¡Parar el patriarcado, poner fin a la opresión de la mujer emancipando a la humanidad!

6 de marzo de 2018

Mujeres a las que se controla la sexualidad y la forma de vestir… Mujeres acosadas a montón, humilladas a montón, golpeadas a montón, violadas a montón. Mujeres asesinadas a montón a manos de su pareja… Eso exige que no dejemos que las cosas sigan como si no pasara nada.

Movimientos por “un día sin mujeres” o “paro de mujeres”. Movimientos “ni una menos”, “vivas nos queremos”. Movimientos “contra el velo obligatorio”. Movimientos “#YoTambién” o “#MeToo”… Eso exige que no dejemos que las cosas sigan como si no pasara nada.

Todo esto está mostrando la agudización de una contradicción clave en la sociedad, con una complejidad que lleva a que surjan respuestas (con metas) muy limitadas o a verdaderos callejones sin salida, en especial en momentos en que es más marcada la tendencia a la derechización de la sociedad llevando a que muchas de los logros de las luchas de décadas, en especial en los sesenta y los setenta, se vayan perdiendo.

Es en este contexto que llega este 8 de marzo. En medio de un ambiente político caldeado en el que la polarización política entre la extrema derecha, por una parte, y un sector de la derecha junto con la “izquierda” parlamentaria, por la otra, se ha recrudecido con miras a los realinderamientos mediante las elecciones parlamentarias del 11 de marzo y las elecciones presidenciales unas semanas después.

Los principales objetivos con el proceso electoral (en lo que ha jugado un papel importante la llamada “ideología de género”) son empujar a la gente a escoger entre lo malo y lo peor y canalizar su furia y descontento. La clase dominante está tratando arduamente de legitimarse una vez más con estas elecciones y pretende que este sistema tenga el apoyo popular. Todas las facciones de la clase dominante buscan que la gente considere que las elecciones son la única forma posible de intervenir en la sociedad. A pesar de los desacuerdos entre ellos, están unidos en legitimar este régimen. Para ellos es vital que la gente no tenga la idea de una transformación radical de la sociedad y que se plieguen al orden existente, con la subordinación esclavizante de las personas a la división del trabajo, y con eso la opresión de la mujer.

Este sistema no puede cambiarse ni reformarse fundamentalmente eligiendo uno de sus propios defensores. Es necesario preguntarse: ¿Cómo poner fin a la subordinación de la mujer y a la extendida violencia contra ella? ¿Cómo eliminar la opresión y explotación impuestas profundamente sobre la mayoría del pueblo? ¿Acaso no es posible derrotar revolucionariamente al sistema que es la principal fuente de la opresión y explotación y además construir una sociedad radicalmente diferente en la que la gente verdaderamente y de forma consciente tome parte en servir a la sociedad para emancipar a toda la humanidad?

Lidiar seriamente con estas cuestiones exige trascender el marco existente y todas las ideologías y argumentos relacionados que nos han sido impuestos. En este mundo dividido en clases sociales, la subordinación de la mujer es aceptada como algo “natural”. Las mujeres de cualquier clase (aunque en especial las mujeres del pueblo), religión, edad, nación y orientación sexual, desde que nacen, están condenadas a experimentar, control sobre su reproducción, acoso y violencia sexual… y muchas pierden la vida por ello.

En las sociedades basadas en clases, las mujeres son simplemente medios de reproducción y objetos sexuales, encarnan la seducción y la inmoralidad. En estas sociedades es inevitable que la mujer sea dominada por el hombre. Su “potencial de reproducción y seducción” tiene que ser controlado por el hombre por medios “legales” y religiosos, desde el matrimonio hasta el concubinato, la penalización del aborto y la prostitución. Por tanto, al hablar hoy de opresión sobre la mujer, hay que ver al organizador sistemático de esta opresión, el sistema capitalista y su cultura.

El sistema capitalista-patriarcal controla el cuerpo y destino de las mujeres mediante el Estado, la religión y la cultura. Aunque el hogar es el lugar más inseguro para la mujer, la fuente de esta inseguridad debe buscarse en otra parte. Sea en los países imperialistas o en los países oprimidos, la violencia estatal dispara y preserva todas las demás violencias, de manera formal e informal organiza y fortalece las ideologías anti-mujer en la sociedad.

Hoy los grupos derechistas y fascistas están avanzando, estableciendo e imponiendo (en todo el mundo) los valores e ideas más regresivos y reaccionarios. Se ha estado organizando y desplegando la arremetida anti-mujer bajo retorcidos argumentos de “defensa de los niños y la familia” y el ataque a lo que han denominado “ideología de género” (término despectivo inventado por grupos fundamentalistas con el que intentan desacreditar todo lo relacionado con el enfoque de género, y que muchos desinformados asocian a una gran amenaza o plan maléfico—en el que está en juego el orden “tradicional”, “biológico”, “natural”, o “normal”).

Pero como contraparte lo que predomina aún es el espontaneísmo, la onegeización, la estrechez de miras, la política de identidad, el realismo determinista (“lo deseable es lo que es posible, lo posible es lo que ya hay”) y el conformismo (“algo es algo”, “no hay que mostrar las dificultades, los retos, los peligros, porque genera pesimismo”) que impregnan los movimientos no sólo en el frente de las luchas de las mujeres.

Y lo agudiza el que, actualmente, las universidades (y muuuchas organizaciones feministas) están estancadas en un relativismo paralizante y racionalizaciones innumerables de por qué el porno y la “industria” del sexo dizque no son opresoras y “empoderan” a la mujer. Al mismo tiempo, la gente se pone cada vez más a la defensiva y tímida sobre el aborto, no viendo que obligar a la mujer a tener hijos contra su voluntad es una forma de esclavitud.

Para mucha gente, en especial mujeres, quizá parezca imposible poner fin al patriarcado y a todas las formas de opresión. Este pesimismo y resignación se debe no sólo a que las cosas son como son ahora y a la manera en que tantos hombres hacen lo que hacen sino, en lo fundamental, a que la manera como ahora son las cosas establece cierto marco y tono del modo de pensar de la gente. Porque la posibilidad del cambio radical no la percibimos por el grado en que nuestra visión y nuestro sentido de la realidad y de la posibilidad permanezcan confinados, condicionados y filtrados por medio de las relaciones de dominación que forman las bases de todo el sistema y las tradiciones, valores, modos de ser y de pensar que constantemente emanan del sistema y sirven para perpetuarlo. Así, este sistema encarna y refuerza toda esta opresión tan terrible y además hace que la gente crea que no es posible eliminarlo.

Pero, históricamente, en el mundo, las mujeres no han sido víctimas obedientes. Son muchas las veces en que no han temido las consecuencias de rebelarse, aunque hayan tenido que pagar un alto precio. Y son muchas las veces en que se han proclamado “anormales” porque no reconocen el control, la obediencia y la relación de dominación como “fenómenos normales”. Y hoy son cada vez más las que no solo defienden el derecho a controlar su propio cuerpo, no solo están en favor de la libertad de escoger qué vestir, no solo apoyan el derecho al aborto, no solo apoyan la emancipación de la mujer, sino que muchas están llamando firmemente a cambiar este mundo por medio de una revolución radical y profunda en todos las relaciones económicas, sociales, políticas y culturales.

Un día sin mujeres es una propuesta que podría ser más que anecdótica en la medida en que incite inquietudes más profundas a partir de cuestionarse qué pasaría si todas las mujeres dejaran de trabajar así sea por un día. Porque para la sociedad es algo básico no solo el hecho de que hay producción de cosas sino cómo se producen: ¿En qué relaciones entran las personas al producir las cosas?, ¿en qué relaciones entran al producir, distribuir y transportar estas cosas?, es decir, ¿cuál es el modo de producción mediante el cual se hace todo esto? Eso es la base y establece los términos básicos para todo lo que sucede en la sociedad. Si intentamos transformar algo en la sociedad sin que en lo esencial corresponda al modo de producción del sistema actual, fracasaremos. ¡O tendremos que hacer una revolución! Así que la inquietud más fundamental es: ¿cuál es el modo de producción que establece la base, los términos esenciales y los límites esenciales para qué se puede cambiar y cómo?

Porque la verdad, la que se manipula día y noche para impedir que las personas la vean, es que podemos deshacernos de esta terrible opresión. Pero no lo podemos hacer aceptando los términos de este sistema ni ninguna parte de su opresión. No lo podemos hacer a medias ni con titubeos. La estrategia de las luchas de la mujer es la abolición de todas las formas de opresión y de las relaciones de propiedad existentes y la correspondiente ideología que esclaviza a las mujeres; y no simplemente buscar alguna mejora o reforma en algunos aspectos de esto y permanecer en el mismo marco que se beneficia de la subordinación de la mujer.

Podemos y debemos exigir, y luchar por, un cambio real en la cultura, desde ahora mismo. ¡Esto tiene que terminar! Cambiar las cosas en esta manera, desde ahora mismo, tiene una importancia real para poder llegar a la sociedad emancipadora a la cual se dedica la revolución. Pero los medios que usamos para hacerlo deben estar acordes con los objetivos.

Es necesario discutir, aprender, elevar y promover nuestro conocimiento sobre la violencia y la opresión contra la mujer y sus raíces, con el fin de parar el patriarcado. Este es un frente de lucha decisivo. La dominación a las mujeres durante los últimos diez milenios no es producto de la naturaleza humana, sino que surge de la manera en que la sociedad humana se desarrolló a partir de las sociedades comunales de recolectores-cazadores.

Poner fin a esa milenaria opresi ón a las mujeres está ligado a la emancipación de toda la humanidad. Por una parte, no tendría ningún sentido hablar de la emancipación de la humanidad sin la plena emancipación de más de la mitad de ésta de las formas muy específicas y generalizadas de opresión que sufre cada día. Y por la otra, la lucha por la liberación de las mujeres sólo se podría lograr como un componente crucial de la lucha general por superar todas las divisiones de clase, todas las relaciones de producción de las cuales surgen esas divisiones, todas las instituciones que apuntalan y refuerzan esas relaciones (incluida la opresión de las mujeres en todas las esferas de la sociedad) y todas las ideas que surgen de eso y lo refuerzan.

Y sí. Es posible terminar la opresión de la mujer, y todos los horrores que la acompañan, y es posible crear algo radicalmente diferente y emancipador. Así, es urgente luchar para convertir a luchadores de un solo frente en luchadores en todos los frentes contra la opresión. Es necesario organizar a todos los que quieren luchar para parar la esclavitud de las mujeres. No para presionar “educadamente”, haciendo lobby, contra eso. No para refunfuñar en la TV. No simplemente para publicar cosas en Twitter. Y definitivamente no para sentarse a esperar que los que están en el poder “se vuelvan sensatos”. Es necesario luchar agresivamente para cambiar las mentes y para crecer, profundizar y escalar hasta que tengamos éxito en cambiar todo.

¡Las mujeres no son perras o putas ni sacos de boxeo, ni incubadoras... ¡Las mujeres son plenos seres humanos!
¡Acabar con la pornografía y el patriarcado! ¡Poner fin a la esclavización y degradación de la mujer en todas las formas!!
¡Apoyemos las luchas de las mujeres iraníes contra el hiyab obligatorio!
¡Romper las cadenas, desencadenar la furia de la mujer como una fuerza poderosa para la revolución!

Grupo Comunista Revolucionario de Colombia — 8 de marzo de 2018