Boletín N° 45 - 8 de diciembre de 2003
  Proyecto de constitución de Afganistán: promesa de opresión

Por primera vez en noviembre, tras un largo tiempo oculto, salió a la luz el proyecto de constitución para el Afganistán ocupado. Se le puede considerar el programa del gobierno títere: cómo cumplirá las promesas de “democracia”, “emancipación de la mujer” y un “país progresista y próspero” que hizo los Estados Unidos cuando invadió. Se supone que lo finalizará a fines de diciembre, una loya jerga, una asamblea convocada bajo supervisión yanqui.

El preámbulo del proyecto promete un país que no “violará la Carta de Derechos Humanos de la ONU”, “un país unido sin discriminación contra ninguna nacionalidad”, la protección de la “independencia” del país, un “sistema de democracia que responde a la voluntad de la población”, una “sociedad civil libre de opresión, represión, discriminación y violencia, basada en la justicia social y los derechos humanos” y un país con “cimientos políticos, sociales, económicos y de defensa más fuertes” con “prosperidad para la población”.

Pero si examinamos la concepción de la democracia e independencia del país en el documento, vemos que esas promesas son una mentira.

Según el proyecto, el país se llamará la “República Islámica de Afganistán”. Su bandera traerá los lemas islámicos fundamentales: “Dios es Grande”, “No hay sino un solo Dios” y “Mahoma es el Mensajero de Dios”. El nombre y la bandera representan la ideología que regirá en el país.

En una palabra, el “nuevo” Afganistán representará un modelo para los gobiernos islámicos proyanquis, quizás un gobierno islámico un poco “moderado” que obedece con mayor eficacia a los intereses occidentales y no suscita el odio de las masas a que los gobiernos islámicos más fundamentalistas han tenido que enfrentarse. Pero será la misma alianza de elementos feudales, capitalistas burocráticos e imperialistas que el oficialista partido islámico de Turquía, la República Islámica de Irán y el mismo Talibán. Cada país cuenta con una correlación de fuerzas distinta pero en cada uno, el islam político representa a las fuerzas más retrógradas.

Afganistán es uno de los países que más han sufrido bajo los gobiernos de estas fuerzas durante los últimos 25 años. Han hecho de la vida un infierno, estando en el Poder, luchando contra los invasores soviéticos o asiladas (en los campamentos de refugiados en Peshawar, Pakistán, rociaron con ácido a las mujeres que no se tapaban el cuerpo de pies a cabeza con el velo islámico).

Los principios de la ideología islámica que encarna la constitución violarán uno de los principios más básicos de cualquier democracia: la separación entre el Estado y la religión. Unos comentaristas le restan importancia a eso diciendo que el nombre no determina el contenido. Pero en este caso, el nombre concentra el contenido. La comisión que redactó la constitución dijo: “El proyecto se basa en los principios islámicos y reconoce que ninguna ley puede ir en contra de la sagrada religión del islam”. Y en el proyecto, dice: “En Afganistán, ninguna ley puede tener validez si va contra la sangrada religión del islam y esta constitución”.

El proyecto deja que los jueces tomen decisiones usando las leyes islámicas como pauta. Deben jurar “a nombre del Dios el Grande” de que “defenderán la justicia y el derecho según los mandamientos de la sagrada religión del islam y la constitución...”. El artículo 119 estipula que sólo puede ser juez una persona con estudios superiores en teología.

El proyecto obliga el Estado a elaborar “un plan de estudios educativos unificado basado en las estipulaciones... de la cultura islámica nacional” y que refleja las enseñanzas de las “corrientes islámicas” (chiíta o sunita, según sea la región).

En vista de que con el apoyo de los imperialistas occidentales, sobre todo los yanquis, los fundamentalistas en Afganistán han acumulado tanto poder en todas las esferas de la sociedad y la estructura de poder, incluso en muchos grupos de oposición, es probable que rija una visión fundamentalista en el país. No se puede esperar que la formalización jurídica de lo que ha estado desarrollándose hasta ahora opere ningún cambio radical en el sistema. Las fuerzas que gobernarán no serán muy diferentes a las que han gobernado los últimos dos años, pues éstas son quienes están redactando la constitución. Puede que la versión final contenga algunos cambios menores engañosos o por riñas entre las facciones, pero no habrá ningún cambio radical que favorezca al pueblo.

El proyecto permite que se formen partidos políticos siempre y cuando su programa no contradiga los principios del islam ni tenga “objetivos militares” o “afiliaciones en el exterior”, lo que significa que no permitirá que tengan partidos u otras organizaciones los comunistas y los ateos. Tal vez tales estipulaciones se apliquen a las minorías religiosas.

El movimiento maoísta en Afganistán tiene una luminosa historia. Comenzó en los años 1960 y se granjeó mucho apoyo por todo el país. Se llamaban sholeii (por el nombre del órgano del Movimiento de Jóvenes Progresistas). Los maoístas lucharon duro. El gobierno revisionista prosoviético asesinó a muchos de ellos durante la invasión del imperialismo soviético, y los fundamentalistas islámicos asesinaron a otros más. La mayoría de las personas quienes han sabido de ellos, los respetan. Pero la nueva constitución los proscribe, y las organizaciones islámicas que han cometido un sinnúmero de crímenes contra el pueblo tienen el derecho de gobernar y son reconocidas.

El proyecto “garantiza el derecho a la propiedad privada”: no protege las pertenencias personales de los pobres, cuyas pertenencias las han robado repetidamente los señores de la guerra y gobiernos de turno y que, de no cambiarse la situación, seguirán siendo objeto de saqueo. Protegerá la propiedad privada de los grandes terratenientes y capitalistas de la furia de las masas, para que se pueda continuar explotándolas y generando condiciones en que los imperialistas pueden invertir y exprimir más ganancias. El artículo 10 lo confirma: “El Estado alienta la inversión privada basada en una economía de mercado, según el Estado de derecho, y garantiza su inmunidad”.

Y, el artículo 11 promete: “Se determinarán las reglas del comercio interno y externo de acuerdo a las leyes y según las necesidades de la economía nacional y los intereses de la población”. No obstante, el proyecto allana el camino para una invasión económica imperialista tras la invasión militar. El proyecto no contiene ninguna protección para la economía nacional y no restringe el capital imperialista.

El 75% de la población vive en aldeas. La gran mayoría no tiene tierra o tienen muy pocas. La mitad de las tierras de cultivo está en manos de terratenientes feudales. Pero el proyecto no menciona la cuestión de la tierra, uno de los problemas más candentes de la sociedad, ni un proyecto de reforma agraria, uno de los pasos democráticos fundamentales que requiere el país. Al contrario, hace una referencia hueca a “programas eficaces” para ayudar a los campesinos y fomentar la producción de artesanías.

Se ha publicado un proyecto de programa muy diferente para un futuro Partido Comunista de Afganistán unido. Ese partido constará de los partidos y organizaciones maoístas, incluido el actual Partido Comunista de Afganistán, un participante en el Movimiento Revolucionario Internacionalista. Dice: “El programa de la revolución de nueva democracia es el programa mínimo del proletariado. La revolución derrocará la dominación imperialista y eliminará las relaciones semifeudales mediante la revolución agraria y la aplicación del lema central tierra para los campesinos”.

Si dejamos de lado las promesas del proyecto de constitución proyanqui, veremos que no garantiza ninguna democracia para el pueblo ni ninguna igualdad para las mujeres y nacionalidades, pero sí democracia para los fundamentalistas y los señores de la guerra y libertad para que los asesinos, terratenientes feudales y sus amos imperialistas exploten a las masas. No protegerá la independencia del país sino la libertad de los invasores para administrar la economía, saquear los recursos y explotar a las masas.

En otras palabras, protegerá y consolidará las relaciones económicas y sociales semifeudales dominantes y garantizará la dominación del imperialismo, lo que significa una dictadura de las clases reaccionarias, terratenientes feudales, lacayos imperialistas y peleles, contra el pueblo, que es mayoría.