Boletín N° 79 - 13 de septiembre de 2004
  Chile: Arde el 11 de septiembre

Jóvenes y otras personas en Santiago, Chile conmemoraron el 31 aniversario del golpe de Estado auspiciado por Estados Unidos librando resueltas batallas con la policía en el cementerio donde el entonces presidente Salvador Allende y otras víctimas del golpe están enterrados.

La lucha comenzó alrededor de las 10:00 p.m. después de una larga y masiva marcha al cementerio desde el centro de Santiago. La atmósfera de carnaval impuesta por los organizadores oficiales de la marcha llegó a un abrupto final cuando jóvenes manifestantes pusieron barricadas y comenzaron a arrojar piedras y cócteles Molotov a la policía. Tanto la policía como los jóvenes combatieron ferozmente: la policía usba bastones antimotines (“lumas”), escudos de plástico  y los poderosos cañones lanza-aguas montados sobre vehículos blindados (“guanacos”) que han sido el sello de la policía de Chile por décadas, incluida la dictadura de Augusto Pinochet, el general que lideró el golpe contra Allende, e incluso antes. Los jóvenes, varios de ellos encapuchados, lucharon cuerpo a cuerpo con la policía en medio de las lápidas del cementerio. La lucha continuó hasta el amanecer en docenas de barrios pobres en los suburbios de la capital y otras ciudades. Las autoridades arrestaron a 200 personas y 30 policías resultaron heridos, dos a bala.

Algunos medios atribuyeron este estallido a la “tradición”, y es cierto que sucesos similares han ocurrido con motivo del 11 de septiembre en los últimos años. Antes de eso, el día era un feriado oficial, no para recordar el carácter criminal del golpe sino para celebrarlo. Así que la “tradición” no explica lo ocurrido, pues muchos de los luchadores ni siquiera habían nacido en 1973.

Mucho tiempo después del golpe, por medio del cual Estados Unidos se libró de un gobierno reformista que no era de su agrado, Chile sufre más que nunca de la dominación estadounidense. El año pasado la juventud chilena recordó el aniversario quemando banderas yanquis. El presidente chileno Ricardo Lagos denunció como “insensible” ese acto de dignidad nacional y de solidaridad con aquellos que están luchando contra Estados Unidos en Irak y en todo el mundo. Y Lagos, que encabeza el Partido Socialista de Allende, no es sino “sensible” al compromiso político aceptado por todos los principales partidos del país, bajo el cual se considera la dominación económica, política y cultural de Estados Unidos como eterna y está vedada cualquier idea de justicia para las víctimas del golpe. Este año, Lagos tildó a los jóvenes “rufianes que secuestraron el acto” pero en los hechos él y la clase política de la que proviene han intentado secuestrar la memoria de ese gran crimen.

Un comentarista chileno escribió en el diario británico Guardian: “El gobierno y los medios informativos estadounidenses miden el sufrimiento con diferentes criterios. Precisamente esa hipocresía y esos criterios de doble faz nos dan asco, especialmente cuando en un día tan simbólico, Ricardo Lagos asiste a un servicio conmemorativo en la embajada estadounidense en que el embajador, William Brownfield, declaró que ‘hay que controlar, arrestar o eliminar a las personas que odian a los Estados Unidos’”.

Después del 11 de septiembre de 1973, los militares chilenos asesinaron a más de 3.000 personas, de acuerdo a las cifras oficiales, torturaron a 60.000 y obligaron a un millón al exilio, de una población de menos de 14 millones. En las dos décadas siguientes, en un plan coordinado por la CIA llamado Operación Cóndor, las juntas militares de Chile, Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay asesinaron a muchas decenas de miles de personas para proteger sus propios intereses y los de sus amos yanquis. Quien piense que haya cambiado Estados Unidos debe encender el televisor y observar mientras Estados Unidos inflige aún más muerte y destrucción al servicio de los mismos intereses imperialistas y en nombre de sus propias pérdidas del 11 de septiembre.

El general Pinochet personalmente gobernó a Chile hasta 1988 y continuó al mando de las fuerzas armadas chilenas hasta 1998. Antes de dejar el cargo en que lo colocó Estados Unidos, publicó un decreto que garantizaba para él y sus secuaces una amnistía. Lagos y sus secuaces de derecha y de “izquierda” han argumentado durante largo tiempo de que juzgar a Pinochet podría provocar la ira de los militares y de Estados Unidos. ¿No muestra eso el grado en que el actual gobierno es la continuación de la junta de Pinochet y que es un protector de los mismos intereses en otras circunstancias? Aun después de que los países europeos humillaron profundamente al gobierno de Lagos tomando medidas para procesar a Pinochet por haber asesinado a sus propios ciudadanos durante el golpe, cuando el verdugo volvió a Chile en 2000, lo consideraban demasiado “senil”.

Los millones de chilenos cuyas familiares eran víctimas del régimen militar otra vez vivieron una extremadamente insultante y dolorosa denegación de justicia. La situación se volvió mucho más intolerable cuando una televisora en Miami le hizo una entrevista a un Pinochet bravucón, impenitente y de nada senil. Hace poco, salió a la luz que en Estados Unidos un banco ayudó al general a ocultar millones de dólares, con el conocimiento del gobierno de allá.

Como resultado, mientras Pinochet se aproxima a los 90 años, el gobierno se ha visto obligado a plantear con timidez la posibilidad de un juicio por cargos relacionados con acciones de la Operación Cóndor llevadas a cabo después de la autoamnistía. ¿Es sorprendente por qué tantos chilenos odian a todos estos políticos con tanta pasión y están buscando otros medios para expresarse?

Lagos dijo el 11 de septiembre de 2002: “Para la juventud de hoy lo que sucedió en 1973 ya es historia, lo que quiere decir que debemos emprender la tarea de mirar hacia el futuro”. Pero para los millones de chilenos de hoy, tanto las víctimas de las décadas de “crecimiento económico” impulsado tras el golpe del Estado como quienes a pesar de estar en mejor situación las cosas han comenzado a perder brillo, mirar hacia el futuro quiere decir arreglar cuentas con el pasado y sobre todo con el presente.