Boletín N° 134 - 7 de noviembre de 2005
  De un corresponsal: Conversaciones en Clichy-sous-Bois

Clichy-sous-Bois, Francia: Al atardecer, una semana después de la muerte de Bouna Traore y Zyed Benna aquí en Clichy-sous-Bois, al pie de una colina donde termina el complejo multifamiliar y empieza un barrio de casas particulares, los vecinos se reúnen después del trabajo en una taberna/tabaquería, el único lugar público de los alrededores.

El corresponsal se arrimó al bar y explicó a los presentes que quería escuchar qué opinaban sobre los últimos sucesos. La única mujer era una chava ante la caja. Los hombres al frente eran puros güeros. Un tipo treintón y su amigo sesentón hablaron primero. El primero se quejó de que incendiar los carros de la gente que los necesita para ir a trabajar perjudicaría a los vecinos. Aún no le había tocado pero teme que dispare el seguro. Siempre ha vivido en el cité, casi desde que se construyó a inicios de los años 1970, tal como mucha vivienda de la clase obrera francesa. Al comienzo, era bonito, con jardines de flores, pero poco a poco se iba desmoronando. Los dueños no le dieron nada de mantenimiento, pero también echó la culpa a los vecinos. Mucha gente no quiere buscar trabajo; se contenta con la ayuda del gobierno, unos cientos de euros al mes. "Casi ninguno de estos chavos tiene un trabajo estable", agregó.

Al comienzo, el segundo señor medio estaba de acuerdo. "Me inicié en la construcción a los 15 años, tal como los demás en ese entonces. Cuando me jubilé, tuve 50 años de pagos al seguro social. De los chavos de hoy casi nadie encuentra trabajo permanente sino hasta los 30 años. Por ejemplo, tú comenzaste como camionero y te ayudé a conseguir ese trabajo". Casi todos aquellos de Cliché, tanto de las enormes torres cités como de las casa particulares, son obreros. Una diferencia importante no es la industria en que trabajan sino si el trabajo requiere de calificación o solamente una fuerte espalda, y cuán estable es el empleo. Muchos padres de la gente mayor trabajaban en la construcción y las madres, si es que trabajaran, limpiaban casas. De sus hijos, sobre todos los chavos de origen árabe y africano, en cualquier momento casi la mitad no tienen empleo y la mayoría de los trabajos son eventuales.

A todos les afectó la muerte de Bouna y Zyed. Decían que se cometió un crimen y que se tendrá a castigar a alguien. El camionero dijo que si los chavos no hubieran hecho nada malo, una opinión que todo mundo, y hasta un policía, comparte, no deberían haber huido de la policía. El cantinero veintiañero, tal vez de una familia portuguesa, lo interrumpió. "Ya sabes que la chota los habría dado una paliza. Lo hace con todos nosotros. Yo también habría huido". Los demás asintieron con la cabeza cuando uno dijo: "Si Sarkozy ganara la presidencia, estaríamos fritos". Pero se molestaron por el incendio de propiedad ajena. "Ellos no pagarán", dijo el caminero señalando a París, el centro del poder y riqueza. "Nos tocará a nosotros pagar la cuenta".

Un joven dejó el bar y se fue con una taza de café al salón de atrás. Ahí, de 15 a 20 señores, desde adolescentes a treintiañeros, jugaban con dos antiguas máquinas de juegos. Nadie tomaba. "No somos de por acá", respondieron con cautela a las preguntas. Al principio dijeron que venían de visita del norte, de Bretaña. "Aquí le va bien a todo mundo. No hay problemas". Dieron a entender que "no ser de por acá" quería decir "ser de por allá arriba", del cité en el cerro. "De por acá" quería decir las pequeñas casas al otro lado de la calle de la cantina, el barrio al que "pertenecía" la cantina. Ellos estaban ( acá abajo" esta noche porque no había ningún lugar donde les permitiría estar ahora. Cuando se estrechaban las manos, se tocaron el corazón con el puño derecho, un gesto islámico que los chavos de las clases populares del país en general han adoptado al igual que se ha adoptado el saludo afroamericano de chocarse las manos, hasta en Inglaterra. Se alivianaban un poco antes de ir a un centro nocturno.

Empiezan describiendo las viviendas. El complejo multifamiliar donde viven ( cité) es de particulares. Por eso, dicen, lo han dejado desmoronar tanto. Y no es el peor de todos: cada edificio solo tiene centenares de inquilinos, en comparación con los miles que viven en las enormes torres de los HLM (proyectos de vivienda pública). Pero los dueños pueden cobrar más alquiler, unos 600 euros por familia, o sea, más de la mitad de los mil euros que un trabajador promedio gana en un trabajo de tiempo completo. Me preguntan: "¿Te parece normal que en todo el pueblo no haya una biblioteca o un cine?". Una queja que se repite por todas partes en estos suburbios pobres es que los construyeron lejos de todo a propósito, con transporte público solamente a los lugares de trabajo y sin manera de viajar por la noche, especialmente a París. "Incluso si uno tiene carro, la policía para y humilla a los que tienen placas del departamento 93", dice un chavo. "¿Por qué construyeron bloques cerrados, en vez de edificios normales?", dice otro. Lo llaman un ghetto, no en el sentido estadounidense de un barrio donde vive casi exclusivamente gente de una o dos nacionalidades, sino en el sentido original de la palabra: un lugar donde obligan a vivir a cierta gente y del que casi no le permiten salir.

"Se debe a nuestro origen: somos de otros países, tales como Argelia, Marruecos, Malí y Turquía". Como dicen los chavos blancos de Portugal, España y otros países que viven en los cités (por ejemplo, el cantinero), a la policía no le gusta nadie que vive ahí.

Un chavo habla de la muerte de Zyed, que era su vecino. También describe las redadas policiales en los edificios ocupados por inmigrantes recién llegados, que son paracaidistas, y la amenaza de Sarkozy de hacer deportaciones en masa. Son señales de lo que les espera, de que la sociedad oficial los considera menos que seres humanos... de hecho, menos que animales, porque a sus ojos son peligrosos. Todos son ciudadanos franceses, pero en realidad eso no importa. Uno explica con amargura: "Si dicen que tienen que limpiar nuestros barrios, eso quiere decir que piensan que somos suciedad que hay que tirar". Otro agrega: "Si tienes cierto nombre, la mayoría de las compañías no te dan trabajo. Si tu dirección está en el departamento 93, como Clichy por ejemplo, ni siquiera te dan una entrevista. Solo podemos trabajar en un taller de costura ilegal en un departamento, y hoy hasta esos trabajos son menos. Y no nos gustan". Varios de los mayores sí trabajan; los jóvenes no quisieron hablar de cómo viven.

Se consideran islámicos, en el sentido de que es parte de su identidad... y especialmente de la identidad con que los juzga el resto del mundo. Pero sus ideas son laicas y sus metas de ninguna manera son religiosas. Por toda la zona mucha gente está indignada por el ataque con gas lacrimógeno contra la mezquita. Más que un ataque contra su religión, lo consideran un insulto a su humanidad. Lo explican así: "Hay dos o tres iglesias por aquí y una sinagoga. [La sinagoga está al lado del cité. ] Nunca las han atacado, porque respetamos a los demás, no importa su religión. Si atacan una mezquita, nos muestran que no nos respetan nada".

A la pregunta de qué esperaban lograr con sus acciones, uno contestó: "Si no nos dan lo que queremos, habrá guerra". Se les dijo que el otro lado tiene un ejército de verdad y que no se podría vencer con piedras y cócteles molotov. Pero no veían la cosa así. El gobierno no podría contra todos, decían, sobre todo no todos aquellos que viven por todo el país. Con el tiempo la policía tendría que dar marcha atrás. Nos les asustaba la amenaza de una incursión del ejército.

"¡Nos van a tener que oír!", dice el vecino de Zyed. "Cuando llegues a casa enciende el televisor. Vas a ver que Francia sigue ardiendo".

Eso signó el fin de la conversación. Ya cerraban la cantina y los chavos iban para otro lado. Poco antes, uno dijo algo muy revelador. Se les preguntó: "Ese tipo del bar dice que está mal que incendien los carros de los vecinos que los necesitan para ir al trabajo. ¿Qué opinan?"

"Incendiamos carros, mister, porque son lo que mejor arde", respondió acalorado un joven que había tenido un papel protagónico en las últimas horas. Eso expresó lo mejor de estos chavos, y de sus debilidades. Estaban resueltos a rebelarse contra las injusticias a como dé lugar, sostenían que no tenían nada que perder y a veces no tenían miedo. Pero necesitan la ciencia revolucionaria para que puedan conocer con mayor claridad al otro lado y lo que se requiere para efectuar un cambio radical. Mao Tsetung dijo que el marxismo consta de miles de verdades pero que todas se reducen a una: se justifica la rebelión. Cuando estos dos elementos científicos se fusionen, el futuro de Francia y de los países europeos semejantes será diferente.