego y esperaban que la situación se aplacara. Una semana y media después, cuando la lucha no daba señales de aplacarse, Sarkozy declaró: "Hay que hacer muchas detenciones". Se pusieron a arrestar a centenares de jóvenes cada noche. El 7 de noviembre, 20 jóvenes estaban sentenciados a la cárcel y 30 esperaban juicio acusados de delitos graves. Según las cifras oficiales, la mitad de los sentenciados son menores de 18 años, y casi todos menores de 25.

Las autoridades han dicho que los chavos "utilizan armas de fuego", algo poco usual en Francia. La policía afirmó que un grupo de chavos les "tendió una emboscada" en Grigny, al sur de París, con bates de béisbol y armas de fuego. En realidad, dos agentes sufrieron heridas menores con perdigones, que no matan. La policía dijo que encontró un cartucho de rifle en el suelo, pero podría ser un pretexto para usar sus propios rifles.

Un editorial de Libération, un periódico supuestamente izquierdista, dijo que las peleas las "organizaron los líderes de las pandillas ansiosos de sacar corriendo a la policía para vender drogas, y los imanes [religiosos] musulmanes que buscan carne de cañón para la jihad". En cuanto a la primera acusación, los vecinos les dijeron a los medios que los narcotraficantes no quieren disturbios que perjudiquen los negocios. Como dijo un señor de Aulnay: "Al gobierno le encanta que haya tanta droga en los barrios pobres". No cabe duda de que en los cités hay una enorme economía subterránea, pero no tiene nada que ver con esta rebelión.

Unos politiqueros le echaron la culpa a Al Qaeda, que es una forma de decir que la respuesta del Estado debe ser un baño de sangre. Pero la acusación de que los imanes musulmanes están dirigiendo la lucha, o de que es un levantamiento conscientemente islámico, es falsa. Los líderes musulmanes de los cités han despachado gente a calmar la situación desde el comienzo. Incluso cuando simpatizan con los chavos contra el gobierno, se oponen a la rebelión. La Unión Francesa de Organizaciones Islámicas promulgó un fatwa (decreto religioso) que prohíbe a los musulmanes participar en "cualquier acción que destruya ciegamente la propiedad privada o pública o que pueda llevar a un ataque contra la vida humana".

La actitud del gobierno hacia el islam es de doble faz. Ataca los derechos de los musulmanes con el velo del laicismo. Por ejemplo, prohibió que las estudiantes se cubrieran la cabeza, lo que equivale a sacar de las escuelas a las jóvenes musulmanas devotas, y es racismo y chovinismo. Por otro lado, Sarkozy se ha esforzado por poner a los imanes bajo la tutela del gobierno, y controlar su selección y finanzas. De esa manera busca convertirlos en un brazo del Estado para regir las comunidades inmigrantes. En Aulnay, una señora dijo: "Cada vez que ocurre algo así, construyen una mezquita. Como si eso fuera lo que hace falta".

Para el gobierno, el problema fundamental de esta rebelión no es quiénes están al mando, sino que nadie está al mando. Nadie la empezó así que nadie la puede parar. Los medios extranjeros han exagerado las peleas hasta cierto punto. En realidad ha habido pocas luchas campales y hasta en las acciones relámpago pocos agentes resultaron heridos. Por lo general los chavos evitan las confrontaciones directas porque saben que no las pueden ganar. El problema para el gobierno es que, a pesar de las acciones de Sarkozy, la situación se ha salido de control. No es una demostración del poder del Estado, como esperaban, sino de sus límites y del poder de las masas. Hasta la fecha las autoridades no las han podido parar, y sólo han logrado echarle leña al fuego y regarlo por todo el país. El Estado en sí no está en peligro, pero los chavos están disputando la autoridad.

Se dice que la policía nacional antimotín, los CRS, está agotada. En una reunión sobre la crisis el 4 de noviembre, además de los ministros encargados de la situación interna, participó el ministro de Defensa. Pero recurrir al ejército no es necesariamente una solución, sobre todo a largo plazo. En un suburbio del departamento 93, un tendero que criticó a los chavos por destruir propiedad privada, explicó por qué el gobierno no quiere despachar al ejército: "Si viene el ejército, voy a cerrar la tienda y los demás tenderos harán lo mismo. Nadie lo aceptará de brazos cruzados". De hecho, la hostilidad sería mucho más amplia y podría llevar a una polarización contra el gobierno de mucha gente que hoy no está del lado de los chavos. En Francia hay un amplio y profundo desdén por las fuerzas del orden, dado su papel en la colaboración del gobierno con la ocupación nazi durante la II Guerra Mundial, la guerra colonial en Argelia y la represión de la rebelión de mayo de 1968.

Esta crisis ha tenido efectos contradictorios en la clase dominante y en "la clase política", o sea, los que se turnan en la cima del gobierno. A ratos los ha enemistado y a veces los ha separado. Al comienzo, el primer ministro, Dominique de Villepin, se distanció de Sarkozy, un rival político al que critica por bocón y desaforado. El presidente, Jaçques Chirac, se mantuvo callado y se distanció de ambos. El ministro de "Igualdad de oportunidades", el árabe de muestra del gobierno, también condenó las palabras de Sarkozy. Uno de los sindicatos policiales pidió que Sarkozy se callara porque ponía en peligro a los agentes. Pero una semana más tarde, la bocota de Sarkozy era la menor de las preocupaciones del gobierno.

Los chavos exigen la renuncia de Sarkozy, una demanda a la que le hacen eco los inmigrantes, los habitantes de los cités de todas las nacionalidades e incluso gran parte de la clase media. Sarkozy es el símbolo de la represión: un politiquero que dice que sigue "el estilo norteamericano", o sea, un reaccionario agresivo sin disimulo. Esto es perfecto para el cargo de ministro de Gobierno, y por eso lo escogieron. Su papel es reprimir a los inmigrantes y sus hijos, a los huelguistas y a todos a los que haya que aplicarles la mano dura. Es posible que al comienzo Chirac y de Villepin esperaran que la arrogancia de Sarozky llevara a su caída, pero ahora no pueden aceptar que la racaille saque corriendo al policía número uno.

El Partido Socialista no se atreve a aprovechar la situación para frenar su propio declive, a pesar de que a sus propias bases les encantaría que atacara a Sarkozy. Por el momento los líderes del Partido Socialista piden "restaurar la calma" y no se han sumado a la demanda de que renuncie.

Al Partido Comunista (un partido revisionista) tampoco le gusta la situación. Les echa la culpa a Sarkozy y a la derecha, como si no hubiera tenido la misma actitud hacia los chavos de los cités cuando compartía el poder con los demás partidos de la "izquierda" parlamentaria (el ministro de Educación socialista los tildó de "salvajes"), y como si durante sus muchos años en el Poder no hubiera contribuido a forjar la sociedad francesa actual. Pidió la renuncia de Sarkozy, pero se distanció de los chavos. Cuando le preguntaron si los chavos que queman carros son "víctimas o delincuentes", la presidenta del partido, Marie-Georges Buffet, contestó de inmediato: "Delincuentes". El periódico del Partido Comunista comentó que la rebelión es "una consecuencia desastrosa de medidas desastrosas", y pidió una investigación de la muerte de los dos jóvenes, como si no se supieran ya los hechos y el pueblo no hubiera dado su veredicto. El Partido Comunista organizó una manifestación "en pro de la paz" frente a las oficinas del primer ministro y manifestaciones parecidas en los barrios de clase obrera. Por su parte, los chavos se han rebelado por igual en las ciudades que tienen alcaldes derechistas, socialistas y comunistas, porque no les importa cuál partido esté en el Poder.

La verdad es que Francia ha tenido muchos años de "calma" y "paz" social porque los oprimidos no se han rebelado contra la opresión que sufren. ¿Pero qué tiene de bueno aceptar la vida que se les impone a los chavos y a la gran mayoría de la población? La violencia contra la gente común y corriente ha disminuido y los chavos están llenos de entusiasmo. La rebelión no es "desastrosa"; es algo muy bueno. Es un soplo de aire fresco en medio de una situación política y social sofocante; es algo positivo en medio de una atmósfera de cinismo y de enterrar la cabeza y arreglárselas como pueda, que prevalece desde la derrota de la rebelión de mayo de 1968 y la traición de las esperanzas populares por el gobierno socialista de François Mitterand, que contaba con el apoyo de los revisionistas. Los chavos quieren luchar, no votar, y rechazan la idea predominante de que no se puede cambiar nada en un país donde hace unos pocos años la ciudadanía se unió para derrotar al candidato fascista Jean-Marie Le Pen, pero después eligió a Chirac y Sarkozy. Sean cuales sean los errores de los chavos, esta rebelión representa la mayor esperanza desde hace décadas de forjar una sociedad diferente.

En contraste con Sarkozy, de Villepin (que desempeña el papel de "buen policía") ofreció crear un programa para que los chavos dejen los estudios a la edad de 14 (en vez de 16) y sean "aprendices" de oficios sin futuro que pagan menos del salario mínimo. Es decir, lo mejor que les pueden prometer es más o menos la misma clase de vida que les ofrecieron a sus padres (que lo toleraron con la esperanza de que sus hijos tuvieran una vida mejor). Lo que los falsos socialistas y los revisionistas no quieren admitir es que, incluso si los capitalistas y su gobierno quisieran ofrecer a esos jóvenes trabajos dignos, no lo podrían hacer y sacar ganancias. Por eso la clase dominante piensa que los desempleados, y los inmigrantes y sus hijos en particular, son "inservibles", y que hay que reprimirlos y deshacerse de ellos cuanto más se pueda. Las medidas de Sarkozy son una expresión de esta realidad económica.

La queja que se oye de una amplia gama de gente "política", hasta de la "extrema izquierda ", de que esos chavos son "apolíticos", es unidimensional y ridícula, aunque no tienen la conciencia necesaria para llevar la lucha a un nivel más alto, ni siquiera en el sentido de conocer la naturaleza de sus enemigos y de buscar aliados para luchar. No es "apolítico" rechazar la vida que el sistema les ofrece. Todo lo contrario: es rechazar la definición burguesa de la política aceptable y de que el punto de partida de la política es, como dijo Libération, el "reconocimiento" de que el actual sistema es el único posible. En realidad, además de rechazar su propia situación, estos chavos observan lo que está pasando por todo el mundo, por ejemplo en Irak y Palestina. Le ponen más atención a los sucesos mundiales que muchos de sus mayores, que han abandonado su oposición a los crímenes imperialistas porque se han tragado el cuento de que "su" gobierno no está metido.

Estos jóvenes no son ni "víctimas" ni "delincuentes". Están haciendo historia en un país donde la mayoría de la ciudadanía se siente avasallada; han tomado por asalto el escenario de la vida política, que los ha excluido. Los partidos políticos oficiales y la oposición oficial coinciden en que hay que sofocar y/o aplastar, y sobre todo, parar, esta rebelión, y rápidamente. Los chavos buscan despertarse en un país dormido, y es más que hora.