Boletín - 7 de julio de 2014
  Israel: un Estado asesino y cruel

Tres jóvenes israelíes, Naftali Fraenkel, Gilad Shaar, ambos de 16 años, y Eyal Yifrah de 19, fueron secuestrados el 12 de junio cerca de la ciudad cisjordana de Hebrón y posteriormente fueron asesinados. El 2 de julio, Mohamed Abu Jadair, de 16 años, fue secuestrado en Jerusalén y quemado vivo. En ambos casos, Israel manifestó la cruel y abominable esencia del principio guía sionista que proclama abiertamente que ninguna ley o moral es superior a la conservación de un Estado judío en Palestina.

Independientemente de quién fue responsable de la muerte de los tres colonos adolescentes, el gobierno israelí lo trató como un regalo del cielo para su proyecto. No les preocupaba mucho encontrar a los asesinos —el gobierno declaró que sabía quiénes eran y que estaban seguros de su afiliación con Hamás— sino utilizarlo como pretexto para imponer un castigo colectivo sobre los palestinos dentro de las fronteras de Israel y en Cisjordania, y justificar sus ataques contra Gaza.

El primer ministro Benjamín Netanyahu no hizo un llamado a la justicia. Llamó a la “venganza”. El jefe del movimiento juvenil sionista más grande del mundo llamó al ejército israelí a tomar como ejemplo y sobrepasar un relato bíblico en la que los judíos les mutilan el pene a 300 hombres de un pueblo que los israelíes consideran predecesor de los palestinos de hoy.

Tropas israelíes destruyeron las casas de los familiares de dos hombres palestinos que el gobierno señaló como sospechosos del secuestro, y encarcelaron a los miembros de la familia. Durante las tres semanas anteriores al hallazgo de los cuerpos de los israelíes, en la “Operación vuelvan hermanos” las fuerzas de seguridad israelíes mataron a por lo menos seis palestinos, incluyendo a Mohamed Dudín de 15 años, arrestaron a 545 personas e invadieron violentamente 1.300 casas, instituciones educativas y otros lugares palestinos.

Esta política oficial de vengarse de los palestinos como pueblo —para demostrar que los árabes no tienen derechos ante los ojos israelíes, y afirmar violentamente que impera la ley del más fuerte— sentó las bases para lo que vino después.

Cuando los soldados israelíes invadieron el campo de refugiados de Yenín en Cisjordania y le dispararon en el pecho al joven palestino Abu Zagha de 16 años, lo celebraron como un acto de “venganza” en su cuenta de Facebook, Kulanu. Unas 70 mil personas le dieron “me gusta” a su página con la foto del cuerpo ensangrentado del adolescente.

Libres de restricciones oficiales e incitados por las autoridades religiosas y políticas judías, en varias ocasiones hordas de unas cuantas decenas de personas que luego pasan a ser centenas se concentraron en Jerusalén para corear “Muerte a los árabes”. Les exigían a los transeúntes decir la hora para comprobar su acento y paraban los carros para determinar si los pasajeros eran judíos. A la gente sospechosa de ser árabe la hostigaban, la empujaban y en algunos casos le daban una paliza.

Los medios israelíes informaron que los israelíes arrestados y acusados de la muerte del joven palestino quemado vivo en Jerusalén oriental habían participado en esos pogromos anti-árabes unas horas antes. (Pogromo es un término que designa los amotinamientos anti-judíos llevados a cabo por rusos alentados por el régimen zarista a principios del siglo XX).

Habría sido difícil para el gobierno de Netanyahu no arrestar a los sospechosos de este asesinato, porque palestinos publicaron dos videos que muestran a dos hombres jóvenes a punto de agarrar al muchacho, a quien encontraron solo y sentado en la oscuridad fuera de la casa de sus padres antes de las oraciones de la mañana. También se ve el carro de los secuestradores. Los testigos persiguieron el carro en fuga, y anotaron sus placas. El mismo carro también fue filmado en un intento fallido de secuestrar a un niño palestino de 9 años el día anterior.

Sin embargo, cuando encontraron el cuerpo quemado de Mohamed Abu Jadair, las autoridades israelíes dijeron no saber qué le había pasado. La primera respuesta fue acordonar el barrio de Shuafat en Jerusalén oriental donde vivía, y utilizar balas de goma, munición real, gas lacrimógeno y garrotes para despejar las calles de manifestantes que se concentraron alrededor de la casa de la familia de Mohamed. Médicos de la Medialuna Roja dijeron que 170 palestinos fueron heridos, incluyendo media docena de periodistas.

La revelación de que había sido quemado hasta causarle la muerte vino de un forense palestino presente en la autopsia y no del gobierno israelí. Posteriormente, un funcionario de la Autoridad Palestina dijo que Abu Jadair “probablemente fue obligado a tomar gasolina” antes de que le prendieran fuego.
Al principio, la policía anunció que se estaban enfocando en “motivos morales o criminales”, insinuando que los palestinos eran responsables. Esto alentó los rumores en los medios sociales israelíes de que la misma familia del joven lo asesinó porque pensaban que era homosexual, y que el hecho de que lo habían quemado vivo era una supuesta prueba de que era un “crimen de honor” musulmán. Esta visión de los árabes como subhumanos moralmente inferiores había sido planteada por el mismo Netanyahu, luego del asesinato de los tres israelíes, cuando dijo: “nuestros enemigos” —los palestinos— “veneran la muerte, nosotros la vida. Ellos veneran la crueldad, nosotros la piedad”.

La policía se negó a entregar el cuerpo del niño el día siguiente a la autopsia, para que pudieran enterrarlo de inmediato según la tradición judía y musulmana. Trataron de devolver el cuerpo a su familia a mitad de la noche del siguiente día, cuando las autoridades esperaban que pocas personas asistieran al funeral.

Netanyahu calificó el asesinato de Jadair como “ruin”. Para su gobierno pudo haber sido inconveniente, pero la idea de que los hombres que lo mataron fueran una aberración y no producto de la sociedad y la política oficial israelíes se comprobó falsa por lo que le sucedió a Tariq Abu Jadair de 15 años, primo de Mohamed Abu Jadair.

Tariq el primo del Mohamed estaba presente durante una protesta en Jerusalén oriental el día del funeral, al que asistieron miles. La policía disparó gases lacrimógenos y granadas aturdidoras a la gran multitud que marchaba por la calle. La policía agarró al muchacho. Un video de celular ahora ampliamente conocido lo muestra en el suelo boca abajo, con sus manos atadas a la espalda, mientras dos policías lo golpean repetidas veces en la cara y le patean la espalda y la cabeza.

El otro policía que llega al lugar no rescató a Tariq, en vez de eso lo arrestó. Posteriormente lo hospitalizaron pero la policía llegó para llevárselo a la cárcel.
La familia de Tariq dijo que él solo estaba viendo la protesta cuando la policía lo agarró al azar. Funcionarios israelís afirmaron que se había resistido y que llevaba una cauchera. Aunque eso fuera cierto, no existe mucha diferencia moral entre golpear con saña a un niño palestino atado de pies y manos e inconsciente y quemar a otro, excepto que Tariq sobrevivió.

A Tariq se le hubiera dejado —u obligado— a morir en custodia o pudrirse en prisión como muchos cientos de niños palestinos si no hubiera resultado ser estadounidense, y si su tía estadounidense no hubiera hecho notar el video y explicado claramente y articulando muy bien, en inglés norteamericano, lo que había sucedido. Ella también llamó la atención sobre muchos otros “primos” —la gran cantidad de niños que la policía había golpeado ese día y el anterior. Hasta el Departamento de Estado de EEUU se vio obligado a decir que aunque no haría nada para ayudar al niño, estaba “profundamente preocupado” —en otras palabras, estaban abochornados porque saliera a la luz algo de la verdad sobre un país que no existiría sin la ayuda y respaldo militar de EEUU. La respuesta del gobierno de Netanyahu fue sentenciarlo a arresto domiciliario —sin juicio— hasta que él y su familia regresen a Florida.

Desde que se encontró el cuerpo quemado de Mohamed, han estallado algunas de las protestas más grandes de los últimos años por toda Cisjordania, y significativamente en pueblos árabes dentro de las fronteras oficiales de Israel, desde el norte hasta el desierto de Negav en el sur. Se dice que en los barrios de palestinos que todavía quedan en Jerusalén, los habitantes están formando grupos de vigilancia para mantener alejados a los civiles israelíes que van a merodear. Los israelíes también han organizado protestas contra el trato que les dan a los palestinos, y se dice que algunos se han unido a los grupos de vigilancia. Las autoridades israelíes presionan y amenazan a los líderes y políticos tradicionales árabes en Israel para “restaurar la paz”.

En Cisjordania, la policía de la Autoridad Palestina, cuya capacidad de controlar a los jóvenes palestinos sería clave en el caso de una solución de “dos Estados”, ha perdido más legitimidad que nunca por su complicidad con la campaña de venganza militar de Israel que llevó al asesinato de Mohamed.

Es posible que haya más amplias repercusiones en la región.

Este crimen atroz —en un muy mal momento, desde el punto de vista de todo el proyecto sionista—muestra que Israel no puede desactivar fácilmente el golem (una especie de Frankenstein judío), el movimiento de colonos y los fanáticos “religiosos nacionales” (una especie de EIIL o ISIS judío), que creó. Pero, en últimas, ¿a qué intereses sirven estas fuerzas enfurecidas y sedientas de sangre?

Tan conscientemente reaccionarios como son muchos colonos armados y sus equivalentes urbanos, incluyendo la propensión a personalmente amedrentar, golpear y hasta matar palestinos, son simplemente fervorosos beneficiarios de las políticas implementadas por todos los gobiernos israelíes y financiadas por Washington, y, en últimas, uno de los recursos utilizados por EEUU, que no podría arreglárselas sin su puesto de avanzada sionista en una región altamente disputada que necesita dominar para mantener su posición en el mundo.