Boletín N° 33 - 15 de septiembre de 2003
  Chile: Recordando el 11 de septiembre

Para muchas personas del mundo el 11 de septiembre ha sido un día de luto por 30 años. El 11 de septiembre de 1973, Estados Unidos fraguó un golpe de Estado que derrocó al presidente electo de Chile, Salvador Allende. En ese día de infamia y en los meses y años siguientes, la dictadura reunió a miles de chilenos y personas de otros países en estadios deportivos, islas y campos de concentración en el desierto y los torturó y ejecutó.

Nadie puede decir con seguridad cuántas personas murieron. En esa época, los revolucionarios chilenos hablaban de decenas de miles de víctimas. El actual gobierno habla de tres mil, si bien las fuerzas armadas que cometieron ese crimen todavía tienen la última palabra acerca de los sucesos políticos de los que no quieren hablar. Según algunas estimaciones, torturaron a 400.000 personas. La generación de intelectuales y otras personas que logró escapar, tuvo que exilarse.
La dictadura del general Augusto Pinochet gobernó con impunidad 17 años. Bajo las leyes que mandó aprobar antes de dejar el Poder, él y otros oficiales asesinos todavía disfrutan de impunidad.

No son los únicos. El presidente Nixon ya ha mordido el polvo, pero nunca se ha juzgado a su secretario de Estado Henry Kissinger, quien jugó un papel importante en el golpe de Estado. Unos altos funcionarios de Bush han dicho que el gobierno no ha reconocido el Tribunal Penal Internacional debido a que podría mandar juzgar a Kissinger. Durante el mandato de Nixon, el embajador ante la ONU, George Bush padre, mintió con descaro ante la Asamblea General de que su gobierno no tuvo papel alguno en el derrocamiento de Allende. Margaret Thatcher tuvo en Pinochet a un amigo estrecho y le dio albergue Inglaterra. Estas personas tienen mucha sangre en las manos.

Las potencias de hoy fingen que tales cosas nunca ocurrieron. Hace unos meses, la Armada chilena casi logró que el velero Esmeralda diera una gira al Reino Unido y Europa para pintar un bello cuadro de la cooperación militar chileno-europea. Una vez lo usaron para entrenar a marineros y, después del 11 de septiembre de 1973, sirvió de cámara de tortura flotante. Ningún gobierno objetó hasta que activistas impidieron su entrada a puertos europeos.

Los sucesos en Chile hace treinta años ocurrieron en el contexto de la rebelión y desafío general al orden mundial. La guerra de Vietnam inspiró revueltas por todas partes y propagó el mensaje de que es posible vencer a Estados Unidos. China, con la dirección de Mao, trazaba un camino al socialismo y era un faro para la juventud revolucionaria del mundo. Estaban en auge los movimientos revolucionarios en Asia, África y América Latina.

En esos años, Allende ganó las elecciones presidenciales en Chile. El gobierno de Unidad Popular (una coalición de partidos de izquierda) no fue revolucionario. Apuntó a lo que llamó “una transición pacífica al socialismo” y tomó algunas medidas progresistas para nacionalizar las grandes industrias bajo el control yanqui (tales como el cobre, la columna vertebral de la economía, y la telefónica). Los obreros, campesinos y campesinos sin tierra de los cinturones de miseria de la capital de Santiago de Chile, levantaron la frente y exigieron campos sociales profundos. Estallaron constantemente huelgas y manifestaciones. En la oscuridad de la noche, los campesinos sin tierra se organizaron, levantaron las cercas existentes y las trasladaron hasta las puertas de la casa de los terratenientes. Los jóvenes revolucionarios e intelectuales fueron al campo para sumarse a los campesinos. De todo el mundo fueron personas para conocer la efervescencia, aprender y ayudar.

No obstante, el gobierno yanqui no pudo dejar que Allende llevara a cabo medidas que pudieran haber interferido con su control de las riquezas del país. No quiso las reformas de Allende, pero temió por igual las aspiraciones y expectativas desencadenadas del pueblo chileno. Se inquietaron porque si se permitiera seguir en el Poder un gobierno de coalición con un partido pro-soviético adentro, la URSS, el principal rival al imperialismo yanqui, pudiera haberse metido el hocico en lo que Estados Unidos considera su traspatio donde puede hacer lo que la da la real gana.

Estados Unidos se opuso a la URSS con el lema de la democracia pero ésa fue sólo un disfraz para su avaricia abierta. Kissinger dijo: “No podemos dejar que Chile se vuelva marxista-leninista porque tiene una población irresponsable”. En ese entonces, fue obvia la mano sangrienta del gobierno yanqui en Chile. En 1998, los documentos secretos desclasificados del gobierno yanqui confirmaron este hecho. En octubre de 1970, justo después de la victoria de Allende, un documento de la CIA dice: “Es política firme y actual que Allende caiga mediante un golpe de Estado... Es imprescindible que se lleven a cabo estas acciones de forma tan clandestina y segura que mantengan bien ocultos el gobierno estadounidense y la mano estadounidense”.

Con el apoyo yanqui, los industrialistas chilenos de alto nivel en contubernio con elementos de la derecha crearon escaseces artificiales de comida. El gobierno yanqui bloqueó los créditos del Banco Mundial y del Banco Interamericano de Desarrollo al gobierno chileno, mientras que dio dinero y sobornó a muchos políticos de derecha y tomó iniciativas para crear un ejército golpista. Mataron a los generales que consideraba obstáculos, tales como Rene Schneider (antes del golpe de Estado) y Carlos Pratt (después del golpe de Estado mientras vivía en el destierro en Argentina). El general Pratt había impedido una intentona anterior en junio de 1973. Unas semanas después del golpe de Estado, el embajador yanqui por Chile, Harry Schlaudeman (quien una década antes había participado en la invasión yanqui de la República Dominicana), envió un memorándum a Kissinger al efecto de que “el gobierno militar de Chile necesita la asesoría de una persona calificada para establecer un centro de detención para los detenidos... El candidato debe tener conocimientos en el establecimiento y la operación de un centro de detención”. Al parecer, Chile constituyó un proceso de aprendizaje para los campos de concentración de hoy en Guantánamo. Justo después del golpe de Estado, un agente de inteligencia yanqui que participó directamente escribió con loas a su superior: “El golpe de Estado de Chile fue casi perfecto”. En las siguientes décadas, el gobierno yanqui intentó desviar las críticas de la comunidad internacional al gobierno de Pinochet, mientras que los profesores de la Universidad de Chicago administraron la economía chilena como si fuera un juguete personal. Los tanques y las cámaras de tortura hicieron de Chile un magnífico lugar para las inversiones norteamericanas.

El terror en Chile permaneció mucho tiempo después del golpe de Estado. Cazaron, secuestraron, asesinaron o regresaron a los centros de detención a algunos chilenos quienes hallaron asilo en otros países. Llevaron a cabo asesinatos bajo la Operación Cóndor, un proyecto conjunto de la policía secreta de por lo menos seis dictaduras latinoamericanas con la supervisión de la CIA. DINA (la policía secreta chilena) jugó un papel activo en Cóndor. Por ejemplo, asesinaron al antiguo ministro Orlando Letelier y su ayudante norteamericano, con un carro-bomba, en Washington, D.C., en 1976. Las unidades chilenas y argentinas de Cóndor apoyaron a los escuadrones de la muerte en Nicaragua, El Salvador y Honduras.
Las familias de los muertos y desaparecidos chilenos y otras personas anhelan un día de justicia, con años de huelgas de hambre, manifestaciones combativas y batallas campales con la policía. Han exigido conocer el paradero de sus seres queridos. Las demandas contra Pinochet en las cortes buscan desenmascarar su papel como jefe de DINA, y a Manuel Contreras, el jefe de DINA, quien estaba en la nómina de la CIA. Muchas familias todavía no aceptan las indemnizaciones e insisten en justicia. Algunos chilenos no quieren recordar esos días, por temor de que volverán, pero muchos más nunca los olvidarán. Se dice que la mayoría de las familias tienen cuentas de sangre que saldar. Sobre todo en los cinturones de miseria, las pintas en las paredes exigen que los hombres de negocios y políticos gobernantes paguen por los crímenes pasados y presentes.

En una entrevista reciente, chileno desterrado de 58 años de edad dijo: “Cuando reflexiono sobre el pasado, me sacudo de dolor y tristeza... Éramos tan ingenuos, ni siquiera estábamos armados”.