ˇOrganizarse, resistir y desarrollar un verdadero movimiento para la revolución!
22 de abril de 2012

A raíz de los importantes cambios, en lo económico, político e ideológico, acaecidos en el mundo desde hacetres décadas, la situación para las masas trabajadoras del campo y la ciudad se ha venido empeorando aún más en los últimos años con la andanada “neoliberal”.

El neoliberalismo se refiere a las medidas y programas que abren más las economías nacionales a flujos más libres del capital, privatizan las empresas públicas, desregulan los mercados de trabajo y eliminan las restricciones sobre las condiciones de explotación y contratación de la fuerza de trabajo asalariada, y recortan las prestaciones sociales, etc., por lo general imponiendo una agenda de más flexibilidad en contrataciones y despidos, mayor utilización de trabajadores eventuales y recortes salariales.

Si bien la ola de reformas “neoliberales” en toda América Latina se desató a partir de 1990 con el Consenso de Washington, desde apenas comenzando la década de los 80 se había puesto en marcha el neoliberalismo en Estados Unidos y Europa liderados por R. Reagan y M. Thatcher quienes junto con M. Gorbachov le impusieron el carácter a la década que finalizara con el derrumbamiento de la socialimperialista Unión Soviética (que desde mediados de los años 50 había iniciado la restauración del capitalismo aunque manteniendo un cascarón “socialista”). En el “tercer mundo”, los laboratorios del neoliberalismo fueron el Chile de Pinochet y la China de Teng Siao-ping (quien lideró la restauración capitalista tras el golpe de estado apenas semanas después de la muerte de Mao).

Los organismos financieros internacionales dominados por Estados Unidos, como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, supervisaron la brutal y omnímoda reestructuración neoliberal de las economías de los países oprimidos. Este proceso abrió las compuertas para la mayor penetración del capital imperialista, no solo norteamericano sino europeo y japonés, reforzando el tremendo impulso dado a la globalización con la entrada masiva de mano de obra y consumidores de China, la Unión Soviética y los países de Europa Oriental a un único mercado mundial. Además, carcomió la agricultura local en grandes regiones del tercer mundo y aceleró un proceso de urbanización caótica y masiva (más bien de tugurización) nunca antes visto.

La aplicación consistente en América Latina de las políticas de enfoque neoliberal, con “acuerdos de libre comercio” (como el de los tres países de Norteamérica que marcó el camino) y la privatización de productos básicos, como el agua, crearon más pobreza y rebajaron el nivel de vida en toda la región, generando una oleada de oposición que tomó diferentes formas: grandes movilizaciones y levantamientos que tumbaron gobiernos en varios países; la creación de fuerzas políticas que llevaron a la presidencia a algunos dirigentes “antineoliberales” y “antiglobalización” (enemigos del capitalismo “salvaje”, pero amigos de una capitalismo más “humano” al que apodaron “socialismo del siglo XXI”, imbuido de los ideales de la revolución burguesa, de hace más de 200 años); el impulso a “movimientos sociales” que buscan “empoderar” (abandonar la lucha por el poder político, buscando “micropoderes”, y cosas por el estilo) a comunidades locales, etc.

En Colombia, en este período este proceso se ha venido acompañando de una verdadera relatifundización, aumentado de manera desaforada la concentración de la propiedad de la tierra: en las dos últimas décadas los narcotraficantes y los paramilitares se apoderaron de 6,6 millones de hectáreas de los campesinos, y ya el 77% de la tierra del país está en manos del 13% de los propietarios. Ahora se ha desatado una oleada de acaparamiento “legal” de tierras (luego de “limpiar” el campo con sus ejércitos legales o ilegales), ya no sólo por terratenientes semifeudales sino por parte de capitalistas locales o extranjeros, que mediante la figura institucional de las “alianzas productivas” (consideradas no sin razón como “neoaparcería”), están configurando lo que irónicamente ha sido calificado como “Feudalismo del siglo XXI”.

Pero la andanada derechista no ha sido sólo en lo económico. Tras el derrumbe de la URSS (1989-1991) la ofensiva ideológica burguesa arreció: con cuentos como el de “el fin de la historia” que tuvo como principal evangelizador a Francis Fukuyama (funcionario del departamento de estado de EEUU, de quien ya casi nadie se acuerda salvo la ultraderecha colombiana que lo trajo hace algo más de un año a participar en algunos de sus aquelarres); el fin de las ideologías y el triunfo final de la “democracia liberal” (con un “pensamiento único”), o “el fin de las utopías”.

Esta ofensiva ideológica a gran escala hizo mella en el pensamiento y las luchas de obreros, campesinos e intelectualidad pequeño burguesa progresista. Y caló en buena parte de los movimientos revolucionarios, generando pesimismo en cuanto a la posibilidad, e incluso la necesidad de una revolución. Si bien aún puede haber casi que consenso en grandes sectores del pueblo en que otro mundo es posible, ese otro mundo posible no es para muchos más que una versión descafeinada del socialismo (más parecido a la democracia del siglo XVII).

La síntesis de la burguesía acerca de las revoluciones proletarias y la construcción del socialismo en el siglo XX (que “el socialismo fracasó” o “no funcionó”, que es el “fin de las ideologías”, que el fin de las formas organizativas“piramidales”, que bla-bla-bla), ha sido acogida (con o sin remilgos) por una buena parte de los otrora progresistasy revolucionarios y por toda la gama de reformistas (armados o no).

Así, la notoria polarización política actual en Colombia, entre los diferentes mundos que se ven posibles es entre quienes ven que no hay mejor mundo que éste y quienes buscan “igualdad”, “libertad” y “fraternidad” dentro del mismo sistema de sus contrapartes burguesas-terratenientes y considerando que lo único que es posible es sólo la resistencia con movimientos sociales fragmentados pero amalgamados como “multitud” bajo una sombrilla común, con “innovadoras” propuestas (anteriores al marxismo) rencauchadas de las de los socialistas utópicos, con ilusiones de crear una especie de poder dual en el que se pueda dizque “mandatar”: desde las “cooperativas de trabajadores” (con o sin tomas de fábricas) de la onda de Naomi Klein, la “creación de espacios de autonomía en las fábricas” de Badiou, las idílicas sociedades de pequeños propietarios, las diferentes variantes de socialdemocracia y de capitalismo estatista hasta el ecologismo, las ecoaldeas y el cristianismo social, el hipismo recargado, etc. (Las guerrillas tradicionales no son más que una variante de eso, y la guerra que han venido librando no es más que una guerra sin perspectiva más allá de la que acabamos de describir, y sólo están recorriendo tardíamente el camino de los frentes armados de la Centroamérica de los años 80). Ambos polos comparten el mismo balance del supuesto “fracaso” y “totalitarismo” del socialismo, por lo que las fuerzas que se reivindican (por ahora) de “izquierda” no aspiran más que a “contribuir al buen vivir de las clases subalternas”, como señalan con su enfoque posmarxista, poscolonial y pos-trado. Y su largo recorrido reformista traficando con los intereses fundamentales de las masas, haciendo pasar la claudicación y conciliación como política “revolucionaria”, no constituye más que craso oportunismo.

No es que toda resistencia sea inútil ni que no se pueda construir un movimiento verdaderamente revolucionario en una sociedad capitalista de distinto tipo (sea capitalista-imperialista o capitalista burocráticocompradora/semicolonial-semifeudal). Por supuesto que no. Pero la resistencia es sinónimo de lucha y chocará con la fuerza represiva del sistema.

La resistencia es necesaria, y es de saludar que decenas de miles de trabajadores del campo y la ciudad ysectores de la intelectualidad no cejen en la búsqueda de organizar las diferentes luchas de resistencia, ojalá como parte de crear un movimiento verdaderamente revolucionario, para construir un mundo verdaderamente mejor. Pero ante la falta de un fuerte polo revolucionario de verdad, ante las relativamente débiles fuerzas comunistas revolucionarias (las de verdad, no las del falso partido “comunista” que ha cabalgado décadas sobre las esperanzas del pueblo), los ímpetus de la justa rebeldía son canalizados por fuerzas reformistas de diversa laya que recientemente han venido tomando forma a pesar del creciente ambiente de fascistización del país. El Congreso de los Pueblos y la Marcha Patriótica son dos aglomerados de movimientos del tipo arriba mencionado que vienen buscando amalgamar “acumulados” para hacer “política del siglo XXI”, construyendo “alternativas” a las políticas actuales del sistema, pero dentro de éste, y teniendo como horizonte el “compromiso ético y político” de una “paz con justicia social”. Adicionalmente algunos partidos y organizaciones de la izquierda parlamentaria, entre los que hay simpatizantes-participantes de las anteriores aglomeraciones, hacen parte de la coalición (registrada oficialmente como si fuera un partido) Polo Democrático Alternativo, el cual completa el cuadro de la actual polarización política del país.

Las fuerzas revolucionarias por fuera de estas sombrillas son relativamente marginales en la escena política del país, con el agravante de que algunas de las que se consideran tales están empapadas de dogmatismo (con un enfoque semirreligioso hacia el comunismo) lo que además de generar confusión las incapacita para aportar a la construcción del verdadero polo comunista revolucionario, que enfoque el comunismo como una ciencia. Se necesita un movimiento para la revolución y eso requiere romper con el reformismo y el dogmato-revisionismo en el movimiento popular en general, para poder forjar un pueblo revolucionario.

Un mundo de veras mejor es necesario. Un mundo radicalmente diferente es posible... un mundo socialista en tránsito al comunismo, construyendo un socialismo que sea (en las muy vigentes palabras de Marx)“la declaración de la permanencia de la revolución, la dictadura de clase del proletariado como punto necesario de transición para la supresión de las diferencias de clase en general, para la supresión de todas las relaciones de producción en que éstas descansan, para la supresión de todas las relaciones sociales que corresponden a esas relaciones de producción, para la subversión de todas las ideas que brotan de estas relaciones sociales”. Eso requiere desechar las ilusiones en compartir el poder con los enemigos de clase, requiere la conquista revolucionaria del poder por parte del pueblo dirigido por un partido auténticamente comunista.

¡El socialismo es mucho mejor que el capitalismo y el comunismo será aún mucho mejor!

¡Se justifica la rebelión, se necesita la revolución y la emancipación de la humanidad!