Boletín - 19 de mayo de 2014
  Turquía: Masacre en una mina desencadena una justa furia

La explosión que mató a por lo menos 301 mineros en la ciudad turca de Soma continúa resonando por todo el país, no solo por la magnitud de la tragedia sino también por la crueldad y brutalidad de la respuesta del gobierno de Recep Tayiip Erdogan.

La reacción inmediata del primer ministro fue negar que al gobierno o a los dueños de la mina se les pudiera acusar de la más mínima responsabilidad. Cuando 30 hombres murieron en un desastre minero en Zunguldak en 2010, en vez de hacer un llamado a tomar medidas de seguridad, Erdogan simplemente declaró que “Desafortunadamente, estas cosas están en el destino de esta industria”. Hoy, ante otra explosión dijo que “Esto es lo que se da en la minería de carbón”. Citando cifras de los accidentes mineros del siglo XIX en Reino Unido, concluyó: “Pues estas cosas pasan. Existe algo llamado accidentes de trabajo”.

Haciendo eco a tales opiniones, sus funcionarios emitieron una declaración indicando que si alguien era culpable, eran los mismos mineros y quizás sus supervisores más inmediatos bajo tierra. El fiscal general local les dijo a los periodistas que no hay a quién acusar porque los responsables ya estaban muertos.

Sin embargo los mineros, sus familiares y crecientes cantidades de más gente sabían que esto no era cierto. Durante semanas los mineros de este pueblo, a unos 500 km al suroccidente de Estambul, se habían quejado de que el carbón extraído estaba caliente, lo que era indicio de que había fuego en alguna de las vetas de carbón. Cuando se dio la explosión el 13 de mayo, había 787 hombres en la mina —los turnos de trabajo entrante y saliente se superpusieron para acelerar el trabajo pero violando la seguridad. Una ola de calor y del letal dióxido de carbono barrió los dos kilómetros de túneles, generando incendios y destruyendo el ascensor.

No se sabe cuánto gas se había acumulado antes de la explosión porque los detectores de dióxido de carbono de la mina no estaban operando. Según entrevistas con los mineros divulgadas en Today’s Zaman, la administración los apagó para evitar perturbar la producción en caso de que los medidores indicaran condiciones potencialmente peligrosas. Los detectores de gas metano estaban funcionando, pero algunos mineros piensan que la administración simplemente ignoró las lecturas en los instrumentos. El calor y el gas acumulados debieron haber sido una señal para evacuar a los mineros.

A los mineros tampoco se les había provisto de medios para lidiar con las secuelas de una explosión. El techo estaba hecho de tablas de madera, no de acero, aumentando el riesgo de que el fuego derribara los túneles. La mina no tenía secciones en donde los mineros se pudieran refugiar en caso de emergencia. Los sobrevivientes señalaron posteriormente que refugios como esos mantuvieron con vida a los mineros del famoso colapso de una mina de oro en Chile en 2010.

Turquía, Pakistán y Afganistán son los únicos países que no les exigen a los dueños de las minas instalar tales medidas de seguridad. Aunque los funcionarios del gobierno subestiman su importancia, diciendo que de todas formas ninguno habría sobrevivido al gas, no es más que una excusa. En todo caso es una señal de que el único plan de los dueños de la mina y del gobierno para afrontar un potencial desastre era saltarse las inversiones en seguridad y confiar en dios.

Lo peor de todo es que si bien a algunos de los mineros les habían dado máscaras de gas con filtros que automáticamente los protegerían del dióxido de carbono, se los habían deshabilitado a propósito, al parecer para evitar retrasos en la producción. De todas formas, la mayoría de las máscaras que les entregaron solo eran una simple tela, diseñadas para impedir la inhalación de partículas, sin filtros de gas en absoluto. Se dice que no fue la explosión sino el gas lo que mató a la mayoría de los mineros cuyos cuerpos se han recuperado. Las máscaras de gas adecuadas son costosas, pero, por ejemplo, en las minas de Alemania sería impensable trabajar sin ellas.

Un vocero del Partido de Justicia y Desarrollo [AKP] de Erdogan dijo que no existe “ningún vacío legal en la regulación sobre seguridad minera del país”. Se señaló que la mina tuvo 11 inspecciones en los últimos 5 años. Esto simplemente resalta la complicidad del gobierno con Soma Holding, la compañía que opera la mina. Los mineros dijeron que las inspecciones de seguridad siempre se avisaban por adelantado, permitiéndole a la administración prepararse, y que los inspectores del gobierno solo miraban los ejes principales, no los corredores laterales y nunca las profundidades de las minas.

Cuando Erdogan fue a Soma un día después de la explosión, se encontró con los familiares de los mineros que le gritaban “¡asesino!” y “ladrón”, y luego gritaban “¡Que renuncie el gobierno!”. Para escapar de la multitud él y su séquito se retiraron a la entrada de un supermercado, en donde el mismo Erdogan golpeó al familiar de un minero por abuchearlo. Esto fue captado en video, aunque no lo que siguió, cuando sus guardaespaldas apalearon a este hombre. En otro incidente un asistente cercano a Erdogan fue filmado pateando a un hombre retenido en el piso por dos policías de las fuerzas especiales.
Luego de que los videos se hicieron virales, Erdogan y su esbirro culparon a los hombres que ellos golpearon. Los que rechiflaron e interrumpieron al primer ministro eran “pandilleros”, dijo Erdogan. El asistente se negó a disculparse, porque según dijo estaba harto de sufrir “provocaciones, ataques e insultos” todo el día.

El presidente Abdullah Gul se las arregló para evitar crear una escena como la de Erdogan, pero también fue rechiflado cuando apareció en Soma.

Varios miles de personas se manifestaron en Soma el 16 de mayo, algunos cargando carteles que decían “No fue un accidente, fue un asesinato”. Los atacaron con cañones de agua, balas de goma y gas lacrimógeno. Al día siguiente, manifestantes de todo el país llegaron en buses. Las fuerzas de seguridad montaron controles en las carreteras para detenerlos. Entre las 30 personas detenidas había abogados que fueron a prestar asistencia legal a las familias. Fueron golpeados y esposados. Las autoridades del distrito dijeron que no permitirán más manifestaciones.

En la ciudad de Izmir, a unos 100 kilómetros al occidente de Soma, miles de manifestantes chocaron con la policía, construyeron barricadas y se defendieron con piedras y molotov. Cientos de personas en Ankara marcharon desde la universidad técnica hasta la sede de la compañía minera y luego al ministerio de minería.

En Estambul la policía rompió una vigilia de antorchas. Los habitantes golpearon ollas y cacerolas desde sus ventanas en solidaridad con los mineros y con los manifestantes, una táctica que ya se había visto en junio de 2013, cuando los barrios de clase media protestaron por la represión contra las manifestaciones masivas en la plaza Taksim. En la Universidad Técnica de Estambul los estudiantes se tomaron la facultad de minas para protestar por los vínculos de la universidad con Soma Holding.

Esta compañía es propiedad de una familia vinculada con el AKP de Erdogan. Es una de las varias grandes compañías privadas que han prosperado al tomar en arriendo las minas del Estado desde que se privatizara la industria del carbón en 2004. Durante este periodo, la compañía redujo el costo de la extracción de carbón de 130 dólares por tonelada en 2005 a 24 dólares por tonelada en 2012. El gobierno les compra todo el carbón producido.

Turquía tiene la tasa más alta de accidentes fatales por tonelada de carbón extraída, 7,22 mineros por millón de toneladas. Esto es cinco veces la tasa de muertes en China, y 361 veces la de Estados Unidos. Desde 2000 y hasta antes de las de Soma hubo 1.308 víctimas fatales debido a accidentes en minas de carbón, y en 2013 hubo en total 13.000 accidentes mineros. Turquía es uno de los lugares más peligrosos del mundo para trabajar en casi cualquier industria.

Algunas de las familias que perdieron a sus seres queridos en Soma se habían trasladado allí desde Zonguldak cerca del Mar Negro, en busca de trabajo luego de un desastre en 1992 que mató a 263 mineros, o luego de la explosión de 2010 allí, o por el cierre de otras minas. La mayoría son antiguos campesinas lanzados por la pobreza a los brazos de las muchas capas de subcontratistas que se ceban con ellos, conocidos como tasheron o dayibashi, las autoridades del pueblo, que los entregaron a las minas. El desarrollo del capitalismo moderno por el islamista AKP puede aprovechar este sistema de autoridad tradicional, religioso, patriarcal y feudal.

El carbón barato —carbón de sangre— juega un papel fundamental en la economía de Turquía, no solo por la importancia económica de la minería de carbón, sino también porque gran parte de las demás industrias turcas dependen directa o indirectamente del carbón, y el precio del carbón turco es un factor para su competitividad en el mercado mundial. El AKP ha hecho del carbón su símbolo, mediante los empleos que la próspera industria proporciona, y hasta repartiendo carbón y macarrones para ganar adeptos.

Este desastre minero tiene el potencial de poner al descubierto no solo la actitud básicamente anti-pueblo que subyace a su postura populista, su “lado oscuro” represivo, sino también su “lado brillante”, la naturaleza y el costo del crecimiento económico del que se jacta. Son dos caras de la misma moneda. La mina de Soma supuestamente era un símbolo del crecimiento económico de Turquía. Durante las protestas del parque Gezi y la plaza Taksim, el AKP intimidó y sobornó a los mineros para que usando sus cascos de seguridad amarillos abordaran buses para asistir a manifestaciones contra los jóvenes y en apoyo al gobierno.

Aunque Erdogan alega cínicamente que la muerte de trabajadores a escala masiva es el precio que tuvo que pagar Inglaterra por enriquecerse, sugiriendo que tales muertes sentarán la base para que Turquía “avance”, la verdad es que la riqueza de los países europeos y de Estados Unidos no proviene principalmente de la producción nacional, sino de la capacidad del capital monopolista de extraer ganancias de países de todo el mundo. La terrible situación de los mineros turcos, como los males del país en general, vienen de la posición subordinada de Turquía en el sistema imperialista mundial, incluyendo la superexplotación en las minas.

Tal vez una razón por la que el régimen de Erdogan reaccionó tan furiosamente a las protestas tras el desastre en la mina, temeroso de mostrar algo menos que una mano de hierro aun cuando eso podría ser políticamente costoso en una región cuyos trabajadores han sido una fuente de apoyo para el AKP, es la forma en que el grito de dolor de los mineros ha interactuado con otras vetas de disentimiento en la sociedad turca y las complejas divisiones en la clase dominante turca que se han hecho más evidentes en la forma en que los rivales de Erdogan tratan de usar este incidente para sus propios fines. El Departamento de Estado estadounidense hizo una crítica a Erdogan por golpear al manifestante, un indicio de problemas entre el régimen turco y EEUU, que antes buscaba cualquier ocasión para elogiarlo.

“Este no es momento de buscar un chivo expiatorio”, dijeron los funcionarios del gobierno poco después de la explosión. Pero una semana después el gobierno estaba tan desesperado por buscar chivos expiatorios que detuvo a decenas de funcionarios de la compañía minera y arrestó a varios sin especificar las acusaciones.

Tras cancelar las operaciones de rescate, han sellado las entradas de la mina con concreto, como si se cerrara todo el asunto. Alguna gente cree que hay más cadáveres bajo tierra. Soma permanece clausurada, con puntos de control en las calles de entrada y con las fuerzas de seguridad en constantes patrullas, el tipo de medidas de estado de emergencia tan comunes en el Kurdistán.