Boletín - 9 de marzo de 2015
  Palestina: un día de expulsión, 1949
  La novela histórica israelí Hirbet Hiza, se acaba de imprimir por primera vez en una poderosa editorial y en una edición para Estados Unidos, encontrándose así disponible para un público más amplio y siendo reseñada de ma-nera destacada. En esta ocasión publicamos de nuevo la reseña de este libro aparecida inicialmente en el SNU-MQG del 17 de diciembre de 2012. Para una breve descripción de la infame ejecución y violación en masa de palesti-nos en el pueblo de Deir Yassin en 1948, y para una mayor discusión sobre la planificación y realización por parte de Israel de la limpieza étnica de Palestina véase el artículo del SNUMQG "Nakba: La limpieza étnica de Palesti-na", del 12 de mayo de 2008.

Hirbet Hiza, un pueblo árabe [Barcelona: Minúscula, 2009], de S. Yizhar, trata de la expulsión de palestinos de su aldea en los meses finales de la guerra de 1948-49. Esta novela corta yuxtapone hábilmente las hermosas imágenes del paisaje palestino con la brutalidad de los soldados israelíes. Se puede sentir su hastío, su indiferencia, su furia, su emoción al matar, mezclados con la visión de “su” derecho a poseer esta tierra ya habitada, y su ocasional remordimiento de conciencia cuando obligan a los aldeanos a exiliarse. Lo que se desarrolla en la narración de Yizhar es un día completo durante la implementación del “Plan D” adoptado en marzo de 1948 por el líder sionista y primer jefe de gobierno de Israel David Ben-Gurión (el arquitecto ideológico y político de varios planes para librar a esta tierra de sus habitantes palestinos) y su grupo. El agresivo Plan D para desalojar a los palestinos les dio carta blanca a los comandantes del ejército para usar cualquier método para lograr sus metas.

Esta fue una de las primeras novelas escritas en hebreo. Reconocida como una pieza maestra de la literatura poco después de su primera edición en 1949, ha sido comparada con el estilo del novelista estadounidense William Faulkner que escribió sobre el sureste de Estados Unidos y las complejas relaciones entre los fanáticos blancos racistas y los descendientes de los esclavos.

La aparición de Hirbet Hiza en el recién creado Estado de Israel generó una espiral de controversia. Su calidad literaria sólo logró que la disputa fuera más encarnizada. Algunos la alabaron por su honestidad, mientras que otros la condenaron por enlodar los dizques “nobles y legítimos” objetivos del sionismo. La odiaban porque, basada en la propia experiencia como soldado israelí de Yizhar, su libro desmiente la narrativa fundacional israelí, que los palestinos dejaron voluntariamente sus tierras o que hicieron lo que les dijeron los jefes de Estado árabes. Esa narrativa de la “huida” fue en gran parte indiscutida en Israel durante casi tres décadas hasta que algunos de los “nuevos historiadores” como Ilan Pappé y otros desafiaron esta tesis con nueva evidencia de archivo que se desclasificó. Hirbet Hiza no fue traducida al inglés sino hasta 2008, y no se publicó fuera de Israel hasta 2011, por Granta Books de Londres.
S. Yizhar era el seudónimo de Yizhar Silansky. A pesar de la extracción sionista de su familia y de sus conexiones políticas (era amigo cercano de David Ben-Gurión), era consciente del dilema moral representado en la visión sionista de un Estado “sólo para judíos”.

El desconcierto del narrador atrapa al lector inmediatamente: “En efecto, todo esto sucedió ya hace mucho, pero desde entonces no he dejado de pensar en ello. Me propuse sumergirlo en los abismos más profundos del pasado, restarle importancia, diluirlo en el fluir de los acontecimientos, y hasta conseguí, en ocasiones, encogerme de hombros con indiferencia y convencerme de que aquel asunto, pese a todo, no había tenido lugar aquel horror, y sentí agradecimiento por la serenidad de mi carácter, que, como se sabe, es cualidad hermana de la verdadera sabiduría. Pero de vez en cuando volvía a verme asaltado por el estupor que produce saber que es tan fácil ilusionarse, dejarse engañar a sabiendas para unirse a toda prisa a la masa grande y general de los mentirosos conformada por la ignorancia, la provechosa apatía y el mero egoísmo desvergonzado…”.

Luego el autor relata el día en cuestión: “lo que en un principio fue el objetivo de ese día, aquella ‘orden de incursión’, numero tal y tal… el importante parágrafo titulado ‘información’, que alertaba de inmediato acerca del creciente peligro de ‘infiltrados’, de ‘células armadas’ y de (y ésta es una expresión maravillosa) ‘agentes en misiones hostiles’; lo mismo que el parágrafo que seguía, todavía más importante, que hablaba explícitamente que ‘hay que reunir a los habitantes del pueblo desde la posición equis (véase mapa adjunto) hasta la posición ye (véase dicho mapa), subirlos a los vehículos y pasarlos al otro lado de nuestras líneas; dinamitar las casas de piedra e incendiar las cabañas de adobe; detener a los jóvenes y a los sospechosos’ y ‘depurar’ el terreno de ‘fuerzas enemigas’…”.

“Nos reunió un tal Moishe, el comandante, para explicarnos la situación, hablarnos del entorno y exponernos nuestra misión. Así fue como supimos que las pocas casas que se veían en las laderas de otra colina eran un pueblo llamado Hirbet Hiza, y que todas aquellas plantaciones de los alrededores y los campos de ese pueblo, lo mismo que sus abundantes aguas, su rica tierra y sus excelentes cultivos, se habían hecho casi tan famosos como sus habitantes, que eran, según se decía, hombres perversos, colaboradores del enemigo, capaces de cualquier tropelía a la mínima ocasión que se les presentara, como por ejemplo que en cuanto los judíos salieran a su encuentro seguro que los exterminarían de inmediato, porque así eran ellos y esa era su naturaleza”.

Habiéndoseles informado a los soldados que tendrían que esperar, cantaban canciones, contaban historias, cabeceaban del sueño o discutían sobre su misión y los “mugrosos árabes”:

“¡Que se vayan al diablo! —dijo Gabi—. ¡Qué sitios tan bonitos tienen!”

“Tenían —lo corrigió el radiotelefonista—, porque esto ya es nuestro.”

“Lo sería —repuso Gabi— si lucháramos como debiéramos, porque seguro que saldrían huyendo. ¡Ni siquiera intentarían plantarnos la cara!”

“Deja ya a esos asquerosos árabes, si no son ni personas —le contestó el radiotelefonista.”

Durante la espera, el narrador empieza a pensar que pelear en una guerra es una cosa, se pelea para seguir vivo, sin importar el objetivo de la guerra. Pero vaciar los pueblos, “le deja a uno en un estado amargo de incomodidad, de modo que no podría hacerse nada mejor que deshacerse de ella, adoptar una mirada furiosa y arrojarla con fuerza contra ese pueblo ¿cómo se llama ese que tenemos ahí adelante?...”. El narrador no conecta los puntos: que el vaciar las aldeas palestinas era un objetivo fundamental de la guerra desde el comienzo. “Antes los pueblos se tomaban por asalto, mientras que ahora no eran más que el grito de un silencio sofocado y maligno a la vez. Porque llega el día en que esos pueblos vacíos empiezan a clamar. Pasa uno cerca de ellos y de repente, según lo impresionable que uno sea y sin saber de dónde, lo ojos ocultos de las paredes, de los patios y de las callejuelas se convierten en silenciosa compañía. Es el mutismo de las ruinas abandonadas. Se le revuelve a uno la bilis”.

Cuando se da la orden de atacar y el traqueteo de las balas lo inunda todo, los soldados israelíes se llenan de satisfacción. Discuten sobre quién es el que asesta el mejor tiro y quién debería usar la ametralladora. Muchos aldeanos logran escapar con nada más que un atado de ropa a la espalda. Madres enardecidas reúnen desesperadamente a sus hijos pero, al igual que otros, no logran huir antes de la llegada de los soldados.

El narrador se siente atormentado cuando pasa por el pueblo y ve que este lugar es muy semejante a los incontables pueblos que ya se han tomado, y al notar las señales de vida que han dejado atrás los que acaban de escapar.

“La ropa de cama seguía en los colchones, el fuego entre las piedras de la lumbre humeaba todavía, y las gallinas tan pronto continuaban con su picoteo entre la basura, completamente indiferentes, como huían con un cacareo tan estridente que se diría que las estaban degollando vivas. Los perros olfateaban el aire, desconfiados, se acercaban, pero no del todo, ladraban, aunque sin convicción, y los aperos del campo, todavía completamente rebosantes de vida, parecían reclamar ser utilizados. El silencio, además, todavía parecía hecho de estupor y sorpresa, como si la situación aún no hubiera sido decretada, como si todavía pudiera darse marcha atrás y todo fuera a volver a su cauce. En uno de los patios había un burro con unos cojines y unas mantas de colores a modo de albarda, pero las tenía caídas hacia un lado hasta casi tocar el suelo, y es que, según parecía, el hombre que lo había estado aparejando se había visto asaltado por el pánico: ‘¡Ya los tienes encima!’, se habría dicho, para después exclamar ‘¡Al diablo con todo, huyamos!’, y en el patio vecino, el que lindaba con un verde huerto, había unas preciosas papas cuidadosamente apiladas y su color verde claro parecían estar instándole a uno a gritos a regresar rápidamente a casa solamente por cultivar unas hermosas papas como aquellas”.

A medida que los soldados atravesaban el pueblo, dejando atrás las primeras volutas de humo, reunían a los aldeanos que quedaban, los que no habían logrado huir.

“Pero cuando estalló de repente, con un estruendo ensordecedor y levantando una gran columna de humo, una casa de piedra cuyo plácido tejado habíamos estado viendo desde allí, tan plano y perfecto, que ahora saltaba por los ares desintegrado en un montón de cascotes que caían pedazo a pedazo en medio de una gran polvareda y un granizo de piedras, se levantó de un salto una mujer que debía ser la dueña de la casa y prorrumpió en un salvaje alarido antes de echar a correr hacia allí, con un niño en brazos y otro desdichado que ya andaba agarrado a la falda de su vestido, y mientras corría gritaba y señalaba hacia allí con la mano, las palabras sofocadas en la garganta, y una vecina ya se había puesto en pie, y otra más, seguida de un anciano, y eran muchos ya los que se habían levantado, mientras ella seguía corriendo con el niño agarrado al vestido, a rastras por un instante, hasta que se cayó… desecho en lágrimas… [Ella] al parecer acababa de comprender que no se trataba solo de quedarse esperando bajo el follaje del sicomoro a ver qué querían los judíos para después regresar a casa, sino que aquello era el punto y final de su hogar y de su mundo, que había caído sobre ellos la oscuridad y ahora se derrumbaban, y es que de repente intuyó algo intangible, espantoso, increíble, algo que se le plantaba delante sin que nada se interpusiera, algo concreto y cruel que ya estaba allí cara a cara y que no tenía vuelta atrás”.

Hay algo de perplejidad y chacoteo vacilante entre los soldados israelíes. “¿Qué les espera? ¿Qué van a comer o beber?” pregunta un soldado. Otro responde, “No pienses tanto, anda. Y si tanto los compadeces, ¿a qué esperas para irte con ellos a donde van, eh?”.

“De repente lo vi todo claro, como iluminado por un relámpago. Al momento me pareció que se había producido un cambio, que las cosas estaban en su sitio: un exilio, eso es lo que es esto, un exilio”.

Los palestinos eran apiñados en camiones que los sacaban del pueblo. Cuando el narrador le dice a su comandante que ésta es una guerra sucia, le dicen que los inmigrantes judíos llegarán y se establecerán en esa tierra y será hermosa, un Hiza hebreo sobre las ruinas del anterior pueblo.

Las referencias bíblicas abundan por todo el libro, haciendo mención a los dos mil años de exilio de los judíos. Pero los judíos aquí son ahora los señores que llegan, disparan, queman, dinamitan y empujan a otros al exilio. A pesar de comprender esto, el narrador no logra superar su parálisis moral y su complicidad.

Durante las expulsiones se cometieron crímenes mucho más grandes que los que tienen lugar en el libro, en donde no matan a ningún palestino. Si bien Hirbet Hiza es un pueblo ficticio, es sin embargo representativo de las expulsiones reales que ocurrieron con el establecimiento del Estado de Israel y que continúan hoy en zonas cercanas a los asentamientos israelíes en Cisjordania, que siguen aumentando.

El historiador israelí Ilan Pappé califica de “limpieza étnica” al movimiento sionista iniciado en 1948, dirigido por Ben-Gurión y sus asesores más cercanos. Más de 500 pueblos palestinos fueron desocupados a la fuerza por medio de ataques terroristas llevados a cabo por diversas milicias paramilitares israelíes como la banda Stern, la Haganá y el Irgún así como por las Fuerzas de Defensa de Israel. Pappé hace referencia a archivos militares y políticos recién desclasificados y a los diarios de Ben-Gurión. Las directrices del Plan Dalet incluían “bombardear pueblos… incendiar viviendas, propiedades y bienes… expulsar, demoler y plantar minas entre los escombros para evitar que cualquiera de los lugareños expulsados regrese”. Pappé también documenta cómo envenenaban las fuentes de agua, y que las atrocidades cometidas incluían las masacres y la violación de muchas mujeres. Todo esto ha sido borrado de la historia convencional israelí.

Cerca de 800 mil palestinos fueron forzados al exilio, más de la mitad de la población de Palestina en ese momento, según las cifras de Pappé. Los palestinos lo llaman la Nakba, o catástrofe.

En el libro los soldados discrepan entre ellos sobre lo que están haciendo. Mientras discuten quedan impresionados por una mujer que lleva de la mano a un niño de 7 años. “La mujer tenía algo especial. El aspecto era el de una persona enérgica pero que sabía dominarse y que sobrellevaba su pena con dignidad, tanto que las lágrimas que le resbalaban por las mejillas parecían no pertenecerle. El niño aunque con los labios apretados, también emitía un gemido que podía interpretarse como un ‘¿qué es lo que nos habéis hecho?’... noté que me avergonzaba ante ella y bajé los ojos. Era como si con aquel caminar resonara un potente y odioso grito que bien podía significar ‘malditos seas’… la templanza y la voluntad de sobrellevarlo todo en la vida con valentía le habían marcado las arrugas del rostro, y ahora que su mundo había desaparecido no estaba dispuesta a derrumbarse ante nosotros; así, manteniéndose erguidos en su dolor y su pena siguieron adelante y pasaron por delante de nuestra perversa existencia, y todavía nos dio tiempo para apreciar lo que bullía ya en el interior del niño, un niño que cuando creciera habría transformado irremediablemente su impotente llanto infantil en un veneno de víbora”.

El narrador queda atrapado entre la indiferencia de los otros soldados y su propia repulsión por lo que están haciendo. Pero al definir la justa ira del niño como un “veneno de víbora”, revela una actitud que todavía considera los intereses de “su pueblo” como más elevados que los intereses de los demás seres humanos. Odia los métodos que usaron para crear Israel, pero no rechaza el objetivo de un Estado sionista en Palestina. Por eso no puede resolver su dilema moral. Asqueado por lo que él y los demás soldados israelíes están haciendo, sigue siendo cómplice de lo que sabe que es intolerable.

El mismo autor no estaba tan en conflicto. Pasó una buena parte de su vida como oficial en el ejército israelí.