Boletín - 9 de noviembre de 2015
  El capitalismo está destruyendo el medio ambiente y nunca podrá resolver el problema: ¿Qué hay que hacer?
  El siguiente es un artículo del Grupo Manifiesto Comunista Revolucionario.

La crisis ambiental está tomando dimensiones alarmantes a nivel mundial. Los científicos advierten que la elevación de la temperatura del planeta, debido a los altos niveles de emisiones de dióxido de carbono por los combustibles fósiles y otros gases de efecto invernadero, amenaza con la desestabilización de ecosistemas enteros, con consecuencias potencialmente devastadoras para la vida en el planeta como la conocemos. Desde la destrucción de bosques tropicales y arrecifes de coral y la devastación de especies enteras hasta la sobrepesca en los océanos, el uso de la tierra cultivable para fines no alimentarios y el consumo de los recursos de la Tierra a una velocidad imparable, junto con la creciente polución del aire y el envenenamiento del agua subterránea y del suelo, etc. ¿Quién y qué es responsable, y quién sufre más la carga en este mundo horriblemente desigual?

La cantidad de víctimas humanas es tan letal como sumamente desigual. La destrucción del medio ambiente es un problema global. Pero la explotación humana y la destrucción de vidas y medios de subsistencia conectadas con el daño ambiental en marcha y el continuo saqueo de los recursos están concentrados entre los más pobres y en los países del Sur (Latinoamérica, África y Asia), dominados por el “Norte” donde tiene su base el imperialismo —sus finanzas, la organización de sus sistemas de producción, y de lejos los mayores consumidores de recursos de la Tierra. El terrible impacto del calentamiento global y de la elevación del nivel del mar golpea más fuerte a las poblaciones ya vulnerables, y se va a poner peor: más ciclones tropicales como el de 2013 que cobró la vida de 10 mil personas en Filipinas, más altas temperaturas y peores inundaciones que cada año devastan las cosechas de los campesinos y matan a miles en Pakistán y Bangladesh, al tiempo que la desertización y el creciente calor disminuyen la tierra cultivable de los campesinos en los países del Sahel. ¿Pero por qué la sostenibilidad y preservación del planeta no son del interés de todos? Si todos queremos que las futuras generaciones lleven vidas saludables y continúen disfrutando de la naturaleza, ¿por qué las clases dominantes del mundo no pueden llegar a un acuerdo sobre este asunto y tomar medidas para detener todo eso? ¿Por qué el conocimiento de los científicos, todas las buenas intenciones y las campañas de concientización no resuelven el problema? ¿Por qué no podemos simplemente reducir nuestro consumo personal y esperar que la razón prevalezca para revertir lo que la torpeza del capitalismo ha destruido?

El capitalismo no solo es la causa de la destrucción de los recursos, la amenaza a los ecosistemas del planeta, la inestabilidad climática y el impacto resultante sobre la vida en la Tierra, sino que no puede y no podrá ofrecer una solución real ni duradera. ¿Por qué? El capitalismo ve a la naturaleza como un mero instrumento para explotar e impulsar cierto tipo de crecimiento, con ínfima consideración por el ambiente y las necesidades sociales. El funcionamiento interno y la lógica del sistema impulsan a los capitalistas a llevar a cabo una competencia sangrienta en busca de la más alta rentabilidad, enraizada en la producción de mercancías. Las principales industrias del mundo que manejan a las demás y luchan por una ventaja sobre los productores rivales dependen de combustibles fósiles que a su vez permiten una producción barata. La degradación y el daño del ambiente, la pérdida de recursos y de ecosistemas no hacen parte del cálculo de los capitalistas... y estos daños y perjuicios se convierten en una pesada carga para la sociedad y el mundo.

Incluso en el desarrollo de energías limpias lo único que hacen los mandamases de la industria es empeorar las cosas: la quema de las selvas tropicales de Indonesia para la siembra de palma africana tiene un impacto global. Con la complicidad del gobierno mozambiqueño las multinacionales expulsan a los campesinos de sus tierras o los obligan a pasarse a la producción industrial de Jatropha (biocombustible), que luego descartan por poco comercializable. De hecho, la estrecha visión mercantilista de las industrias y Estados capitalistas solo puede entender cada nuevo problema ambiental como nada más que una potencial inversión, ya sea para el servicio y comercio de los ecosistemas, vertimientos o prácticas de “limpieza”.

El capitalismo-imperialismo funciona como un sistema, bajo dominio político capitalista. Estos Estados no pueden ni podrán representar los intereses del pueblo en cambiar el mundo a todos los niveles, ni proteger o reparar seriamente el planeta que el sistema está desangrando y destruyendo. Los Estados imperialistas también son esenciales para organizar el control sobre fuentes claves de energía para sus disputas geoestratégicas, políticas y militares. El ejército de Estados Unidos es la institución que consume más petróleo en el mundo.

Todos los debates políticos y conferencias que reconocen la crisis ambiental y establecen tratados para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, leyes contra la deforestación y límites a la pesca en el océano, que denuncian la catástrofe de las arenas bituminosas y publican informes de la ONU alertando de la horrenda situación global no pueden llevar a ninguna acción seria o unificada a pesar del hecho de que vivimos en un mundo integrado. La regulación y la “inversión responsable” no son una solución. Los capitalistas y gobiernos anuentes pisotean los tratados todos los días. Siguen enviando basura electrónica tóxica a África etiquetada como “computadores donados”. El deshielo del Ártico está muy lejos de las bolsas de valores de las capitales del mundo, donde pagan a “contra-expertos” para poner en entredicho los peligros reales. ¡¿Qué tipo de sistema tan pervertido propone el “comercio de emisiones” para permitirles a los grandes países ricos que más contaminan, como EEUU, comprarles el “derecho a contaminar” a las economías menos desarrolladas?!
Se requiere un enfoque radical —e implica una revolución.

La revolución es un camino radicalmente diferente hacia el desarrollo social que no se basa en los estrechos intereses de los imperialistas. Una revolución que realizarán los oprimidos y el proletariado sirviendo a los intereses de la humanidad en su conjunto, y que se concebirá y funcionará con base en la realidad del mundo natural en su conjunto. Las revoluciones socialistas, dondequiera que se tome el poder, pueden con esta perspectiva establecer estándares globales y empezar a reparar el inmenso daño al medio ambiente. Pueden tomar las medidas necesarias para ponerle fin a las redes globales de producción intensivas en contaminación y con mano de obra barata. Esto irá de la mano con la planeación y la regulación del crecimiento —qué se produce y cómo—, la única forma de proteger y preservar una variedad de ecosistemas e impedir que la crisis ambiental de hoy lleve a un colapso. La revolución pondrá en circulación el conocimiento científico por todo el mundo, así como la actividad consciente del propio pueblo para implementar un cambio arrollador. La revolución socialista tiene que reestructurar la producción industrial y agrícola así como el transporte y reemplazar los combustibles fósiles de los que dependen por fuentes de energía renovables. La energía eólica, la solar y otras formas de energía limpia se pueden desarrollar mucho más sin las trabas de la lógica capitalista. Las necesidades alimentarias se pueden satisfacer sobre la base de la planificación a largo plazo del uso de la tierra, la biodiversidad y la protección de ecosistemas, el desarrollo de muchas iniciativas de energías limpias, tecnologías y conocimientos que no estuvieron disponibles en las revoluciones socialistas del pasado y así mismo con el descubrimiento de nuevos. Con una perspectiva comunista, la revolución socialista dirigirá a la gente en trabajar para desarrollar la salud del planeta para las generaciones futuras, en construir una cultura diferente que no esté basada en los valores consumistas, sino en ser parte de un mundo, una Tierra y una humanidad con un interés común es un futuro social muy diferente, radicalmente diferente, y la superación de la inmensa brecha entre países oprimidos y opresores. Ese otro mundo es posible, pero para lograrlo se requiere una revolución.

Las revoluciones socialistas del siglo xx, como la de la China de Mao, hicieron enormes avances basados en incentivar la conciencia humana para cambiar la sociedad, incluyendo medidas para contrarrestar la destrucción del ambiente y planear el futuro; aunque en el ímpetu de la rápida industrialización para mejorar la vida del pueblo estas iniciativas no fueron suficientes. Con una comprensión de estas deficiencias y los avances científicos desde entonces podemos y tenemos que hacerlo mucho mejor la próxima vez.

Tenemos que intensificar con urgencia las luchas de hoy contra los masivos crímenes ambientales que se están cometiendo y que bajo este sistema solo aumentarán en magnitud. Y tenemos que conectar con igual urgencia el creciente movimiento ambiental con la construcción de un movimiento para una verdadera revolución. A los que nos repugna el estado del planeta y hacia dónde va, debemos ir más allá de las consoladoras ilusiones en que se puede hacer “verde” al capitalismo y hacer que trabaje por la humanidad. Tenemos que asumir el reto de la revolución, nuestra única oportunidad de crear una sociedad y un planeta sostenibles y liberadores.